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Coahuila

Mentoría cultural

Por Jorge de Jesús 'El Glison'

Hace 5 años

La semana pasada expuse en este espacio, el honor que me fue otorgado al fungir como padrino del aniversario de Editorial Mantarraya, en un acto celebrado en su stand de la Feria Internacional del Libro, llevada a cabo en el Zócalo de la Ciudad de México.

Meritoriamente casi toda la columna fue dedicada al director de la Editorial, Antonio Calera, y su intenso y extenso currículo cultural. Sin embargo, todavía no es menester terminar de escribir sobre el citado editor y sus funciones y actividades, lo cual haré en párrafos posteriores, antes quiero brevemente relatar mis sentimientos al participar como protagonista en el evento llevado a cabo en el sitio antes mencionado, el Zócalo, epicentro de la ciudad capital y a la vez del país con el que el que comparte el mismo apelativo, nuestro querido México.

Anteriormente había tenido experiencias interesantes en este simbólico lugar, una ocasión en un mitin en una campaña presidencial, y posteriormente como invitado en Palacio Nacional a un informe de Gobierno, después de muchos años y en un contexto y circunstancias completamente opuestas, también estuve ahí en un templete donde se celebró el triunfo en las elecciones de un candidato presidencial.

En todas estas ocasiones me sentí honrado por participar activamente en los eventos referidos, pero ahora, en la ocasión que da tema a este texto, tuve la oportunidad de declamar mi poesía parado en la Plaza de la Constitución (Zócalo) frente a Palacio Nacional.

Como es de suponerse, tal escenario me inspiró a recitar los versos de mis poemas con mayor profundidad y orgullo, ya que, democráticamente hablando, al hacerlo fui totalmente consciente de que no hay un lugar mas importante y trascendente en nuestro país, para expresar ideas y sentimientos que este sitio, cuyo valor y memoria histórica, se remonta al tiempo en que fue construido dentro del islote original de la ciudad México-Tenochtitlán, formando parte de su Templo Mayor, y erigiéndose como el centro político y religioso de la capital del imperio Mexica.

Agradezco esta oportunidad de manifestación poética en este sagrado recinto energético, en el que tantas almas intensamente vivieron, murieron y moran, a Antonio Calera, a su primo Luis, a sus respectivas y amables esposas, y a todo su equipo de aliados y colegas.

Además tambien por supuesto nuevamente felicito y agradezco a TMX, Tauromaquia Mexicana, que en las personas de sus ágiles e incansables defensores de la fiesta brava, el matador José Saborit y Guillermo Édgar, fueron el vínculo que me unió con Antonio y su Fantástico Universo Gastronómico Poético Accionando en Movimiento.

¿Por qué lo califico de esta singular manera? Porque además de todo lo que ya fue señalado en la columna anterior en cuanto a sus actividades como escritor y funcionario-embajador cultural, Antonio hace realidad la expresión que dice: “Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña”. A través de La Chula, cuyas siglas significan Comunicación Humana, Letras y Arte, Antonio no espera a que la gente acuda en busca de cultura a un inmueble establecido, como una biblioteca o librería, sino que a bordo de una “combi” amarilla modelo 1975, conduce un centro cultural en movimiento.

La Chula Foro Móvil, es una iniciativa multidisciplinaria dedicada a la difusión del arte y la literatura, una descentralización cultural, que en cualquier plaza, parque, alameda, jardín o delegación del Distrito Federal, promueve distintas actividades artísticas, como lectura de poesía, mesas de diálogo, presentaciones de libros, conciertos, performances, talleres de arte, etcétera.

La Chula cuenta con una pantalla de televisión, altavoces, un proyector, equipo de sonido, una fuente de energía eléctrica, tablones, sillas y bancas que se arman y desarman.

Lanzan convocatorias a través de las redes sociales en las diferentes delegaciones para invitar a los que quieran acudir gratuitamente a sus presentaciones en espacios abiertos, a inhalar el tan necesario y lamentablemente exiguo oxigeno cultural.

¿Y de comer y tomar que hay? Ah, pues para eso en el Universo Diverso Calera-Grobet, existe la galaxia de Hostería La Bota, la semilla de donde germinó La Chula, y donde no conforme de darle al pueblo que observar, leer y escuchar, Antonio también le da de comer y beber de manera exótica y exquisita.

El sitio físico en el cual Antonio decidió aterrizar toda su metafísica creatividad para diseñar un restaurant bar, parece más un “museo multiverso” en el cual, sin exagerar, uno se puede pasar horas y días observando y analizando los miles de diferentes artículos de toda índole que atiborran las paredes, pisos, techo, y en general toda la atmósfera de este bien llamado también Hostería La Bota-Cultubar, en el que en palabras del propio Antonio, el visitante se embarca en un viaje a través de la lengua por diferentes países, es un deambular por diversas comidas, él ahí escribe poemas y novelas comestibles, y cuando cocina adereza sus platillos con el corazón, con especias que sorprendan y hagan volar al paladar, con sabores que vuelquen y trastornen la realidad, explorando cualquier posibilidad como en la escritura.

Al final, en su universo, los comensales son como lectores, por lo cual, cuando hay libertad y arte inmiscuidos, el escribir y el cocinar vienen siendo lo mismo.

Como ejemplos de su fusión entre las letras y la comida, les convido 2 ejemplos de los nombres de los poemas comestibles en su menú: Sol de Medianoche, dos molletes con frijoles, con dos huevos estrellados encima, bañados uno en salsa verde y el otro en roja. Ladrillo de Placer Total, una barra entera de queso filadelfia, anegada en salsa de tamarindo con chipotle y arándanos.

Remato este texto con su alentadora y profética frase que me sigue transportando a la reflexión: “Antes del fin del mundo escribiremos otro”.

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