México parece que está retomando de a poco su papel de destino atractivo para la inversión.
El país superó a economías como India, Malasia y Tailandia, y se ubicó por debajo de potencias consolidadas como Nueva Zelanda y Suecia, dentro de los primeros 25 lugares del Índice de Confianza de Inversión Extranjera Directa, elaborado anualmente por la consultora internacional Kearney, que en México capitanea Gerardo Rocha O’Kelard, a partir de una encuesta global entre más de 500 inversionistas y altos ejecutivos.
El índice, que encabezan Estados Unidos y Canadá, no mide discursos ni intenciones políticas, sino percepción empresarial: dónde el capital considera más viable resguardarse y crecer en los próximos años. En ese tablero, México aparece bien posicionado dentro de los países emergentes, al ubicarse en el quinto lugar de ese grupo, sólo por debajo de China, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Brasil.
Hay razones estructurales detrás de ese atractivo. La política industrial, el desarrollo de infraestructura y la integración productiva con Norteamérica mantienen vigente la narrativa del nearshoring. En un entorno global marcado por tensiones geopolíticas, relocalización de cadenas de suministro y choques externos frecuentes, México ofrece algo que el capital valora por encima de todo: cercanía, escala y experiencia manufacturera.
La cifra de Inversión Extranjera Directa registrada en 2025, 40 mil 870 millones de dólares, la segunda más alta en la historia, refuerza esa lectura. Sin embargo, el propio ranking de Kearney deja ver que aunque México resulta atractivo, la confianza no es automática ni incondicional.
Cuando los inversionistas enumeran los factores que más pesan para decidir dónde invertir, sobresalen la facilidad para hacer negocios, la disponibilidad de talento y el desempeño económico.
Pero también exponen con claridad la falta de mayor certeza jurídica, reglas más eficientes y un entorno regulatorio menos errático. La innovación tecnológica, hoy central para resistir turbulencias externas, sigue siendo una asignatura pendiente.
Los sectores con mayor potencial, que son telecomunicaciones, aeroespacial, tecnologías de la información, salud y servicios financieros, apuntan a un perfil de inversión que ya no busca únicamente costos bajos, sino capacidad de transformación y valor agregado.
México está en el radar global, sí. Pero buena parte de su atractivo responde más al contexto internacional que a una estrategia interna plenamente articulada. El capital llegó por oportunidad; que se quede dependerá de decisiones pendientes.
EL ALZA DE casi 100% en el precio del combustible volvió a mostrar cuán frágil es la rentabilidad de las aerolíneas frente a factores que no controlan. Aeroméxico y Volaris, que capitanean Andrés Conesa y Enrique Beltranena, respectivamente; reaccionan de acuerdo con el librito, pues tendrán ajustes de tarifas, capacidad y eficiencia operativa para absorber el golpe. El problema es que esos costos rara vez se quedan en los balances y terminan llegando al pasajero. La tregua en Medio Oriente dio un respiro momentáneo a los mercados, pero no elimina la volatilidad ni las limitaciones logísticas. En un entorno así, volar se vuelve cada vez más caro y hacer negocio en la aviación, más incierto.
HOLCIM, QUE EN México dirige Christian Dedeu, apuesta por la economía circular, demostrando que la descarbonización industrial ya no sólo se ve en sus discursos. Invertir en coprocesamiento de residuos para sustituir combustibles fósiles muestra una ruta viable, aunque aún limitada, para una industria intensiva en energía. Los avances son importantes, ya que hay menos emisiones y mayor uso de insumos circulares, pero el desafío está en escalar sin depender únicamente de alianzas selectivas. Transformar residuos en energía sigue siendo una solución parcial frente al tamaño del problema ambiental. Ojalá estas inversiones logren marcar un estándar y no queden sólo como excepción corporativa.
LA REESTRUCTURACIÓN de SKF en México confirma que las decisiones corporativas globales siguen privilegiando la eficiencia sobre el impacto local. La empresa sueca, que en México encabeza bajo la dirección de Nacip Fayad, cerrará su planta en Monterrey, lo que implica la pérdida de casi 400 empleos, mientras que su planta en Puebla apenas absorberá una fracción de esa fuerza laboral. El movimiento responde a una lógica industrial, pero deja claro que la relocalización interna no siempre genera saldo positivo para el empleo. Entre discursos de competitividad y ajustes operativos, el costo social vuelve a quedar en segundo plano.
MÉXICO CONTINÚA lejos de alcanzar los niveles de ingreso de las economías más avanzadas, pese a un mercado laboral que presume bajos niveles de desempleo. El diagnóstico de la OCDE apunta a problemas estructurales conocidos, tales como productividad estancada, informalidad elevada y una participación laboral femenina que sigue rezagada. La recuperación de la inversión entre 2021 y 2024 ayudó, pero sus efectos han sido desiguales y no han cambiado la tendencia de fondo. El norte avanza con mayor dinamismo, mientras el sur permanece como la región menos productiva. Sin capital humano, infraestructura moderna y energía limpia, el crecimiento corre el riesgo de quedarse corto otra vez.
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