Hace unos días, el Grupo Beta del Instituto Nacional de Migración rescató a una familia guatemalteca perdida durante tres días en la maleza del río Bravo. Un hombre, una mujer embarazada de ocho meses y tres niños de 5, 2 y 1 año. Este rescate resalta la labor humanitaria del Grupo Beta y su compromiso en emergencias como esta.
En la frontera, historias como esta son comunes. Gracias a Dios esta no terminó en tragedia, como tantas otras que ya ni nos sorprenden.
Recuerdo mi primera experiencia con los migrantes siendo niño, desde el auto vi a un grupo cruzar el puente internacional de Eagle Pass, Texas, hacia Piedras Negras, Coahuila. Iban agotados, con ropas humildes, custodiados por agentes texanos. “¿Quiénes son?”, pregunté a mi padre. “Son los ‘mojados’”, respondió, “los están deportando de Estados Unidos”. En mi inocencia, sentí una profunda injusticia. ¿Por qué son rechazados mientras yo iba en vehículo muy a gusto? No entendía entonces que habían violado leyes migratorias, que habían cometido una “ilegalidad”.
Pero, ¿qué hay detrás de esa “ilegalidad”? ¿Qué impulsa a estas personas a dejarlo todo? No son ladrones ni asesinos, son caminantes que buscan sobrevivir. Una frase de Juan Bautista dice: “La migración no es un placer, sino una necesidad ineludible, y entonces es un derecho”, tiene sentido la frase ya que si la migración responde a necesidades humanas básicas como tomar agua, comer, dormir, respirar ¿no merece ser reconocida como un derecho? Porque ya ha pasado. En 1986, la amnistía de Ronald Reagan regularizó a millones de indocumentados en Estados Unidos que cumplían ciertos requisitos, otorgándoles estabilidad legal y una vida digna, libres de explotación y discriminación.
Esta medida fue una necesidad de darle un cauce a la ola migrante, que no deja de crecer. Según un estudio del Instituto de Política Migratoria, revela que la población de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos creció de 10.7 millones en 2019 a 13.7 millones en 2023, impulsada en gran parte por la crisis económica tras la pandemia. Estas cifras nos dan pie a la necesidad de un nuevo acuerdo migratorio integral, que abarque estatus legal para quienes ya estén en Estados Unidos y planes temporales de trabajadores para que no se tengan que ir de manera ilegal, sino de forma ordenada.
Nuestro mundo está en constante cambio: Geográfico, climático, económico. Por eso siempre habrá migrantes, como las golondrinas viajeras o las mariposas monarcas, que realizan viajes migratorios por razones estacionales, así es el humano. Y aunque los países creen leyes para controlar este fenómeno, la necesidad de migrar es inherente a nuestra relación con la tierra.
Hoy son ellos; mañana podríamos ser nosotros. Nadie sabe si un día un hijo o nieto nuestro estará del otro lado del vidrio del auto, caminando en tierras lejanas en busca de un futuro. Entonces desearíamos que alguien les tendiera la mano para enfrentar un entorno desconocido, asegurándoles lo básico: Comer, dormir, vivir.
Desde una perspectiva de fe, recordemos a María y José buscando posada para dar a luz a Jesús, sin encontrar quién les abriera la puerta. Por eso cuando vemos a un migrante démosle la mano porque no conocemos su historia, ya sea con una moneda o con una oportunidad de trabajo porque un migrante no es un vagabundo ni un delincuente; es una persona en transición hacia un futuro mejor, que sólo necesita un empujón para lograrlo.
@CesarDavilaQuin
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