El fenómeno migratorio no admite interpretaciones lineales: es complejo, exhibe dramas personales y familiares, y revela, en su esencia, las grandes presiones a las que son sometidas autoridades y poblaciones por las que pasan las masivas caravanas de personas que, al final del día, buscan acariciar el sueño americano, aunque este les sea negado.
Primero, habría que reconocer que difícilmente una familia habría de emprender, por gusto, una verdadera odisea, por momentos un calvario, para buscar mejores oportunidades de vida.
No, la inmensa mayoría, por no aventurar que todos, huyen de condiciones socioeconómicas muy hostiles, agravadas por la violencia y la represión.
Pero también habría que reconocer que en su penoso tránsito someten a grandes presiones sanitarias, económicas y sociales a los ciudadanos y autoridades de los lugares a los que llegan, como es el caso de Saltillo, y en general Coahuila.
Sí, tienen una meta, llegar a Estados Unidos, aunque las autoridades del vecino país, y especialmente de Texas, simplemente han blindado su frontera para impedirles el acceso.
Son, entonces, migrantes sin un destino realista y por tanto rehenes de las vicisitudes y complicaciones inherentes a su travesía.
Durante el reciente bloqueo a vialidades en esta ciudad, un chofer de autobús foráneo le reclamaba a una de las líderes de los migrantes venezolanos “y nosotros qué culpa tenemos”, ya que le impedían el paso. La migrante respondió “¿y qué culpa tenemos nosotros?”.
Pues sí, tal vez no sea culpa de nadie, o de todos, pero el incidente, en la forma intrascendente, revela en su fondo un conflicto, una confrontación siempre latente. Sí, fenómeno migratorio nos pone a prueba, a ciudadanos y autoridades, ya que de una u otra manera nos afecta a todos.
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