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Coahuila

Miguel Flores Soto

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 3 años

Ejemplar maestro saltillense que empeñó su calidad humana en beneficio de  cientos de personas

Cursaba yo el cuarto año en la escuela primaria Rural Federal Ojo de Agua, enclavada frente a la plaza del mismo nombre, en el barrio cuna de la ciudad de Saltillo. (Ahora se denomina Juan Enrique Pestalozzi)

Iniciaba la segunda mitad del siglo 20, aproximadamente en el año 1952. El grupo era mixto y ocupaba un local donde seguramente antes fue la cocina de la institución y donde se daban clases del arte culinario.

Ahí fui fiel testigo de lo que digo, había una vieja estufa que utilizaba leña como combustible, aquellos famosos armatostes de hierro de gran tamaño, que algunos alumnos utilizaba como mesabanco y pasaban sobre el adefesio los dos turnos, porque íbamos mañana y tarde a la escuela.

Sorpresivamente la maestra “Meche”, una chaparrita de especial belleza, quien era muy gritona y constantemente se enojaba o discutía por cualquier cosa con sus compañeras y compañeros, dejó el grupo.

Aproximadamente duramos una semana sin mentor. Una mañana llegó un caballero impecablemente vestido, moreno, de  nariz chata, de andar tranquilo y rítmico, tocado con un sombrero al más puro estilo de las películas de gánster del director de cine Juan Orol.

Era Miguel Flores Soto. Se presentó muy amablemente y bajo el adjetivo de “hijos”, nos dijo que iba a ser nuestro maestro.

El profe Miguel “nos castigaba en un rincón”, obligándonos a leer en silencio revistas y periódicos que él llevaba a la escuela, algunas muy atrevidas para la época, por ejemplo la revista Jajá, cuya pornográfica llegaba a mostrarnos a jóvenes mujeres en traje de baño completo o en pantalones denominado playeros, muy ceñidos al cuerpo (todavía no se inventa el bikini).

Luego nos pedía un resumen escrito de lo leído, así es que era doble el aprendizaje. Era muy estricto con nosotros, pero también era muy humano.

Una ocasión nos pidió cooperación para reponer los tubos del tiro de la estufa, para accionar de nuevo el artefacto, con el fin de elaborar sencillas comidas, sobre todo en el desayuno y la merienda.

La pobreza, sino extrema de la gente de la barriada, era notoria entre los alumnos del profe Miguel. Había dos o tres niños cuyos padres estaban en buena posición económica: Rosita, Arcelia y Margarita. El resto éramos de condición humilde, se notaba en nuestra vestimenta, muchos usábamos huaraches de suela de llanta comprados en el mercado Juárez.

Luego de pasar lista de presentes, nos preguntaba:

–¿Ya desayunaron?

Y unos a otros nos veíamos, algunos con cierta angustia y otros con hambre.

A unos cuantos el Instituto Nacional de Protección a la Infancia les otorgaba una pieza de pan francés solo, sin nada adentro, una naranja y un cuartito de leche en botella de vidrio con su clásico tapón de cartón y su capuchón de papel de china color rojo.

Don Miguel formó una cooperativa (que todavía no se utilizaba en las escuelas) y comenzamos a vender golosinas entre los alumnos de la “Ojo de Agua”, ante la admiración e interrogante de la directora y el resto del personal docente.

Así logró reunir la cantidad suficiente para comprar los tubos de lámina que entre él y los más grandes del salón colocaron hacia el exterior del edificio escolar.

Entre las muchachas más grandes y el propio maestro, cocinaban cosas sencillas, casi siempre huevos fritos y machacaban y guisaban frijoles. Algunos chicos llevaban tortillas de maíz y de harina. Colocaba una enorme olla de café o de té.

Nosotros, aunque pequeños, notábamos que había cierto encono con el resto de los maestros hacia el profesor Miguel, que veían con animadversión la labor tan humana del ejemplar mentor.

No recuerdo cuánto tiempo nos dio clases. Una tarde, cuando merendábamos en la puerta del salón, se dio una discusión entre él y la directora del plantel. Aparentemente a la maestra no le gustaba que en los salones de clases se consumieran comidas y que existiera el club de lectura, pues había revistas no propias para los niños y eso salía del programa educativo oficial.

Don Miguel fue puesto a disposición de la Dirección Federal de Educación en el Estado.

La vida profesional de Miguel Flores Soto está llena de acciones muy positivas y altibajos por el trato o la disposición de algunas autoridades educativas, por su actitud de llevar la educación más allá de lo tradicional. Fue uno de los fundadores de la secundaria nocturna que derivó a lo que ahora es la Preparatoria Mariano Narváez. Promotor de la construcción del Teatro Venustiano Carranza de la Escuela Coahuila. Tenía un puesto de artesanías en el Mercado Juárez.

Aprendió inglés perfectamente en una especie de intercambio con norteamericanos que venían a Saltillo año con año a los cursos de verano de la escuela de Cuquita Galindo.

Casó con Alicia Uresti Velázquez, con quien procreó cuatro hijos: María Migrali, Esperanza, María Isabel y Arnoldo.

Don Miguel era muy benevolente (hacer el bien a otro). A diario acudía a comer a su casa acompañado de un “invitado” que a veces ni conocía y que se encontraba en la calle.

Muchas fueron las generaciones que tuvieron el privilegio de abrevar de los conocimientos de don Miguel Flores Soto, entre ellos el exrector de la Universidad Autónoma de Coahuila, el matemático Remigio Valdés Gámez, el exbanquero Carlos Abedrop, Roberto Durón, Óscar Valdés y muchos más que sin duda alguna valoraron a un hombre que dedicó su vida plena a la docencia pura. ¡Loor a este gran mentor!

 

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