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Coahuila

Mirando e integrando al niño interior

Por María José César

Hace 3 años

“Tu niño interior es esencial. Es la esencia del crecimiento como persona integral”

Crecemos.

Nos convertimos en adultos.

Nos enfrasca el deber ser, el “tengo que”, la imagen autoimpuesta por mucho y por tanto.

Y al crecer, en ciertas etapas, nos olvidamos de lo importante y necesario que es reír a carcajadas, recordar, celebrar, bailar, mirar al niño interior que habita dentro de nosotros. Ese niño que se despierta con esa canción, ese juego, ese recuerdo, esa nieve de vainilla, ese sabor que nos marcó durante los primeros años de nuestra vida.

En la infancia, todos y cada uno atravesamos experiencias, que en ocasiones no supimos cómo resolver y que aun en la adultez podemos sentirlas dentro de nosotros. Nuestro niño interior es una parte de nosotros mismos que se manifiesta de ciertas formas a través de pensamientos, sentimientos, emociones, que se activan a través de ciertas circunstancias.

Ese niño interior es la imagen que tenemos en el inconsciente de cada uno, no necesariamente es lo que sucedió, pero es lo que desde nuestra capacidad cognitiva y la personita que éramos: sentimos, interpretamos o cómo “nos vivimos”.

Recuperar y reconectarnos con él, significa descubrir los sentimientos y carencias que se formaron en nuestra infancia y las necesidades de afecto, de atención y de ser escuchados. El que realicemos este trabajo con el niño interior tiene como resultado el amor, la paz interna, la seguridad, y nos ayuda a sanar emocionalmente y vivir con mayor plenitud.

Coincido con Paulo Coelho al decir que cuando perdemos el contacto con el niño que habita en nosotros, perdemos el contacto con la vida. Y es que aun en nuestra adultez, volver a la infancia duele, pues habita en nuestro interior un niño pequeño que desea ser mirado, escuchado, atendido y comprendido.

Cuando miramos e integramos a nuestro niño interior, generamos una compasión más grande hacia nosotros mismos. Nos comprendemos, nos perdonamos, nos sensibilizamos… y en cierta manera liberamos emociones reprimidas. Mirar a tu niño es amarte por ser quién realmente eres, sin juicios, sin expectativas, sin “debieras” sin reproches.

Pablo Neruda decía que el niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta.

¿Cómo eras de niño?

¿Qué te gustaba hacer?

¿Cuáles eran tus momentos mágicos?

Y ahora, quisiera que viajaras al recuerdo de tu niñez.

¿Qué observas cuando te miras de niño?

¿Qué hace que su luz brille?

Si pudieras viajar en una máquina del tiempo, y regresaras a tu infancia…

¿Qué le dirías a tu niño?

¿Qué era lo que lo hacía reír?

¿Qué puedes hacer para protegerlo?

 

Como seres humanos hemos vivido cosas maravillosas pero también tenemos heridas que nunca sanaron que se reflejan en las actitudes diarias. Y es verdad también que conozco muchos adultos enojados porque “sus padres” no responden o no hacen lo que ellos quieren, y eso es reflejo de un adulto “niño” que sigue esperando que le “den”.

Un adulto emocionalmente equilibrado, acepta con amor lo que sus padres pueden darle sin dejar de darles cargas, culpas y látigos cada vez que puede. Está claro que nuestros padres lo hicieron lo mejor que pudieron y esto es básico para trabajar con este niño interior. Nuestros padres nos dieron su amor y nos formaron con los recursos que aprendieron y tuvieron en ese momento. Cada herida del pasado nos fortaleció y forjó para la persona que somos hoy en día. Si en las relaciones con nuestros padres, reflejamos en nuestra conducta cierto coraje, enojo, agresión, expectativa… es reflejo de una necesidad inconsciente que deseamos que sea cubierta y es importante sanarla por una mejor relación interior y con los padres.

Ahora siendo adultos tenemos la oportunidad de racionalizar esas experiencias sensibles y reconciliarnos con esas heridas. Al reconocer esas heridas y esas cargas que traemos, estas dejan de limitarnos y soltamos ese peso emocional. No necesariamente tuvimos que vivir momentos traumáticos en nuestra infancia, las simples vivencias sociales y en la escuela, puede habernos afectado de alguna manera. Según Louise Hay, casi todas nuestras creencias y patrones de comportamiento, positivos o negativos, los aceptamos cuando teníamos entre 3 y 5 años. Desde esa etapa, nuestras experiencias se han basado en lo que aceptamos como verdad desde esa edad.

Si al recordar nuestra infancia tenemos recuerdos negativos, críticas o falta de amor, lo más seguro es que continúes tratándote de esa forma. Tratando de ser perfeccionista en todo y sufriendo porque nunca estás satisfecho con tus resultados. Hoy haz lo que esté en ti para tomar a tu niño interior, integrarlo en tu vida diaria, y vivir con mayor plenitud.

 

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