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Coahuila

Monsiváis y la solidaridad

Por María del Carmen Maqueo Garza

Hace 54 minutos

Cuando esto escribo vengo regresando de entregar una papelería en un hospital del IMSS. Estos trámites, habitualmente, tardan un rato, por lo que suelo cargar con uno de mis libros “de bolsillo”, poco más grande que un teléfono celular, que cabe perfectamente en mi bolso de mano. Hoy me acompañó “No sin nosotros” del genio de la crónica Carlos Monsiváis.

La obra comienza con escenas del terremoto de 1985, que, a quienes tenemos edad para haberlo vivido siendo adultos, nos recordará una sola palabra que campeó por todo México. La palabra es “solidaridad”.

Monsiváis hace referencia a las condiciones en que se encontraba el país previo al terremoto, fundamentalmente desde 1952, atravesando períodos en los que el gobierno en turno en esos tiempos el PRI se las ingeniaba para controlar lo que ocurría en política a todos los niveles. Viene hablando de la inconformidad que se percibía entre la población en general, y las medidas coercitivas que llegaban a ser aplicadas hacia quienes se manifestaran en contra del sistema. Al inicio de la crónica vienen unas palabras que dan cuenta, acertadamente, del efecto que provocó en la población mexicana la llegada del sismo. Transcribo: “Por vez primera, sobre la marcha y organizadamente los que protestan se abocan a la solución y no a la espera melancólica de la solución de los problemas”. Dando cuenta de que representaba un parteaguas en tiempos en los que el civismo estaba convertido en poco más que una materia olvidada en los libros escolares.

Mi experiencia personal durante el sismo puedo recordarla como si la viviera en estos momentos: En la universidad en la cual formaba parte del profesorado, organizamos una recolección de alimentos no perecederos, medicamentos y ropa, para ser enviados a la hoy Ciudad de México. A pesar de la distancia entre ese punto geográfico y la franja fronteriza norte donde vivo, directivos, maestros y alumnos de la universidad nos organizamos para reunir y enviar ayuda en especie a través del DIF municipal. Las estaciones radiofónicas de la localidad brindaron un apoyo total para la difusión de la colecta, instando a los pobladores a llevar ayuda material. Era muy conmovedor ver llegar a familias completas con bolsas de mandado para apoyar la recolección. Incluso una tienda comercial del otro lado de la frontera contribuyó con un generoso donativo de alimentos enlatados. La información de lo que sucedía en la capital del país la recibíamos fundamentalmente a través de la televisión en cadena nacional. Permanecíamos vigilantes, en particular quienes teníamos familiares o conocidos que pudieran haber sufrido a causa del evento. A lo largo del día aparecían interminables listas en blanco y negro con nombres de personas sobrevivientes. Cualquier otro medio de comunicación estuvo caído durante los primeros días después del sismo y de su gran réplica 24 horas después.

Regresando a Monsiváis: Habla de la banalidad del gobierno frente al sismo, y de cómo desde la presidencia quisieron desanimar las iniciativas ciudadanas de participación, lo que no hizo más que alentar a la sociedad civil para redoblar sus esfuerzos. Se vencieron resistencias, se superaron miedos y en ese ánimo los capitalinos se lanzaron en cuadrillas que ellos mismos organizaron, a remover escombros en busca de sobrevivientes.

Dentro de ese mismo contexto Monsiváis habla sobre la matanza ocurrida en la Ciudad de México en el llamado “Halconazo” o “Jueves de Corpus” en julio de 1971. Alrededor de mil jóvenes habían sido capacitados como “Halcones”, paramilitares que atacaron a los estudiantes que se manifestaban de manera pacífica en apoyo a la UANL y a favor de la autonomía universitaria, lo que dejó alrededor de 225 muertos. Ese grupo de halcones en algo me recuerda a los jóvenes del bloque negro que a últimas fechas ataca durante marchas pacíficas.

Cuando los ciudadanos nos organizamos para emprender acciones de resistencia civil, no hay fuerza que nos contenga. El sismo del 85 hermanó a todos los mexicanos, desde cualquier rincón, en una misma causa, sintiendo que el dolor de los afectados era también nuestro dolor, y que debíamos de actuar para resolverlo.

Como sociedad hemos perdido mucha de la empatía que anteriormente nos caracterizaba, sumidos cada uno en su propia burbuja digital, con los sentidos aprisionados. Primamos nuestra satisfacción inmediata y absoluta, hasta de nimiedades, por encima de las urgentes necesidades vitales de nuestros hermanos. Quisiera tener de regreso entre nosotros a Carlos Monsiváis, para que dé un vistazo a nuestra sociedad mexicana del tercer milenio y nos desglose, uno a uno, los hilos que conforman esa madeja de terrible aislamiento progresivo que nos ha vuelto tan indiferentes unos con otros.

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