Hace cinco semanas sufrimos, colectivamente, una suerte de conmoción al conocer el caso de Valentina, esta niña de solo 11 años, alumna del quinto grado de la escuela Urbano Flores, que decidió acabar con su vida tras sufrir una brutal violación.
El caso no solo indignó a la sociedad, sino que incluso salpicó de rabia a decenas de ciudadanos cuando el subdirector de esta escuela fue detenido como presunto responsable del abuso sexual.
Hoy conocemos –toda proporción guardada– otro caso en el que una figura de autoridad, que no solo debería significar un aporte en la formación académica de los menores, sino que incluso debería protegerlos en toda circunstancia, resulta ser un depredador sexual, un verdadero monstruo suelto en el interior de la escuela. El subdirector de un conocido colegio fue detenido y vinculado a proceso por el abuso sexual en agravio de un alumno de 13 años.
No se trata de generar alarma ni mucho menos de generalizar, pero sí de advertir que debemos extremar precauciones y la comunicación con nuestros hijos, ya que literalmente no están a salvo en ningún lugar, y debemos incluir las escuelas o colegios a los que asisten.
Sabemos que sobrevivimos en un contexto social muy hostil, en el que la violencia, de todo tipo, se puede presentar en cualquier momento y en cualquier lugar, y también sabemos que decenas, por no decir que centenares de depredadores sexuales recorren nuestras calles y pueden aparecer en negocios, en centros de esparcimiento y en escuelas.
Sí, debemos entender que estamos inmersos en un contexto muy hostil y que debemos estar muy atentos de quienes nos rodean, especialmente si son menores, para intentar protegerlos de los monstruos que andan sueltos.
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