Arte

Publicado el lunes, 15 de marzo del 2021 a las 05:44
Saltillo,Coah.- “Tengo 80 años, casi 81. A esta edad siento que lo que no he escrito, ya no lo escribiré más”, dice Homero Aridjis (Michoacán, 1940), sobre las palabras que aún le quedan en la mente, mismas que intenta aterrizar en la página para que sean “leídas por aquel al que le interesen”, y entre esas ideas están las que dieron vida a Los Peones son el Alma del Juego (Alfaguara, 2021), su novela más reciente, en la que hace un repaso por el mundo artístico e intelectual de la Ciudad de México en las décadas de 1950 y 1960.
En ese tiempo Aridjis era un joven de 20 años que, impulsado por la musa, se mudó de Michoacán a la capital del país y, quizá aquí convenga hacer la aclaración que este libro está inspirado en “el diario íntimo que llevé durante los años que llegué a la Ciudad de México”, comenta Aridjis a Zócalo en entrevista, y agrega que “apenas comencé Los Peones son el Alma del Juego, deseché rápidamente la autobiografía, porque no quería que este libro fuera un recuento de memorias, sino que los capítulos estuvieran llenos de personas vivas y presentes en la inmediatez de la vida; porque cuando uno vivió esos momentos no lo hizo como recuerdos, sino como presencias”.
Así, el inmenso libro de más de 400 páginas revive las aventuras del joven Aridjis quien toma otro nombre y se transfigura en Alex, un poeta que intenta iniciarse en la literatura nacional. Eso lo lleva a la que, entonces, era la ciudad más importante de México, en donde conoce a escritores como Octavio Paz Juan José Arreola, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Alí Chumacero y un largo etcétera de nombres que ahora son “ídolos de carne y hueso”, pero que en su momento y ante la mirada de Aridjis-Alex eran “solo personas más con las que compartía intereses”.
Pero esos nombres tienen historias, a veces conocidas y otras oscuras, y esas son también las que el personaje cuenta: un Juan José Arreola acuciado por las deudas; un Juan Rulfo “borrachín y nervioso, crispado siempre”.
“Mi propósito no era verlos como monumentos, sino tener la imagen de cómo yo los vi cuando los traté, los conocí en el café, en la calle o en la fiesta. Ellos eran espontáneos, impredecibles y cercanos, por eso quería dotarlos de esa humanidad con la que yo los conocí.
“Ahí, lo peor que me podía pasar a mí era tener un personaje que se autocensurara, así que opté por seguir una serie de criterios literarios para mostrarlos como humanos”, apunta el también diplomático y recuerda el momento exacto en el que conoció al creador de Pedro Páramo. Una noche en la que caminaba junto a un amigo por Paseo de la Reforma y, sentado en el pasto bajo una farola, se encuentra el escritor jaliscience buscando su dentadura postiza y “estaba ebrio. Después lo vi, pero seguramente él no se acordaba de ese encuentro y, cuando lo seguí tratando, nunca hablamos de ese momento”.
Ser otro, contarse
La pregunta que surge es: si presenta a todos estos personajes ¿por qué crear un alter ego y no ser Homero Aridjis?, y la respuesta para el autor de Los Poemas Solares se debió a “el compromiso autobiográfico, uno que me ciñe”, apunta y agrega que, como en el caso de Marcel Proust en La Búsqueda del Tiempo Perdido o James Joyce en sus novelas, un alter ego “da una libertad de la autobiografía que nos acerca casi a la ficción. Quería que este libro fuera una autoficción”, detalló.
Si bien Los Peones son el Alma del Juego está lleno de nombres conocidos por todos los lectores y por la figura de un poeta joven que busca la palabra, hay otro ser que está siempre presente a lo largo de la historia, y esa es la Ciudad de México, “el tablero enorme donde yo pude mover estas piezas”, dice expresidente internacional de la asociación PEN.
Así, su libro es también un itinerario en el que se cruzan calles, plazas y cafés; cines, restaurantes, periódicos y casas. Todas ellas con la voluntad de crear el retrato de una ciudad que ya no es, el esfuerzo de regresar la vida a la memoria.
“En esta novela hay momentos en los que, por la presencia del ajedrez, la vida se volvía una metáfora del mismo juego, pero el escenario de este libro es exclusivamente la Ciudad de México a la que llegué como una autor joven, y a la que convertí en mi tablero de juegos”, concluyó.
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