Artemio de Valle Arizpe, prestigiado cronista que fue de la Ciudad de México, uno de los hijos predilectos de nuestra ciudad, expresaba: ¡No es por presumir, pero soy de Saltillo! Un anciano solía decir: “Somos como piedritas que el viento arrastra, pero yo estoy contento porque al fin me quedé en Saltillo”.
O las palabras de un joven estudiante: “Saltillo es nuestra ciudad, la ciudad que amamos”… La frase del señor de Valle Arizpe la adoptó aquel personaje muy nuestro Francisco Gámez Cardona, “La Gallina”, jefe y primer tambor de la danza tlaxcalteca del barrio cuna de la ciudad, El Ojo de Agua, quien además fue el líder del Sindicato Nacional de Captores y Vendedores de Aves Canoras de la República Mexicana, afiliado al Partido Revolucionario Institucional. Gámez Cardona era el único miembro de dicha agrupación. “La Gallina” afirmaba con gracejo: “No es por presumir, pero soy del Ojo de Agua”.
Y es que publicaciones nacionales, de esas que se dedican a seleccionar lugares para vivir mejor, han sugerido a Saltillo para tal propósito.
Aun en esta etapa de industrialización y modernidad, la ciudad no renuncia a sus tradiciones y costumbres, a su acervo cultural e histórico, quizá a eso se debe que los editores de esas revistas hayan seleccionado entre muchas ciudades a la nuestra, como un lugar para vivir mejor y por consecuencia la atracción de miles de millones de dólares de inversión, creando nuevas fuentes de empleo.
Desde los pioneros que en 1577 le apostaron al pequeño salto de agua que da origen a la ciudad y su nombre, hasta las nuevas generaciones en el Saltillo contemporáneo que nos toca vivir, seguimos amando a nuestra ciudad.
Al principio no fue así, hubo quienes se hundieron en la desesperanza y el pesimismo.
Los inversionistas de la época le negaron a Saltillo tener las dos grandes fundidoras que fueron el despegue industrial de Monterrey y de Monclova. La ciudad había perdido el impulso que tuvo a finales del siglo 19, cuando un grupo de empresarios intentó inútilmente poner en marcha una etapa de industrialización.
Saltillo necesitó más de 100 años para volver a ser la ciudad de más dinamismo y desarrollo de todo Coahuila. En un tiempo realmente corto, la capital del estado recuperó el tiempo perdido y entró de lleno a la modernidad.
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