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Coahuila

Nuestra casa común

Por María del Carmen Maqueo Garza

Hace 6 años

Tragedia en Torreón: un alumno de primaria ingresa a su escuela con un arma de fuego y dispara. Hay pérdidas humanas, hay heridos. Hay angustia e incertidumbre.

No es el momento de repartir culpas, como si de un juego de cartas se tratara.

Ahora es tiempo de ejercitar la compasión. Actuar de manera solidaria, comenzando por barrer la propia casa.

Tiempos muy difíciles viven nuestros niños, en un mundo carente de un marco de referencia, donde nada se asume como bueno o malo. Todo será según el enfoque con que se mire.

Nosotros actuamos con tibieza frente a la responsabilidad de ejercer la autoridad. Hasta parece que la colocamos en manos de los niños y cerramos los ojos.

Quizá porque venimos de hogares rígidos, actuamos deseosos de cambiar el sistema educativo. La realidad nos sale de frente para decirnos que no es el mejor de los caminos.

Esa indefinición entre bien y mal ha llevado a la normalización de la violencia. Se evidencia en canciones, videojuegos o películas. Además, está presente en noticieros y redes sociales.

Existen las clasificaciones de contenidos, pero en realidad nadie parece obligado a acatarlas. Además, hemos dado a nuestros niños patente de corso frente a los mismos.

En casa los menores viven aislados en una burbuja transparente. Los vemos a la distancia, sumidos en su mundo digital y nos convencemos de que todo está bien, de que tienen la madurez para elegir.

Un factor adicional en la ecuación es la culpa. En un mundo que marca elevados estándares económicos, papá y mamá tienen poco tiempo disponible para tareas ajenas al ámbito laboral. Ello genera culpa que más adelante buscará redimirse.

En el mejor de los casos el chico se adecua a lo que se espera de él. No necesariamente corresponde a lo que bulle en su interior, que llega a ser como olla de presión amenazante.

En otros casos los chicos expresan su malestar mediante conductas desafiantes. De ser así, nos tranquilizamos bajo la premisa de que son cosas de la edad, que ya pasarán.

Si dicha conducta filial llega a provocar un altercado, siempre habrá manera de intervenir para justificar y reparar el daño hecho.

El niño necesita arquetipos que orienten su conducta. Si no están accesibles en la realidad, los buscará entre los personajes de ficción, ésos que se abren camino en la historia retando al sistema. Constituyen antihéroes a los cuales emular e imitar.

Algo preocupante, que da cuenta de lo anterior: en esta temporada navideña, las armas de fuego de juguete tuvieron muy alta demanda. Frente a dicha lectura habría que preguntarnos: ¿por qué el niño quiere jugar a matar? Si el juego es un ensayo de la vida, ¿cómo la está visualizando?

Un comercial del siglo pasado anunciaba un medicamento en presentación infantil con la expresión: “El niño no es un adulto chiquito”. Me parece buen momento para medir nuestra actuación ante dicho concepto. Alertarnos como educadores que todos somos, sacudiéndonos esa molicie que nos tiene paralizados, frente a elementos que llegan a nuestros niños para deformar su concepción del mundo.

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