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Cultura

Obra negra

Por Rodolfo Naró

Hace 8 años

Llega el fin de año y uno comienza a hacer un recuento de los días. Comenzamos a ver listas por todos lados, lo hecho y lo pendiente, lo vivido y lo leído. Babelia, el suplemento de libros y arte que encarta el periódico español El País cada sábado, ya presentó su lista de los mejores libros del 2017. En México, extrañaremos la lista, en Reforma, de Sergio González Rodríguez, finado el pasado abril.

Mi lista es de un solo libro, el mejor de todos. Un libro que me acompañó durante un par de semanas. Fue una de esas lecturas que no quieres terminar por no volver a sentir el vacío que te deja un amigo con quien compartiste “lo confidencial”. Fue un libro en el que constaté que la memoria también es ficción, un asunto particular. Fue un espejo en el que al mirarme, reconocí que tenemos que reconstruirnos día a día para seguir viviendo.

Gilma Luque sigue el ejercicio que comenzaron Guadalupe Nettel en El Cuerpo en que Nací y Julián Herbert en Canción de Tumba, ambas novelas autobiográficas y en torno a la madre. Con la disciplina de un corredor de fondo, Luque, desde el 2010 nos ha entregado Hombre de Poca Fe, Mar de la Memoria y Los Días de Ema, con Obra Negra, su novela más íntima, nos despliega un mapa de años, el trazo de una generación que ahora ronda los 40 años.

En Obra Negra, la llaneza de las letras de Gilma son como el sol en el cenit: alumbran lo que no queremos ver. Su cuarta novela, puntillosa y profunda en la psicología de sus personajes, cuenta la historia de una mujer desde su infancia en la Unidad Santa Fe de la Ciudad de México, sus años escolares, su entorno familiar, sus amores, hasta la enfermedad mortal de su madre descubierta cuando ella tiene 4 años de edad, el paulatino deterioro: el bastón, la andadera, la silla de ruedas, la parálisis en la cama.

El acecho de la muerte siempre está presente en las páginas de Obra Negra, Gilma escribe: “A la salida de la escuela veo a mi abuela y no a mi madre. La piedra es enorme. Sin decir nada comienzo a llorar. Mi madre murió, pienso, dejó de respirar: seré huérfana”. Páginas más adelante leemos: “Cada noche sueño que mamá muere. Tengo que tomar una decisión: cuidar a mi madre o abandonarla otra vez, abandonar la idea de ser su cuerpo, de ser ella”.

Obra Negra de Gilma Luque, editada por Almadía, también es una novela de iniciación en la vida amorosa y sexual de una adolescente que, contrario al destino de su madre, siempre se está moviendo, como si en el fondo supiera que el agua estancada apesta. Que la familia debe de girar alrededor de los sueños propios, que la búsqueda de la felicidad siempre será individual, así se encuentre en un clan de circo o al otro lado del mundo.

Al terminar de leer Obra Negra, esa piedra enorme que también yo había tenido en la garganta se soltó, como si esos veintitantos años de vida de la protagonista hubieran sido parte de mi vida. Porque la muerte, aún tan anunciada y esperada, a veces tan liberadora, no deja de ser un abandono. Al terminar de leer el libro puse puertas y ventanas a esa casa en construcción que fue mi lectura y habité mi propia obra negra de recuerdos.

@RNaró

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