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Coahuila

Oro, incienso y mirra

Por Sandra Rodríguez Wong

Hace 2 años

En los confines de la antigua Mesopotamia, hace más de mil 500 siglos atrás (alrededor del año 221 d.C.), se forjó una historia que ha perdurado en el tiempo. Una que ha trascendido culturas y religiones. Es la historia de tres sabios, tres Reyes Magos que partieron en busca de un niño recién nacido en Belén, según lo relata la Iglesia cristiana y los vestigios históricos.

Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?… Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. (Mateo 2:1-11)

Se dice que estos hombres, procedentes de Oriente, eran sabios y estudiosos de las estrellas. Y conscientes de la inusual aparición en el firmamento de un fenómeno celeste, lo interpretaron como una señal divina: el nacimiento del Salvador. Por lo que con el corazón anhelante y cargados de regalos, se pusieron en marcha hacia el lugar donde el destino los convocaba.

Guiados por la estrella fugaz, transitaron por desiertos inhóspitos y montañas escarpadas, enfrentando inclemencias del tiempo y desafíos que sólo un espíritu determinado podía superar. Su viaje, era una metáfora de la búsqueda de la verdad, de la esperanza que anida en el corazón humano, y de la valentía necesaria para enfrentar los obstáculos.

Al llegar a Belén, encontraron a Jesús, el niño, envuelto en humildes pañales y acunado por el amor de sus padres. Con reverencia y gratitud, los tres reyes sabios presentaron sus magníficos regalos: oro, incienso y mirra. Estos tesoros simbolizaban mucho más que su valor material, eran ofrendas que expresaban los anhelos más profundos de la humanidad.

El precioso metal representaba la realeza y la divinidad de Jesús. El oro, era un reconocimiento de la trascendencia del Mesías y su papel como Rey de Reyes. El incienso, con su aromática fragancia, simbolizaba la espiritualidad y la conexión con lo divino. Era el homenaje al espíritu elevado y trascendente del niño. Y la mirra, una resina utilizada para embalsamar, representaba la mortalidad y el sacrificio. Era un presagio de los desafíos y la redención que el salvador enfrentaría en su vida.

Estos regalos cargados de simbolismo, han convertido a la Navidad en la época actual (fecha en que se conmemora el nacimiento del Jesús), en signo de esperanza, de amor, de redención, de valentía y de solidaridad para todas las personas.
El oro nos recuerda que todos llevamos dentro un potencial divino, que nuestro paso por la vida no es estéril, que indudablemente todos hemos sido llamados con un propósito, pero que solamente nuestras acciones (por pequeñas que parezcan), podrán definir lo valioso de lo que hemos construido en nuestro paso por ella, y siempre podremos, a través de ellas, construir un mundo mejor.

El incienso, con su fragancia, invita a conectar con nuestra espiritualidad. Su olor obsequia la oportunidad, de elevar nuestros pensamientos y acciones hacia lo sublime. Hace reconocer, la grandeza y la belleza de la vida. Permitiéndonos meditar en lo dulce y lo bueno que puede ser esta, viviéndola en paz y en armonía con todos los que nos rodean.

Y la mirra, conectándonos con nuestra mortalidad, nos dice que la vida está llena de desafíos, pero también de oportunidades y enseñanzas, para crecer y encontrar nuestro propósito.

Así, la historia de los Tres Reyes Magos y sus regalos, trasciende los límites de una narración antigua y se convierte en un mensaje de amor y de reflexión. Nos inspira –independientemente de nuestras creencias–, a meditar en lo que cada una de sus ofendas, representa para nuestras vidas.

La Navidad siempre invita a profundizar sobre el verdadero significado de la generosidad, el amor incondicional y la unidad.

Nos inspira a abrir nuestros corazones y tender la mano a aquellos que lo necesitan. Que en esta Navidad y en todas las épocas, podamos recordar el legado de los Reyes sabios. Que sea una invitación constante a emprender el viaje por la búsqueda del verdadero propósito de nuestra existencia, que nos permita reflexionar en nuestra frágil humanidad, apremiándonos a encender la llama de la bondad en nuestros corazones y que esta, sea la luz, que ilumine nuestro camino, llenando nuestra vida y el mundo, a través de nuestras acciones, de amor y compasión.

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