Por: Horacio Marchand
A la hora de la innovación, el emprendimiento y la reinvención de una organización, o una sociedad, son las ovejas negras, los irreverentes, los “bichos raros”, los que terminan siendo los protagonistas. Y esto es la historia de la civilización: el establishment, aposentado en lo que es, ve con animosidad a lo que quiere ser.
Estamos en el epicentro, en el génesis de una revolución de Inteligencia Artificial (IA). A dónde puede llegar este avance, no lo sabe nadie, pero el hecho es que la trayectoria de la civilización humana se movió.
Apenas estamos observando cómo nacen galaxias, estrellas, soles y dimensiones de las posibles aplicaciones de IA en medicina, educación, negocios, comunicación, investigación, sicología, etc., al tiempo que los famosos agentes inteligentes (sistemas autónomos) amenazan con desaparecer eventualmente el uso de las apps y servicios (ASP).
Ahí viene también una generación nativa en IA que la utilizará de formas que para otras generaciones parecerían inconcebibles. Los Alfa (nacidos entre 2010 y 2025) y los que vienen, Beta (2025 a 2039), vivirán en, literalmente, otro mundo.
Incluso Yuval Harari, autor de Sapiens, afirma que a este paso, los humanos “dejaremos de serlo” debido a las modificaciones crecientes de la bioingeniería y la ciberingeniería.
Este cambio vertiginoso funcionará como un terremoto para las empresas actuales.
Serán agredidas por nuevos emprendedores, ovejas negras irrespetuosas del statu quo, que llegarán con el súper poder de la IA, con herramientas que difícilmente pueden desarrollar o aplicar las empresas actuales.
Las organizaciones inflexibles, que no abracen a la energía de las ovejas negras y de innovadores “fuera de la caja” y que sigan actuando como siempre: obsesionados por la eficiencia, el ensimismamiento y las utilidades de corto plazo, serán arrolladas.
Las empresas familiares también son un escenario vivo del conflicto generacional: la generación actual lucha entre darles rienda a los nuevos y, al mismo tiempo, contenerlos para que no los opaquen, o peor, para que no destruyan lo que ellos han creado. La nueva generación a su vez, enfrenta el conflicto de romper con el pasado y promover la innovación que demandan los tiempos, pero sin destruir lo que ya se tiene. No está fácil.
En los corporativos, los directivos y dueños gozan políticamente de todos los privilegios de su posición. ¿Cambiar? Para qué. ¿Para qué arriesgar? Las decisiones tienden a ser conservadoras. Invierten poco en el futuro, no iteran con experimentos, no exploran rumbos alternativos. Van en cámara lenta en un mundo que acelera cada vez más.
La innovación requiere de agentes disruptivos, fuertes y tenaces: justamente el perfil de personas que las empresas frecuentemente suelen despedir. También requiere de un desapego o incluso ir en contra de lo establecido, de componentes heterogéneos y de visiones multifuncionales.
Es fascinante observar cómo las organizaciones contratan al mismo tipo de gente: que piensan igual, opinan igual y hasta se visten igual. El beneficio de esta homogeneidad es la contundencia en la ejecución, pero el riesgo es la pérdida de flexibilidad y la dictadura de una patología compartida.
Sobreinvertidos en el presente, se les escapa el futuro.
Simbólicamente, el cuadro mitológico pintado por Goya, donde Cronos (líder de los Titanes), de pie, devora al cuerpo mutilado de uno de sus hijos, pudiera resumir este conflicto generacional entre lo viejo y lo nuevo. Cronos come a cada uno de sus hijos temiendo que le hicieran justamente lo que él le hizo a su padre Urano: castrarlo para derrocarlo.
Finalmente, Zeus, el más chico, escapa, y derroca a Cronos encerrándolo en el inframundo junto con el resto de los Titanes. Y la historia se aprecia hasta en la película de Star Wars, donde Luke Skywalker derrota a Darth Vader, su padre, tal y como lo hizo Edipo con su padre Layo.
Quiero agregar que el cambio no necesariamente es un tema de edad. Hay jóvenes viejos y hay viejos jóvenes. Es más bien un proceso de rebeldía, una actitud de inconformidad creativa que se mueve con los tiempos.
El drama humano sigue: lo viejo es rígido, lo joven es flexible; lo viejo quiere que siga siendo, lo joven quiere ser.
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