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Coahuila

Pensador Martínez, fotógrafo del caballito

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 5 meses

¿Cuantos años permaneció en la plaza Manuel Acuña aquel famoso fotógrafo de inseparable sombrero tipo tejano, y con características de sureño? Realmente no lo sé, lo único que sé es que tuve la dicha de ser amigo de dos de sus hijos, uno extraordinario fotógrafo de prensa, y otro boxeador profesional.

Don Pensador Martínez, fue un sui géneris de la fotografía, pues su instrumento de trabajo fue, por muchos años, una cámara de un solo lente marca Minuta; era el clásico retratista de “el caballito”, una figura de un equino de pasta tamaño pony, con todos los pertrechos que un buen penco debe poseer sobre él, sombreros grandes y pequeños de charros y téjanos o de alacha, así como la indumentaria del jinete mexicano, que utilizaban los clientes y una enorme manta con dibujos muy coloridos, regularmente rosas, corazones y la imagen de la virgen de Gaudalupe donde posaban los clientes para la impresión de la fotografía, labor que constituía todo un arte, pues, a falta de cuarto oscuro, el revelado se hacía dentro del mismo artefacto. Una vez impreso el papel, lo lavaba con agua común y corriente en unas pequeñas tinitas que tenía a un lado de las patas del mueble que sostenía a Minuta.

El fotógrafo del caballito rindió tributo a la madre tierra y sus hijos, principalmente Cristóbal, siguieron con la tradición que se mostraba renuente a desparecer, pero que al final sucumbió, como muchas otras tradiciones del pueblo de México.

En la plaza Acuña hubo épocas en que los clientes formaban fila para retratarse con don Pensador, ya fuera para algún documento oficial o simplemente por llevarse un recuerdo a casa de su estancia en Saltillo. La fotografía al aire libre duró en la plaza Acuña, unos 50 años, hasta que, repentinamente, una mañana, ya no estaban ni el caballito, ni la mampara, ni los arreos de charro. Los Martínez Márquez decidieron “cerrar el negocio, por incosteable”.

Don Pensador era tan exacto y tan puro, que en poco tiempo el cliente tenía sus fotografías. Recuerdo que en mi niñez un fotógrafo francés recorría los barrios de la ciudad, ofreciendo sus oficios y no sólo retrataba en blanco y negro, sino que coloreaba las fotografías que le daban la impresión de una acuarela.

Hay una anécdota en torno a don Pensador, tipo carismático y simpático que gustaba mucho de las bromas. Una ocasión dijo a unos amigos que se había sacado el premio mayor de la Lotería Nacional, pero que no lo había cobrado porque “faltaba un trámite en la agencia local” y, de inmediato, comenzaron a ofrecerle objetos y servicios, incluso dinero en efectivo, porque bueno si iba ser rico, pues pagaría todas las bondades. Algunas sí las aceptó, como la de la cantina-bar Primavera, donde el cantinero en turno, le fio algunas copas y, para festejar, disparó algunas rondas a la clientela. Cuando se aclaró todo, el buen hombre tuvo que pagar en abonos sus deudas.

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