Vida
Publicado el viernes, 20 de diciembre del 2024 a las 09:23
Ciudad de México.- El perezoso gigante, conocido científicamente como Megatherium, fue una de las criaturas más imponentes que habitaron la Tierra durante la época del Pleistoceno, también llamada la Edad de Hielo y no se parecían en nada a los animales lentos y peludos que hoy conocemos.
Los ancestros prehistóricos de estas criaturas eran gigantescas, con un peso de hasta cuatro toneladas, que blandían garras enormes cuando se sentían amenazados. Durante mucho tiempo, los científicos creyeron que los primeros humanos en América contribuyeron a la extinción de estos perezosos terrestres gigantes, así como de otras megafaunas como los mastodontes, tigres dientes de sable y lobos gigantes.
Sin embargo, nuevas investigaciones en sitios arqueológicos como Santa Elina, en Brasil, están desafiando esta narrativa. Los hallazgos sugieren que los primeros humanos llegaron al continente mucho antes de lo que se pensaba, coexistiendo con estas bestias colosales durante milenios sin causar su extinción inmediata.
“ Existía la idea de que los humanos llegaron y acabaron con todo rápidamente, lo que se denominaba ‘exceso de destrucción del Pleistoceno’”, explica Daniel Odess, arqueólogo del Parque Nacional White Sands, en Nuevo México. No obstante, descubrimientos recientes, como los de Santa Elina, indican que “los humanos coexistieron con estos animales durante al menos 10.000 años sin provocar su desaparición”.
En Santa Elina, los restos de perezosos terrestres gigantes muestran evidencias de haber sido manipulados por humanos. Uno de los hallazgos más intrigantes son los osteodermos, estructuras óseas similares a las placas de un armadillo, que parecen haber sido tallados y utilizados como adornos. La investigadora Mírian Pacheco, de la Universidad de São Paulo, sostiene que algunos de estos fósiles muestran superficies pulidas deliberadamente y perforaciones que indican su uso como joyería.
Lo más sorprendente es que estos artefactos tienen 27.000 años de antigüedad, más de 10.000 años antes de lo que se creía que los humanos llegaron a América. Según Pacheco, el análisis químico de los huesos sugiere que fueron trabajados poco después de la muerte del animal, descartando la posibilidad de que fueran fósiles ya antiguos.
Nuevos paradigmas sobre la llegada de los humanos
Durante gran parte del siglo XX, la teoría predominante sostenía que los primeros humanos en América pertenecían a la cultura Clovis, conocida por sus distintivas puntas de proyectil encontradas en Nuevo México, con una antigüedad de entre 11.000 y 13.000 años. Esta hipótesis coincidía con el final de la última glaciación y el surgimiento de un corredor libre de hielo en Norteamérica.
Sin embargo, sitios como Monte Verde, en Chile, han desafiado esta idea al proporcionar evidencia de presencia humana hace 14.500 años. Más al norte, en White Sands, Nuevo México, las huellas humanas encontradas junto a las de mamíferos gigantes tienen entre 21.000 y 23.000 años de antigüedad. Aunque algunos arqueólogos cuestionan la ausencia de herramientas de piedra en ese sitio, otros consideran las huellas como una prueba irrefutable de la interacción temprana entre humanos y megafauna.
Redefiniendo la relación entre humanos y megafauna
Lejos de la teoría del “exceso de destrucción”, los nuevos descubrimientos sugieren una convivencia prolongada y compleja entre los primeros americanos y los animales gigantes. En White Sands, por ejemplo, las huellas conservan momentos de interacción. Un conjunto muestra a un perezoso terrestre gigante que, al encontrar huellas humanas recientes, se detiene, se levanta sobre sus patas traseras y cambia de dirección.
“ Estas evidencias nos muestran una historia mucho más rica y matizada sobre cómo los humanos interactuaron con su entorno”, comenta Odess.
Aunque el debate sobre el momento exacto de la llegada de los humanos a América continúa, parece claro que su impacto en la megafauna no fue tan inmediato ni devastador como se pensaba. Por el contrario, los nuevos hallazgos abren la puerta a una comprensión más profunda de las primeras interacciones humanas con el continente y las criaturas que lo habitaban.
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