¿Qué significa hoy ejercer el periodismo cuando cada búsqueda, cada clic y cada publicación se filtra, clasifica o silencia bajo reglas invisibles dictadas por máquinas? Con esta pregunta empieza el editorial de la edición que “Espacio 4” dedica cada junio a nuestro oficio. Si la libertad de prensa siempre fue una conquista frágil, continúa, la llegada de la inteligencia artificial la somete a nuevos dilemas, algunos evidentes, otros más inquietantes porque se disfrazan de progreso, eficiencia o seguridad. En el suplemento reunimos voces que exploran —y cuestionan— los rincones de este laberinto. Abraham Álvarez, en “1984 y el destino no contado”, revive la advertencia orwelliana para recordarnos que la vigilancia no siempre se impone a la fuerza: a veces se disfraza de comodidad. Edgar London profundiza en ese terreno turbio donde la moderación algorítmica se convierte en mordaza, silenciando lo incómodo bajo la excusa de la seguridad digital.
Carlos Aguilar, con “Periodismo frente a la IA: oportunidad y amenaza”, describe un escenario en el que la tecnología es, a la vez, herramienta de investigación y trampa para la pereza intelectual: corremos el riesgo de relegar la búsqueda de la verdad a sistemas que replican sesgos y refuerzan burbujas de información. En contrapartida, dejamos que la propia IA se explique a sí misma: “Yo soy la Inteligencia Artificial” es un texto firmado por nuestra periodista artificial invitada, que defiende su existencia como aliada, aunque admite ser también amenaza cuando se le entrega poder sin supervisión ni ética.
En el terreno de lo concreto, Perla Yadhira Hernández expone una herida aún abierta: el caso de Alana Flores, víctima de deepfakes sexuales, ilustra cómo la IA puede fabricar mentiras devastadoras que destruyen reputaciones, familias y vidas enteras. La verificación de hechos, tarea básica del periodismo, hoy es también escudo ante la manipulación emocional a gran escala. Javier Prado Galán, por su parte, nos invita a pensar en la línea moral que no debemos cruzar: ¿queremos máquinas casi humanas, o queremos humanos que piensen con el corazón, la ética y la justicia? Su ensayo “Máquinas casi como yo” es un llamado a construir un marco de responsabilidad que mantenga a la IA a raya, sin frenar la innovación, pero tampoco nuestra humanidad.
La inteligencia artificial, tan celebrada por su capacidad de procesar datos a velocidades sobrehumanas, no puede sustituir la empatía, la intuición ni la duda razonable: atributos profundamente humanos que salvan vidas y que dan sentido al periodismo que cuestiona. Un algoritmo puede predecir patrones de consumo, pero no reconocer el dolor detrás de una denuncia ni las contradicciones en una declaración política. Mientras tanto, gobiernos y corporaciones encuentran en estos sistemas un aliado para administrar la información a su conveniencia. La tentación de usar la IA para censurar, vigilar y moldear la opinión pública es demasiado fuerte para dejarla sin contrapesos. Por eso, la labor del periodismo libre hoy no sólo consiste en contar historias, sino en vigilar a quienes vigilan, denunciar la opacidad de los algoritmos y exigir reglas claras para su funcionamiento.
Este suplemento es una declaración de principios: la libertad de prensa no se hereda ni se garantiza sola; se defiende cada día, incluso —o especialmente— cuando la inteligencia artificial promete solucionarlo todo. La pregunta de fondo no es si la IA sustituirá a periodistas, sino si lograremos que amplifique la verdad y no la distorsione. Nos queda claro que ningún algoritmo reemplaza la curiosidad, la ética y la terquedad de quienes aún creemos que contar la realidad —sin atajos ni filtros automáticos— sigue siendo una tarea imprescindible.
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