Saltillo de mi tiempo era muy tranquilo en cuanto a homosexualidad.
Había cuando mucho, una media docena de este tipo de personas, pero hasta donde yo sé jamás se metieron en problemas, ni abusaron de nadie, respetaban a todos y se hacían respetar.
Aquellos con esas inclinaciones eran:
La Santa, “La Osa”, Robertito, “La Mosca”, “Casa Blanca”, “La Niña” y “La Benny”. (Seguramente habría otros más, nunca lo supe)
Seres graciosos, hasta avergonzados, pero amenos en su charla y su trato con las personas, y anécdotas conozco algunas de su valentía y su vergüenza.
Como cuando “La Osa” entra al quite para defender al famoso agente del Ministerio Público, Chon Carrejo, muy macho por cierto, quien sólo tenía un brazo, muy certero y potente. El abogado era dominado por unos sujetos, cuando repentinamente como de película aparece “La Osa”, un corpulento y forzudo homosexual saltillense. Entre los dos dieron cuenta de los belicosos individuos.
Robertito era el clásico homosexual con poder económico de la ciudad, que le gustaba hospedar en su casa a los actores y actrices del Teatro Rodante “Tayita”, que instalaba su carpa en los antiguos terrenos de la planilla del ferrocarril, al sur de Cuauhtémoc, casi esquina con Colón. El teatro era propiedad del Chato Padilla, papá de don Jaimito, del mismo nombre y apodo que su progenitor, personaje de los programas de Chespirito, y su mamá era Blanquita Morones, lógicamente la primera actriz de la compañía que presentaba obras de teatro y comedia de muy buena calidad histriónica.
A Robertito le tocó hacerla de galán joven, y en un momento determinado de una comedia dramática sacó una pistola y amenazante apuntó a la dama joven, quien asombrada y temblorosa, preguntó:
–Pero ¿por qué me vas a matar?
Y Robertito contestó:
–¡Porque soy hombre!
Fueron notorias las carcajadas de la concurrencia, de tal suerte que Robertito, muy propio, pidió suspender la escena y dijo “al público”.
–¡Por favor, más respeto, no para mí, pero sí para la primera actriz Blanquita Morones!
Los concurrentes guardaron silencio vergonzosamente y prosiguió la obra.
Otra anécdota tiene tintes más dramáticos.
Era un jovencito como de unos 17 o 18 años, que lucía un cuerpo espectacular. Una diminuta cintura y unas amplias caderas que eran la envidia de las damas y la admiración de los caballeros. Le decían “La Benny”. Un día amaneció muerto en los inconstitucionales “cuartitos” de la Cárcel Municipal. ¡Nadie sabe, nadie supo!, cómo fue.
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