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Pervive el espíritu de Leonora Carrington en la Roma

  Por Agencia Reforma

Publicado el martes, 25 de mayo del 2021 a las 11:58


A 10 años de su partida, la casa estudio de Carrington preserva intacto el entorno creativo de la artista nacida en Inglaterra y que vivió en México

Ciudad de México.- Tan pronto se pone un pie en la casa marcada con el número 194 de la calle de Chihuahua, en la Roma, la construcción revela su naturaleza verdadera: un gabinete de maravillas.

Desde todos los sitios, expresivos ojos esculpidos en bronce escrutan al visitante, y cada repisa y espacios están poblados por imágenes de bestias fantásticas, por miniaturas enigmáticas y arcanas o por reliquias silvestres, como conchitas y piedras.

En una de las fotos que cuelgan de una pared de su antigua habitación, la artífice de todo ello, Leonora Carrington, reina sobre su imperio de sueños desde la perpetuidad del blanco y negro, con la mirada inteligente de quien puede ver el reverso oculto de las cosas.

“El espíritu sigue aquí”, declara, sin dar lugar a la duda, el patólogo y artista Pablo Weisz, hijo de la artista y del fotógrafo Emérico “Chiki” Weisz.

“En esta casa pintó, fácilmente, más del 90 por ciento de sus cuadros”, recuerda. “Y en esta casa hizo más del 90 por ciento de sus esculturas, sus modelos”.

A 10 años de su partida, la casa estudio de Carrington preserva intacto el entorno creativo de la artista nacida en Inglaterra y que vivió en México casi 70 años.

En este aniversario, que se conmemora este martes, la casa se siente como un cofre del tesoro todavía cerrado, a la espera de que el semáforo epidemiológico de la Ciudad de México cambie a verde y pueda, al fin, ser visitada por el público.

Para Weisz, la apertura de este museo dedicado a su madre es un sueño largamente acariciado y que, después de años de planeación, se ha hecho posible gracias a los empeños de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM).

“Yo, en un momento dado, veía que la fama de mi madre crecía y crecía, y dije: ‘¿Cómo es posible que hay Museo Tamayo y Museo Diego Rivera, de todos hay museo, pero no había nada de Leonora”, se dijo Weisz entonces.

Tras un proceso de investigación profunda, la UAM se propuso mostrar la casa tal y como la dejó Carrington, con un nivel de detalle que se puede ver en los pinceles y utensilios que parecieran haber sido usados apenas unas horas antes e, incluso, en una colilla de cigarro que todavía permanece en uno de los ceniceros.

“Aquí hacía sus meditaciones, prendía su incienso y se ponía a meditar. De ahí salieron muchos cuadros”, señala Weisz en uno de los estudios de su madre dentro de la casa.

Para el médico, quien vivió en Chihuahua 194 desde que nació hasta los 25 años, crecer en medio de las creaciones surrealistas fue tan increíble como uno podría imaginarse.

“Sí era un mundo fantástico. (Decíamos:) ‘Ay, ahí hay un gato con alas’, ‘Ay, mira, un perro con grifos y con alas y una cola de león”, recuerda.

“Escribía, pintaba, esculpía, y era mamá. Nunca nos hizo de lado”, celebra Weisz, quien compara esta postura amorosa a la de otros artistas de su época, sobre todo hombres, que se desentendían de sus familias.

En la sala de la casa, en una esquina privilegiada, hay una litografía enmarcada de Y entonces vimos a la hija del minotauro, uno de los cuadros fundamentales de Carrington, donde un par de niños, en un salón onírico, van al encuentro de un personaje femenino fantástico.

“Esos somos mi hermano (Gabriel) y yo, cuando éramos chicos”, recuerda Weisz, con cierta nostalgia.

Cada recoveco de la casa invita a la búsqueda del proceso creativo de Carrington, con algunas joyas dispuestas para que los enterados y quienes apenas la descubren se topen con ellas.

Quien quiera desentrañar el origen de Y entonces vimos a la hija del minotauro, por ejemplo, no tiene más que acudir al cuarto de la pintora y revisar sus libreros para encontrarse con el ejemplar claramente leído y revisado de The White Goddess, de Robert Graves, un libro fundamental para la concepción mitológica de la artista.

Junto al volumen, en un pequeño marco blanco con la inscripción “Leonora”, Pablo y Gabriel se miran exactamente iguales, con la misma edad, que los niños de la pintura.

“Una figura como la de Leonora Carrington aparece en el mundo cada 500 años, un artista extraordinario, hombre o mujer, y ella fue una giganta del arte. Nunca le copió a nadie, nunca se hizo humos de gran artista, era una persona muy modesta para la giganta que era”, asegura Weisz.

La casa, ciertamente, refleja una riqueza que no reside en lujos, como la modesta cocina y el comedor dan testimonio, sino en los pequeños artículos, libros y piezas de arte que denotan la nutrida vida interior de su dueña.

“Muchas veces, por ser mujeres, no las aprecian tanto como, digamos, a Picasso, incluyendo a Max Ernst también, pero ella fue una mucho más grande artista que estos dos artistas, con una imaginación ‘esplendífera’, si existe el término”, concluye Weisz.

A una década de la muerte de Carrington, su espíritu pervive en el gabinete de maravillas que habitó en la Colonia Roma y que próximamente abrirá sus puertas para que todos lo descubran.

Donan obra escultórica a la UAM

Los nuevos huéspedes de la casa de Carrington son los personajes fantásticos que saltaron de sus pensamientos hacia la inmortalidad del bronce.

En espera de su apertura al público, el recorrido por la casa estudio de la artista ya está sembrado, en cada cuarto y espacio abierto, por las más de 60 esculturas donadas a la UAM para formar parte de la museografía del lugar.

“Todas las esculturas de ella yo las doné para que hubiera algo en la casa”, explica Weisz. “Y hay muchos dibujos y cosas personales de ella. Sus libros, sus pinturas, sus pinceles. Está todo”.

A decir de Weisz, todas las esculturas que ahí se encuentran -y que fueron diseñadas en plastilina por la artista ahí mismo- van desde los años 70 hasta la década pasada.

La presencia de estas obras, en lugar de pinturas, explica también el hijo de Carrington, se debe a que todos sus cuadros ya se encuentran en museos o colecciones privadas.

“En realidad, la razón de que haya esculturas es que vivíamos de su pintura. Mi mamá pudo mandarnos a la escuela y darnos una magnífica vida gracias a que su pintura se vendió”, detalla.

Con las esculturas como anfitrionas, la casa de Carrington se vuelve, también, una forma de asomarse a la mente fantástica de la creadora de seres extraordinarios.

 

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