Vivimos tan acostumbrados a escuchar el ruido externo que solemos dejar de poner atención a lo que ocurre dentro de nosotros. El corazón late, el estómago se mueve, la respiración cambia, puede haber tensión en los músculos, sentimos calor, sentimos hambre, o sentimos cansancio. Todas estas son señales que nuestro cerebro está recibiendo constantemente.
La interocepción es la capacidad del sistema nervioso para detectar, procesar e interpretar las señales que vienen del interior del cuerpo. Es, en cierta forma, nuestro “sentido interno”. Y esta interocepción es aprender a escuchar lo que tu cuerpo te está diciendo.
Gracias a ella podemos reconocer que tenemos hambre, que estamos satisfechos después de comer, que necesitamos descansar o que nuestro cuerpo está comenzando a activarse ante una situación de estrés.
Pero hay algo importante: sentir una señal corporal no siempre significa que la interpretemos de forma correcta.
Por ejemplo, cuando estamos ansiosos, nuestro corazón puede acelerarse, la respiración puede hacerse más rápida y podemos sentir cierta tensión en el estómago o en el pecho. El cerebro recibe esas señales y puede interpretarlas como una amenaza, lo que aumenta todavía más la activación. Y así se crea un círculo entre cuerpo y cerebro.
La interocepción también puede relacionarse con nuestra forma de comer. A veces podemos confundir hambre física con otras necesidades: estar aburrido, cierto nivel de estrés, cansancio o ansiedad. Y aprender a reconocer qué está ocurriendo realmente dentro de nosotros puede ayudarnos a tomar decisiones más conscientes.
Esto no significa que debamos desconfiar de nuestras sensaciones. Al contrario: se trata de aprender a escucharlas sin reaccionar automáticamente ante ellas.
Una manera sencilla de comenzar es hacer pequeñas pausas durante el día y preguntarnos:
¿Qué estoy sintiendo en mi cuerpo?
¿Dónde lo siento? ¿Tengo hambre, sed, cansancio o tensión?
¿Qué necesito realmente en este momento?
Feldman confirma que la interocepción no es simplemente “sentir el cuerpo, sino que el cerebro interpreta lo que está ocurriendo dentro de él”.
Con cierta práctica, podemos desarrollar una relación más consciente con nuestro cuerpo y esto nos recuerda algo fundamental: el cerebro no solamente piensa; también está escuchando constantemente al cuerpo.
Y cuanto más aprendemos a escuchar esas señales, más oportunidades tenemos de responder a nuestras necesidades en lugar de actuar simplemente en automático.
Escuchar a tu cuerpo no significa obedecer cada sensación. Significa aprender a comprenderla.
“Primero aprendemos a escuchar lo que ocurre dentro de nuestro cuerpo; después podemos empezar a comprender cómo nuestro sistema nervioso interpreta el mundo que nos rodea”.
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