Coahuila
Por JC Mena Suárez
Hace 6 meses
Durante décadas, nuestra alimentación ha estado marcada por tradiciones, costumbres y recetas heredadas. Sin embargo, en los últimos años, pareciera que esas decisiones ya no se toman en la cocina de la casa, sino en los escritorios de las grandes corporaciones y agencias de marketing.
En un mundo cada vez más bombardeado por información, la forma en que nos alimentamos parece estar bajo el constante asedio de modas, estudios contradictorios y campañas de marketing.
Basta con echar un vistazo a la evolución de los discursos en torno a alimentos básicos como el pan, la leche y la carne para darnos cuenta de que existe un patrón.
En un ciclo que se repite, primero se ataca un alimento tradicional, se le sataniza por sus supuestos efectos negativos, y casi de inmediato surgen productos sustitutos que, con agresiva publicidad, se posicionan como la alternativa “buena” y saludable.
El pan, un pilar de la alimentación en muchas culturas, fue de los primeros en caer; se le señaló como el culpable del aumento de peso y se le asoció con problemas de gluten.
Pero la “solución” ya estaba en marcha: los estantes de los supermercados se llenaron de pan sin gluten, de harinas preparadas, enriquecidas artificialmente con vitaminas y, por supuesto, del pan de caja que, pese a sus escasos valores nutricionales, se nos vende como la mejor opción.
Es un ataque frontal a un alimento que, en su origen, era mucho más nutritivo. No hay que olvidar que antiguamente los molinos de piedra trituraban el grano de trigo completo, conservando el endospermo, el germen y el salvado, a diferencia de los modernos molinos de rodillos que lo separan para dejar sólo el almidón.
El mismo destino ha corrido la leche. Pasó de ser el alimento “completo” por excelencia a un liquido reservado –según algunos– para becerros. Rápidamente, el mercado nos inundó con leches vegetales de soya, avena, arroz y coco, que si bien son una alternativa, carecen de las propiedades inherentes a la leche de vaca.
Y ahora, el más reciente blanco de esta campaña es la carne. A pesar de ser una fuente insustituible de proteínas y vitaminas, se nos dice que es mala. La respuesta ya está en el mercado: carne artificial que se promociona como una opción más saludable y sostenible.
El patrón se repite: primero, desacreditar un alimento tradicional, después, introducir un sustituto con una estrategia de marketing agresiva. Así pasó con el pan integral de antaño, molido en molinos de piedra y con aroma que se percibía a cuadras de distancia, frente a las harinas refinadas y llenas de aditivos actuales.
O con las papas fritas, condenadas por supuestamente cáncerigenas, si se fríen a ciertas temperaturas. El bolillo, que algunos desprecian, ha sido reivindicado por estudios universitarios.
El debate se ha vuelto confuso. Expertos que se contradicen, estudios que se anulan entre sí y consumidores atrapados entre lo que dicen que es “bueno”, y lo que dicen que es “malo”. La alimentación se ha convertido en un campo de batalla donde las corporaciones mueven las piezas y nosotros sólo reaccionamos
Al final, queda una pregunta simple pero incómoda: por un lado, dicen que es bueno, y por otro que es malo, la pregunta es… ¿Qué vamos a comer?
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