Espectáculos

Publicado el sábado, 22 de agosto del 2015 a las 19:44
Ciudad de México.- Una noche de otoño de 1932, Ray Bradbury asistió al espectáculo de un mago que se hacía llamar Mr. Eléctrico en un circo que estaba de paso en Waukegan, Illinois, el pueblo en donde el futuro escritor había nacido el 22 de agosto de 1920. Aquella noche, el mago tomó asiento en una silla colocada frente al público y un tramoyista accionó un interruptor para “electrocutarlo” con una descarga de cincuenta mil voltios. Luego de “sobrevivir”, nombró caballeros a los niños que ocupaban la primera fila; lo hizo con una espada que crepitaba de electricidad. Cuando llegó el turno de Bradbury, Mr. Eléctrico lo tocó “en la frente, en nariz y en barbilla” con la punta de la espada y la electricidad entró por su cráneo, puso sus pelos de punta y le sacó chispas por los oídos. Luego, el mago dijo en un susurro: “Vive para siempre” y, aunque el niño que llegaría a ser escritor pensó que era una idea genial, de inmediato se preguntó cómo lo conseguiría.
Al día siguiente, Bradbury regresaba con su familia del funeral de uno de sus tíos cuando, al ver instalado el campamento del circo en una colina a orillas del lago Michigan, le pidió a su padre que detuviera el automóvil y, a pesar de las recriminaciones y la furia que desató, corrió a buscar a Mr. Eléctrico como si huyera de la muerte. El mago lo recibió como a un viejo conocido y le presentó al hombre tatuado, al forzudo, a la señora gorda, a los acróbatas, al enano, al hombre esqueleto (personajes que luego aparecieron en las historias que publicó), y a partir de esa experiencia empezó a escribir todos los días, y ya nunca dejó de hacerlo mientras estuvo vivo. Mr. Eléctrico le había hecho el regalo místico de la inmortalidad que puede alcanzarse con los libros y la literatura.
La epopeya del escritor
Debido a que su padre no tenía un empleo fijo, Ray Douglas Bradbury vivió con su familia a lo largo de un par de temporadas en Tucson, Arizona, antes de mudarse de manera definitiva a California en 1934. En su niñez había leído a Julio Verne, Edgar Allan Poe, H. G. Wells y era fanático de Edgar Rice Burroughs, el creador de las aventuras de John Carter y Tarzán. Se graduó de la escuela secundaria en Los Ángeles en 1938, pero no pudo inscribirse a la universidad por falta de dinero y durante más de una década acudió a leer tres veces por semana a una biblioteca pública. Ese mismo año, mientras se dedicaba a vender periódicos, inició su carrera como escritor con la aparición del relato El dilema de Hollerbochen en las páginas del fanzine Imagination! al que siguieron varias colaboraciones para diversas revistas dedicadas a la ciencia ficción.
En 1947 publicó Carnaval negro, su primer libro de relatos y dos años después viajó a Nueva York para obtener un contrato con alguna editorial, porque necesitaba ganar más dinero, debido a que su esposa Marguerite McClure estaba embarazada de su primera hija. Sin embargo, nadie mostraba interés en publicar historias cortas y esperaban que les presentara alguna novela. Cuando estaba a punto de regresar a Los Ángeles sin haber obtenido resultados, el editor de Doubleday Walter I. Bradbury (el apellido es simple coincidencia), le comentó en una cena que los relatos “marcianos” que había publicado en distintas revistas podían ser de algún modo una novela, y sugirió que los uniera con alguna trama en común bajo el título de Crónicas marcianas (1950). Bradbury pensó en la obra Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, que admiraba desde los 24 años, y en lugar de un “pueblo que intenta adaptarse a la modernidad” ambientó sus Crónicas durante una hipotética conquista y colonización del planeta Marte, y así salió a la luz ese libro “de apariencia fantasmagórica” en el cual, como escribió Borges en el prólogo de la novela, Bradbury puso “sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad”.
Enseguida dio a la imprenta El hombre ilustrado (1951), Las doradas manzanas del sol (1953) y Fahrenheit 451 (1953), una novela que escribió a partir de la obsesión que le produjo descubrir un documento de 1790 “que exigía a los bomberos estadunidenses que quemaran cualquier libro de influencia británica en las colonias”. La firma que avalaba la orden era de Benjamin Franklin, “el prócer en cuya memoria se instituyó un premio literario” que le fue concedido a Bradbury en 1954. Adaptada al cine por el director francés François Truffaut en 1967, la novela es, de acuerdo con el autor, su “única obra de ciencia ficción”, porque las demás pertenecen al género fantástico, y como lo hace notar el escritor y periodista mexicano Juan Villoro, “curiosamente, se trata de un severo cuestionamiento de la técnica, una parábola sobre la función rebelde de la cultura en un mundo obsesionado por el orden”. Aunque Villoro estima que a finales de los 60 “el lirismo del visionario de Illinois” perdió fuerza, en ese periodo había publicado varios libros relevantes en los que, entre otras cosas, “el espacio exterior no es una meta futura sino un sitio que produce nostalgia”, con “epopeyas cargadas de melancolía en las que el triunfo de la especie humana se ve disminuido por la entrañable condición de las víctimas”, como El vino del estío (1957), Remedio para melancólicos (1960), La feria de las tinieblas (1962), Las maquinarias de la alegría (1964) y Fantasmas de lo nuevo (1969).
Por otro lado, el narrador y ensayista Alberto Chimal, considera que “la influencia de Bradbury en la literatura posterior a él es abundante y problemática”, porque “su prosa, repleta de metáforas e imágenes poéticas, es casi imposible de imitar y, de hecho, se basa en otra imposibilidad aparente: su sentimentalismo nunca es cursi”. De los títulos que sobresalen de su copiosa obra pueden mencionarse El árbol de las brujas (1972), La muerte es un asunto solitario (1985), La bruja de abril y otros cuentos (1994) y Más rápido que el ojo (1996), como pruebas de un estilo particular y marcado en el que se aborda “la creación artística como una práctica privada, absolutamente personal, capaz de servir de herramienta para intentar comprendernos en el mundo y para encontrar, cada uno, nuestras propias respuestas”, argumenta Chimal.
Un género en sí mismo
El poeta prolífico que inició su producción lírica con el poemario La última vez que florecieron los elefantes en el jardín (1973), el guionista de la película Moby Dick que dirigió John Houston; y el ensayista que reflexionó sobre su oficio con Zen en el arte de escribir (2002), falleció el 5 de junio de 2012. Entre las notas de despedida que aparecieron en fechas posteriores, la que firmó el narrador argentino Rodrigo Fresán afirmaba que el autor de las colecciones de relatos Conduciendo a ciegas (1997), De la ceniza volverás (2001), Algo más en el equipaje (2003) y El signo del gato (2005), “no fue uno de los que mejor contó sino, también, uno de los que más enseñó a contar, porque más ganas te daban de escribir después, enseguida, de leer algo suyo”, y recordó que, quien también escribiera las novelas Matemos todos a Constance (2004), El verano de la despedida (2006) y Ahora y siempre (2009), dijo alguna vez: “mi trabajo es enseñarles a que se enamoren”. En tanto que el autor inglés Neil Gaiman declaró: “Bradbury era un género en sí mismo. Mucho antes de que yo fuera escritor, era el escritor que otros escritores querían ser. Y ninguno lo logró, nunca”.
Más sobre esta sección Más en Espectáculos
Hace 12 horas
Hace 14 horas
Hace 14 horas
Hace 14 horas
Hace 14 horas
Hace 15 horas
Hace 16 horas
Hace 17 horas
Hace 17 horas
Hace 17 horas
Hace 18 horas
Hace 21 horas