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Coahuila

Rebeliones y secuelas

Por Gerardo Hernández

Hace 4 años

La sucesión de 1994 provocó dos insurrecciones en el PRI. La primera la protagonizó Manuel Camacho Solís, en protesta por la postulación de Luis Donaldo Colosio que el presidente Salinas de Gortari le había prometido a él. La segunda la escenificó el propio Colosio, cuando Salinas empezó a boicotearlo. El éxito de Camacho como comisionado para la paz en Chiapas, tras el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), dio pábulo a las versiones de un relevo en la candidatura.

El periodista español Fernando Orgambides retrató la situación en un texto titulado La venganza de Camacho: “Un solo hombre, Manuel Camacho Solís, ayer brillante Alcalde de Ciudad de México y hoy astuto negociador de la paz en Chiapas, trae en jaque al viejo y decrépito sistema mexicano. Eliminado del juego político en noviembre, cuando fue elegido Luis Donaldo Colosio y no él como candidato presidencial del sexagenario Partido Revolucionario Institucional (PRI), Camacho ha conseguido lo que hasta ahora parecía imposible en México: resucitar entre los perdedores y desafiar a su propio partido” (El País, 14.03.94).

El discurso de Colosio del 6 de marzo de 1994, en el monumento a la Revolución, significó la ruptura con Salinas y su primer círculo (Raúl Salinas, su siniestro hermano, José María Córdova y Emilio Gamboa, entre otros). Frente al triunfalismo salinista, el candidato denunció la pobreza y la injusticia imperantes, la desconfianza en las elecciones, la soberbia centralista, y, tangencialmente, el fracaso del neoliberalismo. “(…) los cambios no pueden ser ni marginales ni asilados. La vía del cambio corre en igual sentido y en igual intensidad y urgencia por el campo de la política, (…) de la economía (…) y del bienestar social”.

Deslindado de Salinas, cuyo sexenio estuvo marcado por la venalidad y la violencia política, Colosio podía tomar el control y relanzar su campaña. “Es la hora de reformar el poder, de construir un nuevo equilibrio en la vida de la república; es la hora del poder del ciudadano. Es la hora de la democracia en México; es la hora de hacer de la buena aplicación de la justicia el gran instrumento para combatir el cacicazgo, para combatir los templos de poder y el abandono de nuestras comunidades. ¡Es la hora de cerrarle paso al influyentismo, a la corrupción y a la impunidad!”.

Tendido el puente, Camacho puso fin a la zozobra el 22 de marzo. “Sí quiero ser Presidente de la República, pero no a cualquier costo. Entre buscar una candidatura (…) y la contribución que pueda hacer al proceso de paz en Chiapas, escojo la paz. Tomo esta decisión poniendo por encima de mis aspiraciones las razones superiores de la nación”. Colosio recibió la noticia en Culiacán, desde donde emitió un comunicado: “La declaración del licenciado Manuel Camacho nos confirma su entrega absoluta a las tareas de conciliación y pacificación que le fueron encomendadas por el presidente Carlos Salinas de Gortari”. Los protagonistas habrían charlado por teléfono esa misma tarde.

Al día siguiente (23 de marzo) Colosio recibió un tiro en la cabeza mientras se abría paso entre una multitud, después de un mitin en la colonia Lomas Taurinas, en Tijuana. Salinas intentó, sin éxito, que Diana Laura Riojas de Colosio firmara una carta que lo exculpara del crimen. En el auditorio Plutarco Elías Calles, del PRI, le gritaron asesino: “¡Él fue… él fue!”, bramó el priismo. Las rebeliones tardan en madurar. La muerte de Colosio marcó el fin del PRI. La alternancia PRI-PAN llegó en 2000, pero no cambió nada. El triunfo de Peña Nieto fue el de la corrupción. Hoy, Marcelo Ebrard, uno de los amigos íntimos de Camacho y víctima también de la inquina salinista, es uno de los alfiles de AMLO para la sucesión de 2024. Luis Donaldo Colosio Riojas, hijo del candidato asesinado, a quien Alejandro Moreno, el fantoche líder del PRI ha injuriado, es Alcalde de Monterrey y uno de los favoritos de Movimiento Ciudadano para las presidenciales.

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