Mi barrio el Ojo de Agua siguió sufriendo carencias en su infraestructura urbana todavía en los años 50, 60 y 70 teníamos problemas por la falta de drenaje sanitario. Las calles sin pavimentar y, la principal, la de Hidalgo, al sur de Escobedo, lucía su clásico y colonial empedrado.
Fue el alcalde Arturo Berrueto González quien pavimentó la mencionada arteria, a petición de nuestro gran líder Perfecto Delgado Carrión.
Durante una visita por el barrio, el gobernador Eulalio Gutiérrez Treviño, fue abordado por otro líder social, Pancho “La Gallina” Gámez, quien le suplicó la canalización del arroyo de la Tórtola, que serpentea parte del sector, pues era a esas alturas del partido, un foco de infección e inmundicias, hogar de borrachos e indigentes y todo un peligro para la comunidad del barrio.
Don Eulalio era seco, pero atento en su trato. Solo tomó del brazo a Gámez Cardona y sin decir ¡agua va!, pronto comenzó la canalización del famoso arroyito que al principio de la fundación sirvió de recipiente de la pequeña cascada que dio origen a la ciudad y le dio su nombre “El Saltillo”. Y que en los años de mi infancia llevaba aguas cristalinas, procedentes de otro pequeño ojito hacia el sur del original, muy cerca de la iglesia, donde se surtían los vecinos que habitaron en la ladera oriente del arroyo.
La anécdota indica que estando inspeccionando el lugar con personal de Obras Públicas, un hombre se puso a defecar a unos cuantos metros de ellos y conminó al director de dicho departamento a acelerar los trabajos correspondientes.
Gutiérrez Treviño fue un gobernante sumamente trabajador. Personalmente encabezaba las obras o el combate a los incendios forestales, por citar solo unos de los grandes detalles que tenía el gobernante. A las 6 de la mañana citaba a la gente en la banqueta de su casa y, dando vueltas a la cuadra, dictaba acuerdos o resolvía problemas. Si querías abordarlo era cuestión de levantarte temprano y te atendía en plena vía pública.
Como comunicador tengo gratísimos recuerdos del ingeniero Eulalio. Todos los días, a la 1 de la tarde, nos brindaba una conferencia de prensa y de donde salían las notas principales para los periódicos y para la radiodifusora XESJ, que era la única que en la ciudad tenía un eficiente servicio de noticias. Los reporteros que cubríamos la sede del Poder Ejecutivo del Estado, ¡éramos cinco!: Don Alfredo de León, corresponsal del periódico Excélsior, Paco de la Peña, director y reportero del Heraldo de Saltillo, Mario Sandoval Garay, del Sol del Norte, Francisco Treviño Granados, perdón pero no recuerdo que medio representaba, pero igual asistía a las conferencias de prensa y un servidor Carlos Gaytán Dávila por la XESJ. Era la época de la buena memoria, de las libretas y las plumas fuentes solamente. Paco de la Peña tenía una mente privilegiada, jamás anotaba un dato. Cuando le fallaban los números, me llamaba para aclararlos.
Armando Castilla también me hablaba vía telefónica a la radiodifusora para que le contara las novedades del día. Era un hombre que quería estar siempre muy bien informado.
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