Saltillo

Publicado el domingo, 28 de junio del 2026 a las 03:30
Saltillo, Coah.- Caminar con botines de tacón alto por el adoquín del Centro Histórico es una hazaña que implica mucha fuerza física; hacerlo bajo la identidad de Romina Rex y recorrer el Paseo Capital un viernes por la tarde es un acto disruptivo.
Detrás de este personaje hay una historia que busca eliminar los prejuicios sobre el arte drag que persisten en la sociedad. Es la historia de un hombre heterosexual que encuentra en el transformismo una vía de expresión artística.
Romina es una drag queen que se describe como una mujer poderosa, sensual, a la que no le importa la opinión de los demás: ella es libre.
Diego Reyna es el hombre detrás de Romina Rex, fotógrafo de profesión, también bailarín y actor. Por esto último ha tenido un acercamiento al arte drag, ya que ha sido contratado por varias artistas de la región para actuar en sus presentaciones.

Eso fue lo que despertó en Diego la intención de incursionar en el arte drag; no lo hizo por morbo, su intención fue demostrar que cualquier persona puede crear e interpretar a una drag queen o un drag king.
“ Es dar a entender o decir que no porque me maquillo o me pueda vestir con ropa de mujer, significa que eso tiene que ver algo con mi género o con mi identidad”, indicó.

Así habla Diego mientras comienza a prepararse para la transformación en Romina Rex. Todo empezó desde antes, en su casa, donde tuvo que rasurarse la cara.
“ Siento que es un llamado a decir que no porque te maquilles, no porque cambies completamente tu vestimenta, o tú en sí, significa que esa es tu preferencia, y más que nada por eso es que también decidí aceptar esta propuesta”, aseguró.

Ese es el prejuicio y estigma que persiste en la sociedad, pues existe una confusión entre ser artista drag y ser persona transgénero o transexual.

El drag es meramente una expresión artística en la que una persona construye un personaje y lo interpreta; se maquilla, se viste del personaje para dar un show y, al final del día, regresa, se quita ese personaje, se desmaquilla y vuelve a su realidad.
En cambio, ser una persona trans es tener una identidad; mujeres u hombres que viven su identidad de forma permanente.
Ellos no crean personajes, no actúan: son mujeres y hombres todo el día porque así se identifican, porque lo son.
El nacimiento de Romina Rex ocurrió en la sala de un departamento acondicionada como camerino. Ahí fue Absurda Rodríguez, reconocida artista drag saltillense, quien dio vida a este personaje.
Todo comenzó con el maquillaje: base, sombras, brillos, pestañas, delineamiento de cejas, labial, rubor y lo necesario para ocultar los rasgos masculinos de Diego.
Después acomodaría el cabello con pegamento y pondría una red para instalar la peluca, que es el último paso; antes se debía dar forma al cuerpo.
Se utilizaron cinco pares de medias y dos esponjas en las caderas para que Diego tuviera proporciones femeninas. A este paso, el fotógrafo empezaba a notar el cambio en sus rasgos físicos.
Diego se puso el vestido y luego los botines, todo forrado con lentejuelas que daban brillo a su personaje. Vino el clímax de la transformación: poner la peluca. Ese era el nacimiento de Romina Rex.
Casi dos horas tardó la creación de Romina. Bautizarla fue lo más difícil para Diego, pero al final eligió el nombre de su mascota (Romina) y su apellido en latín (Rex).
Era momento de salir a la calle, de que Diego se quedara en esa sala y Romina tuviera un paseo por diversos lugares de la ciudad.

Cuando Romina caminaba por la plaza, en una de las ventanas del segundo piso de un edificio, varios hombres le gritaron que los acompañara; estaban jugando billar.
Romina aceptó la invitación. Subir las escaleras fue un reto, confiesa; aún no se acostumbra a usar tacones altos, pero eso no le impide llegar a la entrada del billar.
Fueron 20 minutos de diversión acompañada por varios jóvenes con quienes “armó la reta”; les metió varias bolas en la buchaca, dejando sólo la bola negra sobre el fieltro verde de la mesa.
Al salir del billar ya había pasado la tarde. El vestido de Romina brillaba igual que las luces de las farolas. Se encaminó a una cantina ubicada en la esquina de Acuña y Ramos.
Apenas entró y acaparó de inmediato las miradas de quienes estaban en la barra. Un hombre la invitó a sentarse con él y comenzaron a platicar.
Romina pidió una cerveza, encendió un cigarrillo y comenzó a platicar con el chavo. Le contó que era la primera vez que hacía drag y que ya había recorrido varias partes del Centro.
“ El chavo me decía que su mejor amigo es gay, le dije como mil veces que no, que yo no era gay, que era un hombre que estaba haciendo drag, pero nunca entendió; aún así se portó bien conmigo”, dijo.
Esto dijo Romina sobre su acompañante en la cantina, el último lugar que visitó en las horas que existió este personaje y que caminó por las calles de Saltillo.
La cantina fue el último lugar que visitó Romina. Era hora de regresar a la sala del apartamento donde ya la esperaba Diego. Fueron cuatro o cinco horas durante las que Romina Rex existió.
Al quitarse la peluca, las medias, las esponjas, el maquillaje y los botines, Diego regresó; su primera reacción fue de alivio, le dolían las piernas por la caminata por el Centro en tacones altos.
Diego encontró en el arte drag otra manera de expresarse; al principio se dijo que desde hace varios años no estaba a gusto con su cuerpo. Salir a la calle vestido de Romina Rex le dio la seguridad que necesita.
Para Diego el objetivo se cumplió: demostrar que el arte drag no tiene género, que es una manifestación artística que cualquier persona puede hacer sin que lo defina una identidad específica o una orientación sexual.
Entrar a una cantina tradicional y platicar con un extraño, jugar retas en un billar, tomarse selfis improvisadas con personas que veían el partido de Brasil en un stand de cerveza; ese fue el viaje de Romina, un viaje que demuestra que el arte drag en Coahuila ha dejado de esconderse en bares para integrarse a la cotidianidad de la ciudad.
El escenario fue el Centro de Saltillo. Justo al descender del vehículo, a Romina le chiflaron desde un coche que iba pasando; atrajo de inmediato la mirada de varias personas y esa era la intención.
En la plaza estaban transmitiendo un partido de futbol. La Selección de Brasil enfrentaba a la de Haití. Era un stand de una empresa cervecera que promocionaba un producto sin alcohol; en el lugar había familias que disfrutaban el encuentro mundialista.
Romina se dirigió al puesto y convivió con los asistentes. Algunos miraban con asombro a esa imponente mujer con un maquillaje que resaltaba sus rasgos femeninos.
Se sentó en primera fila y presenció un gol de la Selección de Brasil. En ese momento, por un segundo, apareció Diego, pues festejó el gol levantando sus brazos fornidos y gritando con su voz grave.
Luego volvió a su personaje y empezó a caminar por la plaza. Venía el momento de una sesión de fotos en la fuente.
Mientras el fotógrafo capturaba los ángulos de Romina Rex, en la escalinata de la plaza Nueva Tlaxcala una madre de familia se giró hacia su hija pequeña, de no más de 3 años, y le señaló la escena:

“ Fíjate cómo se toman las fotos, mira a la muchacha cómo se pone, a ella sí le gusta que le tomen fotos y a ti no te gusta; mírala bien, se ve bien bonita”, le dijo.
El padre de la niña, pareja de la señora, también observaba a Romina. La veían con naturalidad e insistían a su hija que aprendiera de esa muchacha para cuando le tomaran fotos.
Romina se encaminó hacia la calle Victoria, donde posó en la escultura del Rodeo, uno de los íconos característicos de la “ciudad más vaquera de México”. En ese trayecto siguió siendo observada.

Al caminar por el pasillo de la calle Padre Flores, una mujer adulta mayor no dudó en tomarle una foto con su celular. Del otro lado, una madre de familia reprendió a su hijo porque no dejaba de ver a Romina; le dijo que eso no se hace, que es una falta de respeto.

Romina siguió caminando por los adoquinados callejones donde se ubican los bares. Al ser ya la tarde-noche de un viernes, las mesas estaban llenas.
Al pasar por la terraza de un bar los asistentes se asombraron con Romina. Ella estaba fascinada, dijo, pues le encantaba que la vieran.
Caminó unos metros más y fue abordada por un par de guardias de seguridad que vigilaban la entrada a un bar, quienes le pidieron una foto. Ella accedió.
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