Saltillo

Publicado el domingo, 21 de junio del 2026 a las 06:01
Saltillo, Coah.- En una casa de la colonia Bellavista, lejos de los grandes reconocimientos públicos, se encuentra una historia que resume buena parte del Saltillo de antaño: el de la gente que comenzó desde abajo, que aprendió a trabajar desde la infancia y que construyó su patrimonio a base de esfuerzo, disciplina y sacrificio.
María Paz Alvarado Nava, de 85 años, y Porfirio Ortiz Sandoval, próximo a cumplir 90, celebran este año siete décadas de matrimonio, 70 años compartiendo la misma vida, los mismos sueños y los mismos desafíos, una cifra que para muchos parece imposible en una época donde las relaciones suelen durar apenas unos años.
Su historia…
Comenzó cuando ambos eran apenas unos jóvenes, doña María trabajaba ayudando en casas particulares, trapeando pisos y cuidando niños. No era un empleo que hubiera elegido por gusto, sino una necesidad. “Aunque no me gustara, tenía que hacerlo”, recordó.
Don Porfirio había comenzado a trabajar desde la niñez. Primero ayudando a comerciantes en el Mercado Juárez y después desempeñando todo tipo de labores para contribuir al sustento familiar. La escuela quedó en segundo plano, pero el trabajo se convirtió en una constante que marcaría toda su vida.
Vivían relativamente cerca uno del otro por el mismo barrio, en el Saltillo de antes, en las calles tranquilas donde todavía era común conocer a todos los vecinos. Porfirio recuerda haber visto a María Paz por primera vez cuando ella pasaba por la calle, le gustó desde el inicio.
“ Ya le había echado el ojo, y nada más le decía adiós”, dijo.
Comenzó saludándola cuando coincidían en el camino. Después saludaba también a su madre para ganarse su confianza. Poco a poco fue acercándose a la joven que terminaría convirtiéndose en su compañera de vida.
Debido a que en aquellos años las reglas eran distintas con el trato de los padres, tuvo que sobreponerse don Porfirio. Por eso el noviazgo fue breve. Después de apenas cuatro meses decidieron casarse. María Paz estaba por cumplir 15 años; Porfirio estaba cerca de los 20.
“ Los papás de las muchachas en aquel tiempo eran más bravos”, expresó.
Sólo era trabajar…
Tras ser finalmente un matrimonio, no todo fue color de rosa, la pareja comenzó su recorrido sin grandes recursos económicos y con pocas oportunidades educativas. Sin embargo, compartían una misma convicción: trabajar.
Mientras él se abría paso en el mundo de la construcción, ella asumía la responsabilidad del hogar. En la casa ordenada que todavía conserva con esmero, en los recuerdos familiares perfectamente resguardados, en la crianza de ocho hijos que crecieron bajo una disciplina basada en el respeto y el esfuerzo.
Durante años, Porfirio trabajó como albañil hasta convertirse en supervisor de obras. Su habilidad y dedicaciónllamaron la atención de arquitectos e ingenieros que le fueron confiando mayores responsabilidades.
Participó en la construcción y mantenimiento de numerosas escuelas federales a lo largo de Coahuila. Recorrió el estado de norte a sur supervisando proyectos educativos y coordinando equipos de trabajo que llegaron a superar las 300 personas.
“ A mí me gustaba mucho trabajar. Mucho, mucho, mucho, a mí el trabajo no me quitó el sueño”, expresó.
Su jornada comenzaba antes del amanecer en punto de las 6 de la mañana y con frecuencia terminaba entrada la noche. Nunca fumó, nunca fue aficionado al alcohol. Nunca tuvo interés por la vida nocturna. Y mientras él recorría carreteras y supervisaba construcciones, María Paz mantenía firme el hogar.
Juntos enfrentaron épocas difíciles, retrasos de pagos, temporadas de incertidumbre económica y los retos propios de una familia numerosa. Aún así siguieron adelante.
Nueve años después de casarse llegó su primera hija. Después nacieron seis hijos varones, y finalmente una segunda hija. Con ocho hijos en total. Ocho historias distintas y un mismo objetivo para todos.
“ Mi sueño dorado era que todos estudiaran”, dijo don Porfirio.
Sacrificios rinden frutos
Sin haber tenido la oportunidad de cursar estudios superiores, decidió que sus hijos tendrían acceso a una vida diferente. A ninguno le impuso una profesión, sólo era cuestión que llegara el momento de elegir carrera, y les repetía lo mismo:
“ Usted va a escoger lo que quiera estudiar. Yo nomás lo voy a apoyar”.
El sacrificio rindió frutos y así sus ocho hijos cursaron estudios en el Ateneo Fuente y posteriormente concluyeron carreras profesionales. Entre ellos hay ingenieros, licenciados y especialistas en diversas áreas.

A lo largo de los años, la familia creció. Llegaron los matrimonios, los nietos y una nueva generación que hoy observa con admiración la historia de quienes comenzaron prácticamente desde cero.
La casa familiar continúa siendo un punto de encuentro y actualmente la familia cuenta con 26 integrantes, contando hijos, nueras, yernos y nietos.

A lo largo del recorrido del matrimonio ninguno ofrece una fórmula complicada, no hablan de grandes gestos románticos ni de recetas milagrosas. Hablan de respeto, hablan de trabajo, hablan de responsabilidad. Según aseguró don Porfirio, uno de sus mayores logros fue el de no discutir, porque todo se resuelve hablando.
“ No tenemos por qué andar peleando”, comenta.
Para él, el compromiso adquirido desde el día de su boda siempre fue para toda la vida.
“ Nos casamos por el civil y luego por la Iglesia y para toda la vida”, afirmó.
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