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Coahuila

Saltillo 446: una radiografía

Por Luis Carlos Plata

Hace 3 años

Hace años, décadas ya, que Saltillo dejó de ser la villa del pan de pulque y los tamales (aunque ambos, en estricto sentido regional, pertenecen desde tiempos inmemoriales a Ramos Arizpe, su vecino inmediato).

Han prescrito también los paseos dominicales que le caracterizaban. El mobiliario urbano paulatinamente se ha vuelto hostil para desincentivar la recreación y el esparcimiento.

Superficies duras, sin bancas ni árboles, prevalencia de ángulos incómodos o sutiles púas intercaladas que impidan detenerse a descansar o simplemente contemplar lontananza. Arquitectura ideada para la repulsión: disuadir a las personas de utilizar los espacios públicos, impedir multitudes, evitar el desgaste por el uso.

El saltillense está condenado a circular y jamás detenerse. Del movimiento hacia la inmovilidad absoluta en una ruleta de circularidad. Se desplaza poco y cuando lo hace va muy cerca.

Acaso la mayor desgracia en el valle de las montañas azules ha sucedido ya: su clima benigno, propicio para las artes y el pensamiento creativo, o por lo menos la reflexión y el ensimismamiento, fue reemplazado por una masa de calor que domina la plancha urbana, deforestada y sustituida por kilómetros de asfalto y concreto donde alguna vez hubo naturaleza.

Ni perones ni membrillos. En los tiempos que se vive la vorágine de automóviles que circulan a diario por miles en sus vialidades y representan un gigantesco estacionamiento ambulante, genera un efecto olla de presión que crispa, enerva. El saltillense siempre tiene prisa por llegar a ninguna parte. O ninguna que justifique la prisa, en su defecto. Ansiedad social a secas. Sin transporte público efectivo, o sin transporte público en general, ni lo mínimo indispensable para moverse con dignidad a lo largo de kilométricas extensiones de terreno: banquetas, un onceavo mandamiento bíblico rige la vida en la ciudad: No Caminarás. Nadie lo hace. Trasladan sus cuerpos dentro de burbujas de policarbonato y cristal que suponen libertad personal, pero les secuestran en su camino de la industria automotriz al drive thru, y viceversa.

Sí, Saltillo está en el norte de la República, pero no cumple a cabalidad con el estereotipo norteño de otras latitudes. La cultura de la carne asada es propia de Nuevo León, no nuestra.

El estilo vaquero le pertenece a otras localidades de Coahuila como Sabinas, no a nosotros. El pandillero encaja mejor en municipios como Ciudad Juárez o Reynosa que Teresitas o Mirasierra.

Tampoco es un pueblo mágico de Vinos y Dinos. No somos un paraíso de viñedos enclavado en un territorio idílico con fósiles de dinosaurios. Por el contrario, la sequía y los incendios forestales como consecuencia se han vuelto un fenómeno cíclico irreversible que llegó para quedarse.

Aquí las huellas de identidad están en otra parte. En las madres a los 14 ó 15 años como situación de normalidad, muchachos atrapados en el círculo vicioso del cristal, conflictos viales permanentes, música a todo volumen para no escuchar sus pensamientos o escándalos de vecinos ruidosos en catarsis; unos molestando a otros; una lucha perpetua contra todos.

Existen menos frenos morales que antaño y mayor pasivo-agresividad que nunca. Nulo respeto por la comunidad ni empatía por terceros.

Salud mental deteriorada en cada cuadra, en cada acera y en cada banqueta de la urbe industrial. Una ciudad en donde los más jóvenes quieren huir; que los saquen de aquí como pregón al aire.

Otros, más agobiados, o verdaderamente apesadumbrados, se podría decir, han desarrollado a raíz de la pandemia la costumbre de aventarse al vacío desde las alturas con proclividad a puentes peatonales o vehiculares, caminar sus últimos pasos junto a las vías del tren, o conducir con embriaguez absoluta y los sentidos aletargados un coche a velocidades supersónicas directo a la muerte.

Nuevas formas de intentar el suicidio, fenómeno sin freno y distintivo de la sociedad.

 

Cortita y al pie

Dos Saltillos. Uno hacia el norte, y otro en el resto de los puntos cardinales. Unos apartados con conocimiento de causa, formando una micro civilización que emula sin éxito la vida sampetrina, y otros marginados por las circunstancias socioeconómicas. Los muros mentales distancian más que la cartografía simplificada en un pa’rriba o pa’bajo.

Una sociedad de ofendidos y resentidos en su conjunto, con razón histórica o sin ella. Donde perduran atavismos y se rechaza la progresía en cualquiera de sus manifestaciones. De ultramontanos y recelo, no generosidad ni solidaridad. De falsos triunfalismos y una idea de sí mismos que no corresponde con la realidad. Disonancias cognitivas. Del sarape como lugar común más que símbolo.

De “nenis” vendiendo mercaderías en el corazón de la ciudad, de barullos constantes en las colonias gracias al estruendo incesante de perifoneos que peinan sus calles en busca de potenciales clientes, de locales en renta permanente, construcciones inacabadas y anárquicas, como patrón grisáceo de identidad urbana, plazas comerciales y nuevos proyectos que no fraguan ni resisten en pie más allá de tres meses, mercados ambulantes, vendimias improvisadas, antiguas construcciones a punto de caer en el Centro Histórico, todo ello con un denominador común: el desinterés, la apatía y la desidia, tan naturales de los descendientes tlaxcaltecas hasta nuestros días.

Algunos viven para añorar lo que un día fuimos (¿fuimos, en verdad?) y ya no somos ni seremos. Edificios que ya no existen, héroes casi siempre relacionados con la política que dejaron el plano terrenal hace una centuria por lo menos, viejas glorias regionales que se venden como viejas glorias nacionales a falta de relevancia histórica real pues el esplendor –piensan– debería estar en alguna parte.

Debajo de varias capas de polvo como alegoría de que torcimos el camino pero es cuestión de desempolvarlo. Sin embargo nunca sucede. La historia oficial se compone de saltos cuánticos. Puntos negros en la línea temporal que abarcan centenarios, sin que se sepa qué de relevante pasó en ese tiempo. Los últimos resabios de grandeza en Saltillo datan de un siglo atrás. Luego todo es inactividad, resistencia y desgano.

 

La última y nos vamos

“La mejor ciudad para vivir”, dice la propaganda en un intento de autoconvencimiento colectivo, pues siempre será más fácil apelar al sentido de pertenencia que cambiar la dinámica social. Lo segundo implica un primer paso: llamar las cosas por su nombre y reconocer el problema. Visibilizar lo que somos, aunque no guste lo que refleja el espejo.

Simple: dejar de simular, acaso nuestro verbo favorito.

 

 

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