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Salvan antigua librería madrileña; capitanea Jorge F. Hernández la nave destinada al naufragio

  Por Agencia Reforma

Publicado el miércoles, 1 de junio del 2022 a las 04:32


El prohibido Diccionario filosófico de Voltaire se exhibía en el aparador, mientras que la edición del Fondo de Cultura Económica

Ciudad de México.- Asido a los libros cual si de un salvavidas se tratara, Jorge F. Hernández encara una nueva etapa de su vida capitaneando una mítica nave que parecía condenada a su propio naufragio.

Dicho en otras palabras, el escritor mexicano, desempleado tras su infortunada salida de la diplomacia cultural, que ha atribuido a la censura, se estrena como librero al frente de la histórica Pérgamo, la librería más antigua de Madrid. La misma que a finales del 2021 anunciara su cierre, liquidara sus ejemplares y pusiera en alquiler su espacio en la calle General Oráa, en el barrio de Salamanca, donde abrió sus puertas a mediados de la década de los 40 del siglo pasado. Una tragedia para una comunidad que no concebía el cese de este negocio familiar con más de siete décadas de historia.

“ Es una librería con mucho sabor, con una gran tradición. Y las dueñas, Lourdes y Ana Serrano, habían decidido ya jubilarse”, explica Hernández en entrevista telefónica.

“Eso provocó, pero de veras, una inmensa tristeza. Incluso yo había ido en alguna ocasión a comprar un libro y me dio tristeza saber la noticia, porque es triste que una librería de pronto tenga que cerrar y se convierta en otra cosa”.

Fundada por el catedrático y abogado Raúl Serrano Guillén -a quien la dictadura franquista represalió por su militancia republicana-, y nombrada como la ciudad griega que albergara la segunda biblioteca más importante del mundo antiguo, Pérgamo se distinguió por siempre mantener la libertad.

El prohibido Diccionario filosófico de Voltaire se exhibía en el aparador, mientras que la edición del Fondo de Cultura Económica (FCE) de El Capital, de Karl Marx, que llegaba desde México, se vendía envuelta en papel de estraza, ilustra Hernández.

Aunado a ello, mantenía un vínculo importante con la comunidad estudiantil de colegios como el Ramiro de Maeztu, “que es la herencia de la institución libre de enseñanza previa a la Guerra Civil, y emparentada con el exilio mexicano”, remarca el autor.

Tras la conmoción que causó el anuncio de las hijas del fundador de Pérgamo de cerrar sus puertas, un empresario mexicano que ha preferido mantenerse en el anonimato decidió alquilar el lugar para mantener viva la librería, ahora con Hernández al frente.

“Yo siempre quiero decir su nombre, pero él no quiere. Simplemente decir que es mexicano-gallego, y, por lo pronto, ya es mi nuevo amigo.”

“ Llevo nueve meses desempleado. Yo salí tristemente de la Embajada de México (en España), donde era agregado cultural, y la verdad es que quedé en la ruina. Y pues, he hecho algunas chambitas, he hecho algunas cositas, pero la verdad es que andaba yo buscando trabajo, y entonces me ofreció ser librero”, comparte Hernández.

Decisión firme

Al preguntársele si dudó tomar el cargo, el autor de El Algebra del Misterio comentó que “No, al contrario, se me llenaron los ojos de lágrimas, y dije: “Por supuesto que le entro”. Entonces todo esto parece cinematográfico, pues es justo cuando yo ya estaba realmente naufragando.

En pleno arranque de esta nueva etapa de Pérgamo, Hernández tiene claro a qué puerto desea llegar: “Lo que quiero es mantener su ánimo, por supuesto, pero también que sea un puente hacia la novedad”.

Al estilo más propio de una farmacia, recuerda el autor, las librerías en España -y anteriormente también las de México- atendían desde el mostrador las peticiones de los lectores, con los libreros yendo ellos mismos a la trastienda por los títulos como si surtieran una receta.

“ Pérgamo es un bosque de madera de cerezo. Los estantes son una maravilla, tienen casi 80 años, y el concepto ahora va a ser que el cliente pueda entrar y recorrerlos”, adelanta Hernández.

“Por supuesto, yo voy a atender a todo mundo. Yo estoy dispuesto a conseguir lo que sea y me subo a la escalera, porque son 4 metros de alto. Pero el chiste es que el cliente no necesariamente llegue al mostrador a pedir su receta”.

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