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Coahuila

San Esteban de la Nueva Tlaxcala

Por Carlos Gaytán Dávila

Hace 2 años

El 13 de septiembre de 1591, el capitán Francisco de Urdiñola, a pedimento de los aborígenes traídos del centro del país, impuso el nombre de San Esteban de la Nueva Tlaxcala al nuevo poblado por la advocación que tenían del primer Santo Patrono, al poniente de lo que ahora conocemos como la calle Allende.

La vida de los colonizadores españoles y portugueses transcurría llena de sobresaltos, debido a los continuos ataques de los bárbaros que habitaron en las diferentes regiones de los nuevos asentamientos. Los aborígenes sembraban el pánico y la incertidumbre, lo que propiciaba que las fundaciones de villas y minerales no prosperaran. El gobernador de la Nueva Vizcaya, general Rodrigo Río de la Loza, haciendo eco de los colonizadores, elevó sus quejas al virrey Antonio de Mendoza II. Las noticias que llegaban del norte eran preocupantes, las múltiples fechorías y los sangrientos enfrentamientos entre los conquistadores y los naturales, hicieron a las autoridades de la Nueva España tomar una medida eficaz ante el conflicto. El Virrey de Mendoza emitió una capitulación, solicitando la participación de 400 familias tlaxcaltecas para pacificar y controlar el problema, en la villa de Santiago del Saltillo.

Conducidos por el general Agustín de Villavicencio, en 109 carretas hicieron el viaje de más de mil kilómetros desde la República de Tlaxcala rumbo al norte, acompañados por Rodrigo Muñoz, Diego Gentil, Rodrigo García y Juan Bernal. Los tlaxcaltecas llevaban consigo utensilios de cocina, aperos de labranza y herramientas de los distintos oficios que desarrollaban en su tierra natal, así como semillas y árboles frutales. La marcha desde la capital tlaxcalteca se inició el 6 de julio de 1591, en una larga, fatigosa y fructífera caravana, que tardó varios meses para llegar a lo que ahora se conoce como Saltillo. Ellos se decían venir de Tizatlán, poblado del estado de Tlaxcala y descendientes directos de Xicoténcatl.

El segundo domingo de septiembre de 1591, por instrucciones del general Río de Loza, Urdiñola hace el deslinde de los terrenos que se tenían reservados para los nuevos pobladores del valle. Con su cargo de teniente de la gobernación del poblado, Urdiñola otorgó las primeras mercedes para la construcción de la iglesia, la casa parroquial, el convento y el panteón; luego se dotó de terrenos para huertas y casas a 71 indios casados y 16 solteros al poniente de Saltillo, donde precisamente los salvajes naturales, identificados como los borrados, por las pinturas amarillentas que utilizaban en sus caras, reclamaban como suyas las tierras de las cuales se posesionaron los colonizadores europeos.

Los tlaxcaltecas nombraron a San Buenaventura de Paz, descendiente directo de Xicoténcatl, como su principal autoridad, quien procedió a la distribución de las superficies.

La llegada de los tlaxcaltecas al valle, con habilidades tan notables como la agricultura y las artesanías, principalmente telares, tuvieron gran influjo en la vida de Saltillo. Su capacidad de trabajo en las labores de labranza fue incuestionable, a la vez que fueron creando el campo propicio para el pastoreo de ganado. La agricultura tan denominada por ellos contribuyó a la economía de los dos poblados, por la calidad y cantidad de su producción. E incitó a los indios salvajes a sumarse a la labor productiva, que  terminaron cediendo terreno a los colonizadores.

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