Aunque usted no lo crea, Saltillo no hace mucho tiempo era casi casi ideal para vivir mejor, envidiada por muchos, sobre todo los regiomontanos, que solían venir los domingos a refrescarse bajo la fronda de los centenarios árboles de la Alameda, otros hacían día de campo en los alrededores de la ciudad.
Éramos poco menos de 100 mil habitantes, temperatura media anual de 17.5 grados centígrados, lluvia media anual de 300 a 400 milímetros, puntuales en abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre y octubre, escasas en el resto del año.
Se podría transitar a pie libremente por nuestras calles sin el temor de ser atropellado por un veloz automóvil o una motocicleta, de los que abundan ahora en nuestra otrora pacifica ciudad.
El expresidente Luis Echeverría le dijo en una visita a Saltillo al gobernador Óscar Flores Tapia, “qué bonita ciudad, no permitas que crezca más, así de este tamaño es ideal!
Con la euforia que da el puesto público, el exgobernante entendió al revés, ¿para bien o para mal? ¿Usted qué cree?
No estoy hablando de una historia fabulosa. Aunque usted no lo crea, me refiero a un Saltillo tan diferente al actual, donde aún presumíamos de conocernos casi todos, y me aferro tanto al pasado que a veces dudo de su existencia. Pero no, el Saltillo al que me refiero existió, y como decían los antiguos comarcanos de esta villa “ha llovido mucho”, para referirse a un tiempo lejano, si mucho ha llovido, o ha dejado de llover en nuestro otrora querido solar, del cual solo quedan rastros, se los ha tragado el pavimento, la modernidad y el calentamiento global.
Hay quienes difieren mucho conmigo, pues dicen que vivir en el ayer es vivir en el error, pues “será el sereno”, pero yo sigo evocando aquella ciudad de la década de los 60.
Ahora se descompuso todo, hasta el enorme “minisplit”, el eficaz y funcional aparato natural, que poseía la ciudad para otorgarnos un buen clima a los habitantes de este valle.
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