Por: Irene Spigno
Cuando era niña, solía pasar las tardes de verano jugando con mis primos. Nos entreteníamos mucho jugando juegos de mesa. Uno de nuestros favoritos era Risk.
Para quien no lo conoce, Risk es un juego de estrategia, diplomacia, conflicto y conquista para hasta seis jugadores.
Existen distintas versiones del juego, pero la versión estándar se juega en un tablero que representa un mapa político del mundo, dividido en cuarenta y dos territorios, que se agrupan en seis continentes.
Cada jugador controla ejércitos de piezas de juego (pequeños tanques de guerra de distintos colores y banderas pequeñas) y se rotan con las que intentan capturar territorios de otros jugadores. Los resultados de los ataques y las defensas son determinados por dados. También es posible formar y disolver alianzas durante el transcurso del juego. Cada jugador tiene un objetivo específico que puede consistir en ocupar un cierto numero de territorios o todos los territorios del tablero o destruir algún jugador en específico. El juego puede ser largo y puede requerir de varias horas o hasta días para terminar.
El pasado jueves 24 de febrero de 2022, el mundo amaneció con la triste noticia de que Rusia había empezado un ataque militar en contra de Ucrania. Se tenía el miedo de que esto iba a pasar, pero todas y todos esperábamos equivocarnos. Crónica de una guerra anunciada, el ataque ruso es el último acto de una crisis empezada ya desde el 2013.
Ese año Ucrania fue el teatro de la así llamada Revolución de la Dignidad (o Euromaidán), una serie de manifestaciones de índole europeísta y nacionalista que llevaron al derrocamiento del presidente electo prorruso Víktor Yanukóvich. La respuesta rusa no se hizo esperar, concentrándose en particular en dos áreas – Crimea y parte de Donbás, internacionalmente reconocidas como parte de Ucrania. La respuesta armada rusa consiguió anexar a Crimea, generar una guerra en Donbas (todavía presente), y varios incidentes navales, ataques cibernéticos y tensiones políticas.
Aunque estemos muy lejos de los territorios en conflicto, el último ataque ruso a Ucrania nos preocupa mucho. En primer lugar, por la amplia disponibilidad de armas químicas y nucleares en los conflictos más recientes.
En segundo lugar, se trata de un conflicto cuyas posibles consecuencias pueden reflejarse a escala mundial. Muchas personas ya están hablando de una posible tercera guerra mundial. En la memoria colectiva europea los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, aunque hayan pasado casi ochenta años, siguen siendo demasiado vividos, y se encuentran demasiado presentes. Parece que el siglo 20 es un siglo sin fin, con sus conflictos, sus violaciones graves a derechos humanos, y las pérdidas de miles, millones, de vidas.
En tercer lugar, Rusia y Ucrania no están jugando Risk. Aunque parezca a veces que se tomen decisiones simplemente tirando dados, en el tablero de Ucrania no hay solo ejércitos de piezas de juego, sino personas. Mujeres, niñas, niños y adolescentes, personas mayores, personas con alguna discapacidad; vidas humanas. Hay madres y padres, hermanas y hermanos, hijas e hijos, esposas y esposos, familiares, amigos, vecinos. Hay seres humanos que, independientemente de su etnia, conciencia, idioma o sexo tienen el derecho intrínseco a vivir en paz. El derecho a la paz es un derecho humano de cada uno de nosotros, internacionalmente reconocido y permanentemente violado, lo que demuestra todavía la fragilidad de los mecanismos internacionales de resolución de controversias. Frente a esta fragilidad, ¿de verdad necesitábamos otra guerra?
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