Son tiempos difíciles para nuestra sociedad. Quizás ya no estamos en las mismas condiciones de hace varios siglos, cuando los seres humanos corrían todos los días el peligro de ser atacados por animales salvajes (que lo hacen solamente por instinto de sobrevivencia y no por maldad). Sin embargo, todavía, en el siglo 21, todas las personas estamos permanentemente expuestos a contextos y situaciones peligrosas. La vida se nos puede ir de las manos en cualquier momento. Un accidente vial, una caída en la regadera o desde la escalera de nuestra casa, un infarto, o miles de otras situaciones nos pueden robar lo más precioso que tenemos: nuestras vidas.
Solemos vivir pensando que somos eternos, procrastinando y dejando para mañana lo que podríamos hacer hoy. Existe un famoso dicho que dice: “vive cada día como si fuera el último. Algún día acertarás”. Esto es muy cierto y es también muy cierto que solemos olvidarlo, tan ocupados que estamos en correr detrás de miles de cosas, la gran mayoría de las que no tienen una gran importancia y solamente satisfacen las bramas del ego. Nos dan una satisfacción momentánea y una vez que la conseguimos, continuamos con la misma inquietud para intentar llenar superficialmente un vacío que, en realidad, tiene raíces mucho más profundas.
Es mucho más fácil correr hacía fuera, pelearnos con los demás, y desgastarnos, más que buscar las causas reales de lo que nos hace infelices. La causa está dentro de nosotros. Ya lo escribí hace un par de semanas. Estar con nosotros, escucharnos, buscar dentro de las olas agitadas de nuestro corazón es lo más difícil. Aprender a surfear esas olas no es nada fácil. Se requiere mucho ejercicio, disciplina y trabajo constante. Y no, no tenemos tiempo para esto.
Pero, mientras tanto, nos movemos por el mundo infelices y dañando a las personas que tenemos cerca y que nos aman y que tienen como única culpa el querer apoyarnos y ayudarnos. Quizás son personas que ya pasaron por allí, que ya sufrieron y que decidieron tomar en sus manos las riendas de su propia vida. Decidieron asumir la responsabilidad de cambiar, sanar sus propias heridas y transformar su vida.
Todas las personas con la que nos encontramos en nuestras vidas son nuestras maestras y nuestros maestros. Las y los maestros no son solamente quienes imparten clase en un salón universitario; sino que también son las que son un modelo para sus alumnas y alumnos, pero también para las demás personas. Son aquellas que con sus comportamientos y palabras inspiran.
Encontramos a estas personas todos los días y el universo o el destino o como queramos llamarle a aquella entidad superior en la que cada uno de nosotros cree, nos manda a las personas que necesitamos en nuestras vidas para poder aprender algo.
Como en la escuela, también en la vida, existen buenas y malas alumnas y alumnos. Como en la escuela, también en la vida, si no aprendemos una lección o una materia, tenemos que repetir el examen porque nos reprueban. Es el karma. En la vida, a diferencia de la escuela, no hay malos maestros. Todos son buenos, porque todos nos dan un gran aprendizaje de la mejor manera. Aunque muchas veces no nos guste o duela, pero es seguramente la única manera para que aprendamos. Y la finalidad de este aprendizaje es ser más felices y mejores personas.
Nosotros decidimos si queremos aprender o no, y así repetir la lección. Es solamente nuestra responsabilidad decidir cambiar, sanar y aprender, y cada uno de nosotros siente cuando está listo para hacerlo.
Por más que nos pueda doler ver alguien repetir los mismos patrones de comportamiento que le generan mucho dolor y que lo alejan de la paz interior, nadie puede hacer algo para que esa persona cambie. Es una decisión propia. Y también se vale decidir estar en una situación de sufrimiento porque es a lo que estamos acostumbrados. Hay muchas personas que perciben peligro en el momento en que están en situaciones o con personas que les hacen bien. Cambiar da miedo. Y no, no podemos ayudar a alguien que no quiere ser ayudado y que, en el fondo, no quiere cambiar. Cada persona tiene su momento. Los demás solo pueden tratar de vivir su vida con tranquilidad y paz mental e inspirar a través de sus acciones y palabras.
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