A partir de los años setentas, prácticamente Saltillo soltó sus amarras; la ciudad se desbordó de sus límites naturales y lo que era la lejana Colonia República quedó en el Centro de una nueva mancha urbana.
A mediados de esa década, la política de planeación económica nacional benefició a la capital coahuilense; se le ubicó como de mediano tamaño y se le diseñó imaginariamente para la industrialización. Era el Gobierno del presidente Luis Echeverría quien hacía esfuerzos por balancear las inversiones y ya no saturar más a aquellas poblaciones en donde el crecimiento comenzaba a convertirse en un problema.
Una serie de improvisadas vialidades comenzaban a cambiar el rostro y el cuerpo de la antigua ciudad aletargada que retrataba el poeta saltillense Jesús Flores Aguirre. Y nos llenamos de autos y de motocicletas. Los accidentes trágicos a diario, son el reflejo de la modernidad.
Muchos de nosotros, no hemos asimilados los cambios urbanísticos y fabriles. El propio presidente Echeverría dijo en el hotel Camino Real, ante un grupo de empresarios y políticos locales, que por favor no dejaran que Saltillo creciera más urbanísticamente, que así la dejaran de ese tamaño, pero industriales y políticos lo entendieron al revés.
Los cambios que ha sufrido la ciudad desde su incursión a la era industrial automotriz, para algunos saltillenses, no han sido los adecuados del todo y seguimos añorando al Saltillo tradicional de nuestra niñez y juventud. Quienes no tuvimos que abandonar el terruño para significar en esta vida, estamos conscientes que esto irremediablemente no tiene reversa y que, si nos apegamos a las normas antiguas, provoca fricciones y conflictos, en una urbe que casi rebasa al millón de habitantes. La presencia de nuevos actores sociales en el escenario saltillense, una de las novedades de la modernidad, provoca suspicacia entre los auténticos lugareños, lo que lógicamente nos obliga a rediseñar nuestras actitudes, aunque los hijos nuestros que nacieron con la modernidad de la ciudad se han adaptado a ella perfectamente.
Saltillo se convirtió en una compleja ciudad y si no se hubieran construidos los puentes y “modernizado” el periférico, en el Gobierno de Humberto Moreira, y creado nuevas obras de vialidad, sin descuidar la construcción de sistemas de agua, drenaje, electrificación y pavimentación de las colonias periféricas que ensancharon el aro urbano de la antigua provincia, quién sabe qué hubiera pasado. Además, no se puede gobernar en un gran núcleo industrial reputado como el primer exportador de la república mexicana, pues definitivamente no podemos actuar como si las armadoras de automóviles no estuvieran aquí; bueno, hasta la actitud protagónica de aquellos famosos sindicatos “cetemistas”, muy provocadores de huelga por los míseros salarios que ganaban nuestros abuelos, han cambiado de actitud y borrado de su memoria la palabra “huelga”, pues ahuyentamos al gigante automotriz y con él a las maquiladoras satélites que dan ocupación a varias decenas de miles de trabajadores en la Región Sureste de Coahuila.
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