Cuando Andrés Manuel López Obrador estaba en campaña para la Presidencia en 2018, solía decir que en su gobierno la economía mexicana crecería al 4% cada año. Luego, se atrevió a anunciar que crecería a un 6% al término de su mandato. Con las elecciones del próximo 6 de junio, se acerca la mitad del sexenio obradorista y los números, más allá de la pandemia, auguran un resultado económico preocupante, lejano a sus promesas electorales.
México es uno de los países en la región que tiene un índice más alto de crecimiento de su población. Al tiempo que crece la población, debería crecer también el Producto Interno Bruto (PIB), que mide la actividad económica; la cantidad de dinero en las manos de cada persona. Este PIB había caído con la crisis económica de 2009, se recuperó poco a poco durante una década, cayó de nuevo en 2019 y se estrelló en 2020, el año de la pandemia.
“Fue la pandemia”, dicen quienes defienden al gobierno. Sin embargo, otros expertos aseguran que hay que fijarse en cómo la falta actual de inversión privada y desde el gobierno ha estancado el crecimiento. Quienes defienden al gobierno afirman que se invierte en proyectos “estratégicos” -el Tren Maya, el aeropuerto de Santa Lucía, la refinería de Dos Bocas-, y el dinero llega a los más necesitados, vía los programas sociales.
El problema con esta lógica es que, por una parte, se invierte en proyectos cuestionados, cuyo resultado demorará mucho tiempo en reflejarse en la economía. Por otra parte, los programas sociales se están entregando sin certeza de quiénes son los beneficiarios, porque no queda claro cómo se realizó el Censo de Bienestar.
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