Todas las personas, de alguna u otra manera, somos únicas. No hay un individuo igual al otro y cada uno de nosotros posee virtudes, talentos y defectos propios.
Hace unos días vi una película italiana cuya protagonista tenía una autoestima muy baja. Quería sentirse atractiva, pero consideraba que su apariencia no era suficiente para que las demás personas, y en particular los hombres, la valoraran como tal.
Además, se desempeñaba como “ghost writer”, y escribía libros que se publicaban bajo el nombre de otra persona. Tenía un gran talento, pero ella misma sentía no tener la capacidad para poder ocupar un espacio distinto al que tenía.
Tampoco se sentía valorada en su familia, al creer que la hija favorita de su madre era su hermana por haber formado una familia, mientras ella seguía soltera.
En realidad, era ella misma quien no se estaba dando su justo valor; se percibía como una persona ordinaria, lejos de ser especial.
Todas las personas necesitamos sentirnos valoradas: así lo requiere nuestro bienestar emocional. Es la medicina para alcanzar una profunda satisfacción personal y una salud mental sólida.
Al mismo tiempo, permite que nuestras relaciones sean sanas y no se construyan desde la carencia o el ego.
En algunos casos, esto puede traducirse en la irrefrenable necesidad de “ser alguien importante”, sin importar lo que implique.
A veces esto podría llevarnos a construir personajes que no corresponden a nuestra esencia para encajar en estándares definidos y validados por cánones sociales.
Esto es aún más evidente hoy, en la era de las redes sociales, donde seleccionamos minuciosamente el material que publicamos para proyectar nuestra mejor imagen. Pero no siempre hay una esencia real detrás de esa pantalla.
Fuera de estos casos, donde el ego juega el papel de protagonista, reconocer el valor de cada persona es fundamental.
Sin embargo, antes de exigir que las y los demás nos valoren y nos hagan sentir especiales, tendríamos que preguntarnos: ¿Qué estoy haciendo yo para valorarme? ¿Me quiero? ¿O pienso que solo valdrá la pena quererme cuándo tenga un trabajo prestigioso, gane mucho dinero o posea un carro de lujo? ¿O quizás cuando alcance mi forma física ideal o esté en una relación de pareja?
Quizás hoy sea un buen momento para empezar a valorarte, querida persona lectora: aceptándote tal como eres y agradeciéndote por todo lo que ya haces, por cada reto y obstáculo que enfrentas y superas cotidianamente.
Seguramente habrá algo que quieras cambiar, y valorarte también te ayudará a no perder de vista tu objetivo. Hazlo con compromiso y disciplina. Lima aquellos detalles de ti o de tu vida que ya no te funcionan.
Pero también me gustaría invitarte a reflexionar sobre otro punto: muchas veces nos quejamos de que no nos valoran ni nos hacen sentir especiales. Y tú, ¿qué tanto haces para valorar a las personas que están a tu alrededor?
¿Cuántas veces abrazas a tu madre o a tu padre sin una razón aparente o le dices “te quiero”? ¿Qué tan seguido buscas a tus amistades, aunque sea solo con un mensaje para agradecerles que están en tu vida?
¿Cuántas veces organizas un plan incluyendo a tus amistades para que se sentían especiales y apreciadas?
¿Con qué frecuencia felicitas a tus colegas por sus logros o dedicas un momento de tu día para sorprender aquella persona que es importante en tu corazón?
Quizás no hagas ninguna de estas cosas, sea por indiferencia o porque te has conformado con la inercia de relaciones superficiales donde está bien no valorar a las demás personas, o porque el miedo al fracaso te bloquea.
Pero ¿sabes qué? Valorarnos, y valorar a las y los demás, con amor, respeto y aprecio es uno de los regalos más grandes que podemos ofrecer: sentirnos y hacer sentir a otras personas especiales es lo que les da verdadero sentido a nuestras vidas.
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