Una de las más grandes revoluciones en materia de derechos humanos surge de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial. A raíz de las monstruosidades que este conflicto generó, especialmente en lo que se refiere al genocidio llevado a cabo por los nazis y sus aliados, no solamente en contra de las personas judías, sino que de todas aquellas personas consideradas “inferiores”, la comunidad internacional adquirió consciencia de que atrocidades tan graves no se podían volver a repetir.
El grito “Nunca más” se levantó desde distintas partes del mundo y generó, a través de una verdadera revolución copernicana, un importante cambio de paradigma en la concepción de la persona humana frente al derecho.
El ser humano deja de ser un simple objeto de la reglamentación jurídica, para convertirse en el actor principal, en el sujeto del derecho y, más importante aún, en el gran protagonista de los derechos humanos. Nos convertimos, en cuanto personas, en el centro de las relaciones jurídicas.
No es un cambio de poca relevancia. Es una verdadera transformación. Sin embargo, muchas veces se nos olvida o no entendemos a cabalidad sus consecuencias e implicaciones. Y no solo en el mundo jurídico, sino que – y peor aún – en nuestras relaciones humanas, personales, profesionales y sociales.
Desde el punto de vista físico-espacial, ser el centro significa también “estar en el centro”, con todas las otras cosas que se mueven a nuestro alrededor, complementándonos. Los derechos humanos giran a nuestro alrededor y nos complementan. No podríamos ser quienes somos sin tener una vida digna, libertad de movimiento y de expresión, sin educación, trabajo o vivienda. Obviamente, ser el centro lleva consigo toda una serie de responsabilidades para que podamos ejercer nuestros más básicos derechos humanos de manera comprometida y solidaria y para que tengamos el mayor goce y disfrute de éstos, garantizando al mismo tiempo los derechos y las libertades de los demás.
¿Les suena familiar todo esto? Ojalá que sí. Nos debería parecer familiar ya que es exactamente la misma dinámica que deberíamos aplicar en nuestras vidas cotidianas y en nuestras relaciones. Pero, no solamente en las relaciones con los demás, sino que – primero que nada – en la relación con nosotros mismos.
La relación con nosotros mismos es la más importante de las relaciones que vamos a tener en nuestras vidas y al mismo tiempo la menos cuidada. Nos importa más encajar en una cierta sociedad, gustarle a un hombre o a una mujer, complacer a nuestras familias y amistades y no nos preocupamos de encajar con nosotros mismos, de gustarnos o complacernos a nosotros primero. Nos damos por sentados, porque sabemos que allí estamos.
Como muchas veces nos dan por sentados nuestras parejas, nuestros compañeros de trabajo, nuestras familias y amistades. Normalmente cuando tenemos que esforzarnos para encajar en algún espacio es porque no es nuestra medida. Y, aun así, para cumplir con ciertos estándares sociales o por miedo a quedarnos solos, tratamos de encajar a fuerza.
Y en estos intentos ya nos perdimos. Perdimos nuestra esencia, nuestra identidad, nuestras aspiraciones. Perdimos nuestro centro. Y en lugar de volver a buscarlo dentro de nosotros, lo buscamos afuera, en otros espacios y en otras personas. No asumimos la responsabilidad de ser leales con nosotros mismos. No asumimos, en las relaciones con nosotros mismos, ese compromiso que sí le exigimos al derecho (y muchas veces a las otras personas).
Seamos consistentes y responsables con nosotros mismos y con los demás y tratemos de aplicar a nuestras vidas lo mismo que exigimos al Estado.
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