Nacional
Por JC Mena Suárez
Hace 2 dias
La captura de objetivos prioritarios en sábado, no es sólo una táctica de seguridad, es un fenómeno que paraliza el consumo y vacía las calles de Coahuila. Es hora de entender que nuestra integración global nos hace receptores directos de una angustia que no conoce fronteras, ni descansos dominicales, afectando la salud y el bolsillo del ciudadano.
Los grandes eventos de impacto mundial parecen tener cita ineludible con el sábado. Ya sea el anuncio de un conflicto bélico, un cambio drástico en la política de Washington (como ocurrió el fin de semana del 28 de febrero de 2026, con la captura de un líder del narcotráfico en México), la estrategia del calendario es evidente. Se elige el momento en que las instituciones y los medios de comunicación bajan la guardia, pero el efecto en la sociedad es el opuesto: un estado de alerta total.
Observé con incredulidad la transmisión de la misa en Zapopan, Jalisco: el recinto estaba desierto. Al consultar con diversos sacerdotes, la respuesta fue una sola: el miedo. Esta parálisis no se quedó en el occidente del país. En Saltillo, a cientos de kilómetros de distancia, las calles quedaron desiertas durante dos domingos consecutivos. El comercio reportó ventas nulas y la angustia se apoderó del ánimo público, confirmando que en este mundo globalizado, lo que ocurre en una latitud hace vibrar el termómetro del miedo en la nuestra.
La fragilidad del consumo local
La seguridad no es sólo un tema de orden público, es el motor de la economía. En Saltillo, donde el comercio minorista depende del flujo peatonal de fin de semana, la percepción de inseguridad actúa como un arancel invisible. Según estimaciones de la Canaco local, un fin de semana de “calles vacías” puede representar pérdidas de hasta 80% en el sector servicios y restaurantero.
Globalización de la crisis
Muchos ciudadanos aún no comprenden la profundidad de nuestra interconectividad. Lo que hace 20 años predije como una globalización que nos convertiría en “caricaturas” de eventos externos, hoy es una realidad tangible. Un operativo federal en Jalisco impacta el PIB de Coahuila en menos de 24 horas porque el miedo viaja más rápido que las mercancías. La angustia colectiva es hoy un fenómeno macroeconómico que ningún modelo financiero ha logrado mitigar satisfactoriamente.
La interconectividad que define nuestra era ha transformado radicalmente la manera en que percibimos la realidad social y económica. Lo que antes era un evento focalizado, hoy se convierte en una onda expansiva que no respeta límites geográficos ni horarios de oficina. Hace dos décadas, cuando el término globalización comenzaba a dominar el discurso público, advertí que este proceso terminaría por diluir nuestras defensas locales, transformándonos en meros reflejos, casi caricaturas, de las crisis externas. Hoy, al ver los comercios cerrados en el centro de Saltillo tras una noticia generada en otra entidad, esa advertencia cobra un sentido dolorosamente vigente para todos nosotros.
El fenómeno de los “eventos de sábado” responde a una lógica de control de narrativa. Al ejecutar capturas o anuncios bélicos durante el fin de semana, los estados buscan reducir la fricción política y la respuesta institucional inmediata. Sin embargo, para el ciudadano de a pie, el efecto es devastador. La incertidumbre se instala en el hogar precisamente cuando el consumo debería reactivarse. En Saltillo, una ciudad que ha luchado por mantener índices de seguridad envidiables frente al resto del país, este contagio emocional es particularmente dañino. La economía local se basa en la confianza; sin ella, la capital se esconde y las calles se vuelven ecos de una angustia que afecta directamente al organismo humano.
La medicina moderna ha documentado extensamente cómo el estrés crónico y la incertidumbre elevan los niveles de cortisol, causando estragos en el sistema inmunológico y cadiovascular.. No es exagerado afirmar que la parálisis comercial del domingo tiene un correlato en la salud pública de los saltillenses. Cuando la gente tiene miedo de salir a misa y a comprar el diario, el tejido social se desgarra. Las ventas en cero que reportan los locatarios no son sólo números rojos en una libreta de contabilidad, sino el síntoma de una sociedad que se siente desprotegida ante la imprevisibilidad del entorno global. La gente experimenta una fatiga emocional que termina por inhibir cualquier deseo de inversión o gasto recreativo.
Es necesario contrastar esta situación con casos internacionales para entender su magnitud. En ciudades europeas que han enfrentado amenazas similares, la resiliencia económica se construye a través de la transparencia informativa y el fortalecimiento de la seguridad comunitaria. En México, por el contrario, parecemos atrapados en un ciclo donde la información oficial llega tarde y los rumores de las redes sociales llenan los vacíos, alimentando el pánico. La globalización nos ha dado herramientas tecnológicas increíbles, pero también nos ha dejado vulnerables a una viralización del terror que paraliza la oferta y la demanda de manera fulminante.
Para solucionar este estancamiento, la propuesta debe ser multidimensional. No basta con operativos de seguridad, se requiere una estrategia de comunicación gubernamental que brinde certeza inmediata para evitar el vacío que hoy vemos en las calles. Las cámaras de comercio y los líderes sociales deben trabajar en protocolos de “resiliencia comercial” que permitan a los negocios operar con seguridad percibida incluso en los momentos de tensión nacional. Saltillo no puede permitirse ser una víctima colateral de eventos externos cada vez que un sábado decida vestirse de noticia. La soberanía emocional de la ciudad es el primer paso para recuperar la soberanía económica que hoy se nos escapa entre las manos.
En conclusión, lo que estamos viviendo es la manifestación más cruda de una globalización que olvidó el factor humano. Las capturas estratégicas y los movimientos de poder seguirán ocurriendo, pero no podemos permitir que el costo sea el vaciamiento de nuestras plazas públicas y el colapso de nuestras pequeñas empresas locales. La reactivación de Saltillo depende de nuestra capacidad para desconectar el miedo global de la realidad local, exigiendo a las autoridades que la seguridad sea una constante y no una variable dependiente del calendario mediático. Sólo así dejaremos de ser caricaturas de una tragedia ajena y volveremos a ser dueños de nuestra propia tranquilidad dominical.
El ciclo de incertidumbre que hoy nos mantiene encerrados debe romperse con una visión clara de comunidad. No podemos resignarnos a que cada sábado de noticias sea un domingo de pérdidas económicas y afectación biológica. Nuestra postura es firme: se requiere una coordinación estatal y federal que no sólo capture delincuentes, sino que proteja la estabilidad sicológica del mercado. Si no actuamos para blindar la confianza del consumidor en Saltillo, seguiremos siendo esclavos de una agenda que se escribe lejos de aquí, pero que nos cobra la factura más cara aquí. Recuperar la calle es el único camino hacia la libertad económica.
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