Coahuila
Por María José César
Hace 3 dias
¿Cuántas veces hemos seguido cargando con algo que nos duele, aun sabiendo que nos está robando la tranquilidad o la paz? A veces, nos aferramos a personas, recuerdos, palabras y situaciones que pertenecen al pasado, con la esperanza de que algún día todo tenga sentido o sea diferente. Sin darnos cuenta, dejamos de vivir el presente por seguir atados a lo que ya no podemos cambiar.
Soltar no es olvidar, dejar de amar ni fingir que nada pasó. Soltar es aceptar que algo nos dolió, reconocer lo que nos enseñó, lo que aprendimos y decidir que ya no queremos seguir sufriendo y cargando con eso. Es comprender que no todas las personas se quedarán en nuestra vida, que no siempre recibiremos las disculpas que merecemos y que, en ocasiones, tendremos que cerrar ciclos sin obtener todas las respuestas.
Uno de los mayores obstáculos para avanzar es creer que dejar ir significa perder. Sin embargo, también perdemos cuando permanecemos en lugares donde no somos felices, cuando nos estacionamos en ese lugar donde ya no resonamos, cuando insistimos en relaciones que nos lastiman o cuando permitimos que los errores del pasado definan nuestro presente y nuestra actitud. Aferrarnos a lo que nos hace daño no cambia nuestra historia; solamente prolonga nuestro sufrimiento y nos ata a eso. Una línea delgada que nos une y no nos permite avanzar.
Aprender a soltar requiere valentía. Significa poner límites, dejar de buscar aprobación donde no la encontramos y comprender que nuestra paz emocional también merece ser una prioridad. No se trata de sanar de un día para otro, sino de avanzar poco a poco, con paciencia, aceptando que hay heridas que necesitan tiempo y que cada persona tiene su propio proceso. Siempre lo platico como una cicatriz, que va sanando y se va recuperando con el tiempo.
También es importante recordar que no podemos controlar lo que otros hacen o sienten, pero sí podemos decidir qué lugar ocupan en nuestra vida. A veces, no necesitamos que alguien cambie, que regrese o que reconozca sus errores para comenzar a sanar. Necesitamos dejar de esperar que el pasado nos dé aquello que el presente todavía puede ofrecernos. Tomar ese presente y aferrarnos a lo bonito, a lo que nos conecta, a lo que aprendemos.
La vida está llena de despedidas, cambios y nuevos comienzos. Cada etapa, incluso las más dolorosas, puede enseñarnos a conocernos mejor, a valorar lo que nos da tranquilidad y a reconocer lo que verdaderamente merecemos.
Soltar no es rendirse; es elegirnos. Es entender que nuestra historia merece ser recordada, pero no vivida una y otra vez. Es dejar de mirar hacia atrás con la esperanza de cambiar lo que ocurrió y comenzar a mirar hacia adelante con la posibilidad de construir algo diferente.
Porque, al final, sanar no significa que nada nos haya dolido, sino que el dolor ya no tiene el poder de detenernos. Y quizá esa sea una de las mayores lecciones de la vida: a veces, para recuperar nuestra paz, primero debemos tener el valor de dejar ir aquello que nos la quitó.
Sin querer ganar, sin querer tener la razón, sino ganar la paz de hacernos cargo de lo que está en nuestras manos y darle vuelta a la página a eso que no nos suma.
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