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Coahuila

Son leoninos

Por Guillermo Robles Ramírez

Hace 4 semanas

Los economistas, analistas y observadores de las tormentas económicas, como las que hemos vivido en estos tiempos de crisis persistente, e insisten en que, para capear el temporal, las instituciones crediticias deberían bajar los intereses de manera real y efectiva.

En el caso de los comerciantes, recomiendan hacer ofertas que de verdad signifiquen rebajas en los precios, no esos trucos que solo disfrazan el golpe del desembolso inmediato o una sola exibición siendo cuando más se siente en los bolsillos, y a cambio de ello ofrecen a meses sin intereses que al final suman más deuda, o descuentos en “monedero electrónico” que obligan a seguir gastando en la misma tienda sin que el ahorro llegue verdaderamente al bolsillo del consumidor.

Esas prácticas, disfrazadas de generosidad, terminan siendo un engaño sutil que mantiene atada a la gente al mismo ciclo de consumo. Así ha sido a lo largo de la historia reciente en México y en muchas partes del mundo.

Los expertos en finanzas, respaldados por la Secretaría de Hacienda y el Banco de México, suelen repetir que para salir menos golpeados de una crisis o, al menos para no agravarla, conviene reducir las tasas de interés que se pagan a los ahorradores, a esos ciudadanos que depositan su dinero y lo dejan “sudar” en busca de un rendimiento decente.

Sin embargo, los mismos conocedores advierten que cuando la inflación sube, las tasas para los ahorradores también tienden a elevarse, como una especie de mecanismo automático de defensa.

Veamos algunos ejemplos concretos de cómo se ha movido esto en el pasado y en años más recientes. Allá por mayo de 2007, la inflación en México rondaba el 3.95%, y la tasa de interés (en CETES a 28 días, que es la referencia más común) estaba en 7.70%. Para noviembre de 2008, la inflación apenas bajó un poquito, a 3.93%, pero los réditos subieron ligeramente a 7.93%. De noviembre de 2007 a mayo de 2008, la tasa se mantuvo en ese 7.93%, aunque no duró mucho tiempo sin ajustes.

El punto es que, históricamente, el Banco de México ha respondido a la inflación ajustando las tasas para proteger el valor del dinero. En los últimos tres años, la inflación ha mostrado un comportamiento más moderado después de los picos post-pandemia. En 2023 la inflación anual cerró alrededor del 4.66%, en 2024 bajó a 4.21%, y para todo 2025 se ubicó en 3.69% anual, según los datos finales del INEGI, un nivel más bajo de lo esperado y el más bajo desde 2020. Esto refleja un enfriamiento gradual de los precios, aunque todavía por encima de la meta del Banco de México (alrededor del 3%).

En paralelo, las tasas de interés de referencia (CETES a 28 días) han ido descendiendo desde niveles más altos. Actualmente rondan el 6.95% a 7.10% aproximadamente, un ajuste que busca estimular la economía sin desatar nuevamente la espiral inflacionaria.

Pero el verdadero drama, según muchos analistas, no está tanto en las tasas que se pagan a los ahorradores, que por cierto siguen siendo modestas, alrededor del 7% anual en promedio para instrumentos seguros, más no obstante en las tasas abusivas que cobran las tarjetas de crédito y otros créditos al consumo. Y es ahí donde las cosas se ponen inhumanas y, francamente, crueles.

Hay instituciones que aplican intereses que superan fácilmente el 30%, 40% o incluso más al año, sumando comisiones, seguros y todo tipo de cargos ocultos. Mientras al que ahorra le dan un 7% o menos, dependiendo del instrumento, y lo irónico de todo es que los bancos prestan ese mismo dinero, es decir, de los ahorradores, que en realidad proviene de los depósitos de la gente, y cobrando hasta cuatro o cinco veces más.

Es un “negocio leonino”, voraz, donde el banco no arriesga su propio capital, sino el de los depositantes, y se queda con la mayor tajada. Por eso no es raro que a los banqueros se les llame, con cierta sorna y mucha razón, “los hijos de Víctor Hugo”, aludiendo a esa novela inmortal, Los Miserables, donde la miseria y la explotación van de la mano. Es una comparación dura, pero ilustra bien el sentir de mucha gente que ve cómo el dinero de plástico se convierte en una trampa para las familias.

Para millones de hogares mexicanos, las tarjetas de crédito ya no son una herramienta útil, sino una carga que genera más deuda que alivio, especialmente cuando las “promociones” de meses sin intereses terminan convirtiéndose en pagos eternos con intereses acumulados.

Sería sano, justo y necesario que el Banco de México ejerciera su autoridad para obligar a las instituciones crediticias a bajar de verdad esos intereses exorbitantes, sin caer en demagogia ni en anuncios publicitarios vacíos.

No se trata de campañas de imagen, sino de medidas reales que alivien la presión sobre las familias y los pequeños comerciantes. Porque mientras el dinero de plástico siga siendo una fuente de sufrimiento en lugar de apoyo, la crisis económica no se supera del todo; solo se traslada del bolsillo de los banqueros al de la gente común. Y eso, a la larga, no beneficia a nadie, ni siquiera a los propios bancos que dependen de una economía saludable y de consumidores que puedan seguir comprando sin ahogarse en deudas. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org

 

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