El gobernador Miguel Riquelme no habría podido armar a su gusto el tablero sucesorio, ni mejorado la posición de sus alfiles, sin las seis diputaciones de Torreón, San Pedro y Matamoros. Ingresar al Congreso por la puerta trasera significa un contratiempo para cualquier aspirante a la Gubernatura, aun con el apoyo de su aliado político.
Frente a una eventual derrota con el panista Fernando Izaguirre, Eduardo Olmos tenía una red de protección: segundo lugar en la lista de candidatos plurinominales. No hizo falta, pues el exalcalde lagunero ganó con más del 53% de los votos.
El tándem Riquelme-Olmos se formó en la burbuja del exsecretario de Gobierno Raúl Sifuentes desde la elección de Enrique Martínez. La mayor parte del grupo fue asimilado por Rubén Moreira e integrado a la campaña de su hermano Humberto Moreira.
Riquelme dependía de Olmos, a quien le correspondía ser primero Alcalde de Torreón. El PRI lo postuló en 2005, pero el panista José Ángel Pérez cambió la historia. Previamente, Olmos y Riquelme habían perdido como candidatos a diputados locales en procesos separados.
Humberto Moreira rescató a Olmos y lo nombró secretario de Obras Públicas. Para recuperar Torreón, creó exprofeso la Subsecretaría de Desarrollo Regional en La Laguna, cuyos operadores fueron Olmos y Riquelme; el primero volvió a ser candidato en 2008 y recuperó la Alcaldía tras vencer al panista Jesús de León.
El sucesor de Olmos fue… Riquelme, quien antes ocupó la Secretaría de Gobierno con Rubén Moreira y una diputación federal. Olmos estuvo tres años en la congeladora, pero en uno de los viajes del Gobernador a China se decidió su futuro. Por lo pronto, presidirá la Junta de Gobierno de la próxima Legislatura.
El PRI –ya se ha visto– puede ganar la Gubernatura sin La Laguna, como pasó en las tres últimas elecciones, pero sin ella el riesgo de perder aumenta cada seis años. En 2017, Riquelme ganó por un margen de apenas 2.5 por ciento.
Con mayoría en el Congreso a partir del 1 de enero próximo, Riquelme ampliará su margen de maniobra para la sucesión estatal, en cuya pista corría solo el alcalde de Saltillo, Manolo Jiménez. Una vez afianzado en la Comarca Lagunera, así haya sido con el voto de la estructura partidista, el Gobernador puede equilibrar fuerzas con la capital del estado.
La oportunidad será el año entrante cuando se elijan alcaldes. De la nómina de nuevos diputados surgirán varios candidatos, algunos de ellos derrotados en 2018. Saltillo parece seguro, pero un desliz podría modificar radicalmente el escenario sucesorio en 2023.
Si los grupos políticos y los poderes fácticos ganan la apuesta por el continuismo, Morena, sin figuras de peso en el horizonte, podría nominar para la Presidencia Municipal a un disidente del PRI con experiencia, buena imagen y bien posicionado en las encuestas. Ganar la capital le permitiría al partido del presidente López Obrador no solo alterar el status quo, sino poner un pie en Palacio de Gobierno.
Para ampliar la baraja sucesoria y soltar amarras, Riquelme necesitaba un lagunero en el Congreso. Marcelo Torres Cofiño atrajo los reflectores como presidente de la Junta de Gobierno, pero es del PAN. Para el gobernador, Olmos era el indicado. Juntos recorrerán los próximos tres años, los más difíciles. La sucesión no está decidida todavía por nadie. Sin embargo, La Laguna no ha ligado dos sexenios en el Palacio de Gobierno. Saltillo ha ejercido el monopolio.
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