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Sustos y oscuros secretos de Saltillo: leyendas, tradición pura

  Por Grupo Zócalo

Publicado el domingo, 1 de noviembre del 2026 a las 03:30


Cultura y los mitos populares se mezclan en la historia de la ciudad.

Saltillo.- ¿Historias? ¿Leyendas? ¿Mitos? ¿Fábulas? ¿Cuentos? ¿Inventos? Saltillo esconde en sus templos, barrios y calles narraciones de “sustos” y, quizá, oscuros secretos escondidos bajo tierra, que se transmiten de generación en generación y que, en cierta manera, son parte de la cultura y tradición popular.

Los túneles de Saltillo

En el libro Leyendas de Saltillo, Jesús Ricardo Dávila Rodríguez escribió sobre los túneles de Saltillo, que muy pocas personas pudieron jactarse de conocer estos vericuetos subterráneos; algunas narraban la forma en que estaban construidos y la cantidad de calaveras que encontraban a cada paso.

Se creía que eran de los peones que los construyeron, asesinados para guardar el secreto para siempre.

“ Otros, sin el menor recato y bajo pena de ser excomulgados, sostienen que la única ocasión en que entraron a los túneles se encontraban cerca de la Catedral y que en unos nichos construidos en los muros se encontraban numerosos fetos, producto de relaciones pecaminosas entre monjas y calenturientos curas y sacristanes.

Encontraron la entrada en una antigua noria ubicada en la huerta de una casona de la calle Hidalgo. El túnel conectaba con el templo de San Juan Nepomuceno “llegando convenientemente al fondo de las huertas de las mansiones que, en su tiempo, sirvieron como conventos, o casas de refugio para inmaculadas doncellas”.

Otros aseguraban que los túneles conectaban con los templos de San Esteban, San Juan, Santuario de Guadalupe y la antigua capilla de Landín.

El fantasma de Landín

La colonia Landín debe su nombre a los hermanos don Juan y Domingo Landín, quienes por 1730 tenían un próspero negocio domiciliado en la calle de Allende, al sur, y ese tramo se conoció como Calle de los Landines, en honor a los hábiles comerciantes.

Procedentes de España, hicieron fama y fortuna. En 1745 Don Juan se casó con María Josefa de la Zendeja, de la alta sociedad saltillenses y tuvieron un hijo.

Don Juan construyó la hacienda La Purísima Concepción y en los terrenos construyó la pequeña capilla. Cultivaban vides, frutales y cereales, procesaban vino, curtían pieles de bovinos y caprinos. Así, los Landines contaban sus ganancias que eran muchas y variadas.

“ ¿Qué más podía pedir un pobre mortal a la vida? Pero de pronto brota en el noreste una terrible epidemia de cólera, ésta llega a Saltillo y diezma considerablemente la población. Muchos fueron los muertos y entre ellos la esposa e hijo de don Juan, quien sobrevivió al dolor y a la tragedia, se refugio en la hacienda y a diario escuchaba misa auxiliado por un fraile que con sus ruegos y oraciones hacía lo posible para que el hacendado olvidara sus penas.

Los años pasaron, las tierras y bienes fueron repartidos entre familiares y el Gobierno, la hacienda quedó en ruinas y sólo quedó en pie la capilla de la Purísima Concepción, que luego fue rehabilitada para albergar luego una biblioteca y museo.

Un sábado por la madrugada, un par de borrachines caminaban por las vías del ferrocarril y de pronto vieron la silueta de un fraile a la entrada de la iglesia; vestía de sayal gris y sostenía un Cristo crucificado en sus manos, parecía de oro y brillaba como tal, pero el fraile no tenía cabeza. Los albañiles corrieron despavoridos a sus casas.

Las apariciones continuaron y los lugareños evitaban pasar frente a la capilla al empezar a oscurecer. Un sacerdote rezó y santificó el lugar con agua bendita, pero fue en vano. Llevaron a un franciscano, pensando que como hermanos se entenderían mejor, pero nada, las apariciones fueron más frecuentes y el fantasma vagaba por afuera de la capilla y emitía un murmullo como un responso, se ofrecieron misas por el eterno descanso del alma del fraile y nada pudieron contra el fantasma.

Se construyó el periférico Luis Echeverría, lo que destruyó los cimientos de la hacienda, pero el fantasma siguió espantando a los vecinos de la colonia.

Ángel de la Guarda

Doña Andreíta era una viejecita muy popular y querida en el barrio del Andrajo; era delgada, bajita, desgarbada y caminaba con la espalda inclinada por el peso de los años y vivía de la caridad pública.

A la primera llamada a la misa de cinco de la mañana bajaba hasta el templo de San Juan Nepomuceno. Llevaba colgado al cuello un gran rosario y el pecho cubierto de medallas con un escapulario de la Orden Tercera de San Francisco. Luego acudía a la panadería de Don Domingo a comprar una pieza de pan y le envolvían dos o tres; en casa de Doña Rita compraba café y de pilón le regalaban piloncillo para endulzarlo.

De joven trabajó de sirvienta, pilmama y ama da llaves. Tenía cierta gracia, no le faltaron pretendientes, pero a todos rechazó. Los vecinos le regalaban ropa y zapatos.

Después de misa, siempre se quedaba un poco más para orar y siempre decía lo mismo:

“ Señor mío, estoy vieja y sola, no tengo ni madre, ni padre, ni hermanos, ni perro que me ladre, me da vergüenza recurrir a la caridá de las personas, toy cansada de vivir, ya recógeme, acuérdate de mí.

Lo mismo repetía durante años. El sacristán, cansado de sus monótonos ruegos le hizo una broma. Se escondió tras el altar y después de escucharla, con engolada voz le dijo:

“ Andreíta, Andreíta.

Ella respondió:

“ Quién me habla.

“Soy yo, el Angel de tu Guarda. Traigo la comisión del Señor de decirte que tus ruegos han sido escuchados y de que te prepares porque pronto mandará por ti”.

Ella, de prisa, contestó:

“ Angelito de mi Gurda, por vida tuyita, dile al Siñor que no me encontrates.

Andreíta cambió de iglesia para despistar a su Angel y dejó de pedirle a Dios que la recogiera.

La osa y el boticario

En el documento Leyendas de Saltillo se habla de una historia basada en un hecho real. Por el año 1870 se realizó un paseo campestre por el cañón de San Lorenzo, con una gran asistencia de familias. Después de la comida bajo la sombra de los árboles, cerca de uno de los manantiales, una orquesta interpretaba valses y polkas para bailar.

Un boticario reconocido en la ciudad, notable por su fealdad y tez cobriza señaló que se internaría en la sierra Zapalinamé para cazar. Al empezar a oscurecer terminó la fiesta, el boticario no regresó y varios hombres acordaron quedarse en la serranía para buscarlo.

Campesinos, leñadores expertos y conocedores de la zona realizaron expediciones por mucho tiempo sin encontrar rastros del boticario. Unos decían que, fastidiado de su esposa, decidió huir a tierras lejanas cambiándose de nombre; otros aseguran que quizá cayó en una “abra”, esos pozos que parecen no tener fondo, y hubo quienes recordaron que los osos se enamoraban de las mujeres, y que las hembras podían enamorarse de los hombres, entre más feo, mayor el enamoramiento.

Entonces, concluían que el hombre había sido raptado por una osa y lo mantenía prisionero en una cueva, en un idilio que se prolongaría hasta la muerte de ambos.

La ciudad oculta: los túneles de Saltillo

José de Jesús Dávila Aguirre refiere que cuenta la leyenda que el subsuelo de Saltillo antiguo está recorrido por una antigua red de túneles y pasillos subterráneos se comunican con las iglesias:

En el sitio cuentan con criptas en las que hay esqueletos de monjas y una gran cantidad de esqueletos de niños, producto de ilícitos amores entre religiosas y sacerdotes.

Se decía que ahí están ocultos fabulosos tesoros que, en la época de la Amortización Bienes Seculares, durante la Reforma, fueron llevados ahí por el clero para evitar que cayeran en manos impías.

En 1925, el autor recorrió un túnel de aproximadamente 100 metros; se trataba de un acueducto que conectaba con el Colegio de San Juan Nepomuceno. Otros túneles-acueductos existían en la Plaza de Armas, de unos cien metros de largo, y en los Baños de San Esteban, hoy Privada Palacios.

La dama de los tacones

Juan Marino Oyervides Aguirre recuerda que en la calle de Juárez, casi llegando al Archivo municipal, en la década de los cuarentas, en una modesta casa vivió una mujer junto a su madre de casi 90 años, que requería de muchos cuidados por la avanzado de edad.

La hija era aún joven, pero entrada en la edad de cierta madurez. El vecindario no le conocía novio, pero las habladurías de barrio aseguraban que tenía amoríos con un hombre que vivía en una casa de adobe, atrás de los terrenos del Ateneo Fuente.

Ella, todas las noches iba a visitarlo, caminaba con cierto garbo, pero lo característico era lo ruidoso de sus tacones. Las vecinas decían: “Allí van los tacones”.

Sus salidas nocturnas frecuentes contrariaban mucho a la madre, por el abandono en que la tenía. Los vecinos le decían que cuidara de su madre, pues había tres o cuatro días a la semana en que se quedaba sin alimento por las noches.

La situación duró varios años, hasta que una noche, al regresar de una aventura amorosa, encontró muerta a la anciana sentada en un viejo sillón, sin auxilio físico de alguien o la ayuda espiritual de un sacerdote.

La dama empezó a ser presa del arrepentimiento, los remordimientos no la dejaban, no acudía con su amado, hasta que la mujer murió de pena. Meses después corrió el rumor de que por las noches veían la silueta de la mujer como esfumándose y escuchaban su taconeo.

El taconeo tenía una ruta: de Juárez al poniente, doblaba en Bravo (antes calle del Reloj) hacia el norte, por detrás de Catedral, continuaba por Hidalgo, hasta perderse en las inmediaciones del Ateneo. Quienes siguen sus pasos nunca le dan alcance y las personas que caminan en contra nunca escuchan nada.

La mujer de negro

La historia ocurre en Lomas de Lourdes, donde está el crucero para salir rumbo a la carretera a Zacatecas, cerca de un vado pronunciado. En el lugar mataron a una mujer, no fue identificada y los asesinos nunca fueron encontrados.

El alma de la mujer de negro no descansa, busca justicia. Se les aparece a los conductores, pide “aventón”. Es rubia, atractiva, viste ropa ajustada sobre y su cuerpo es delineado. Sube al vehículo, no habla y al cruzar el vado desaparece sin abrir la puerta. Los conductores sólo recuerdan que un aire helado permanece dentro de la unidad.

El Diablo del Tex-Mex

Otro relato refiere que en un antro, donde había música y toro mecánico, una noche llegó un muchacho bien parecido que atrae las miradas de la mayor parte de las chicas. De barba, viste chaqueta de cuero color negro, pantalón vaquero del mismo color y botas. Baila con gracia y ritmo, lo que atrae más a las mujeres.

Otros jóvenes, celosos, lo retan a montar el toro mecánico. Si perder la gallardía monta el aparato que empieza a moverse y a girar cada vez a mayor velocidad. En uno de esos giros se le sale una de las botas y dejan al descubierto una deformidad como pata de gallo; en seguida, al tratar de bajar pierde la otra bota y los demás observan una pata de cabra.

Se apagan las luces, todos buscan huir y luego se cuenta que dos muchachas desaparecieron; tiempo después son encontradas y con evidente embarazo.

“ Poco después ellas se fueron de la ciudad y ni de sus retoños se volvió a saber.

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