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Coahuila

¿Tabú?

Por Sandra Rodríguez Wong

Hace 5 años

Antes de dar lectura a esta reflexión, echa una mirada a tu alrededor, probablemente encuentres una hija, una esposa, una madre, una hermana, o te encuentres frente a un cristal, o un espejo.

Ahora sí, creo que estamos preparados para la pregunta: ¿Cuánto ha gastado esa mujer en transcurso de su vida, en toallas femeninas? Para algunos, la pregunta puede resultar inapropiada, absurda, tonta, maliciosa o hasta sucia. Este tema obviamente ligado al periodo menstrual sigue siendo para muchos, un tabú.

Veamos las cifras. El ciclo menstrual en condiciones regulares, dura aproximadamente 28 días, con 5 días de menstruación en promedio. La recomendación más saludable para la higiene, es cambiar una toalla cada cuatro horas durante el ciclo, por lo que una mujer utilizará aproximadamente 30 unidades por mes y 360 al año. Si consideramos que las mujeres inician cerca de los 13 años su periodo y lo concluyen a los 53, utilizará 14 mil 400 toallas sanitarias al año.

Ahora bien, al día de hoy una toalla sanitaria oscila entre los 2 y 10 pesos, dependiendo de si la compra es a granel, en tienditas o en grandes almacenes y depende de igual manera, de la calidad; si es de celulosa, de algodón, con gel, con absorbentes, etcétera, por lo que el gasto se calcula entre los 60 y los 300 pesos al mes.

Si a ello agregamos, que el salario mínimo en el país es de 141.70 y en la Zona Libre de la Frontera Norte de 213.39 pesos diarios, un coahuilense tiene un ingreso mensual promedio 8,343.32 pesos, según datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del INEGI, el desembolso de cada mujer en el hogar por toallas sanitarias puede impactar hasta 3.6% sobre su ingreso. Y si a ello añadimos que por familia hay dos o más mujeres entre los 13 y los 50 años de edad, el porcentaje se incrementará en la misma medida.

Todo lo anterior aunado a los problemas relacionados con el período, como son los cólicos, que, para aliviarlos, cuesta de entre 5 y 7 cada comprimido, el aumento en el gasto para la higiene y cuidado personal como lo es jabón, papel sanitario, fajas, vendas. Puede aumentar desde 10% hasta 15% el gasto en el hogar. Lo cual merma en distintas medidas, la adquisición de esos y otros productos necesarios.

El discurso en todo el país después del pasado 8 de marzo, fue el apoyo a las causas de la mujer, visibilizarla junto con toda una serie de problemáticas que enfrenta, concientizar a todos sobre sus necesidades y, obvio, actuar en consecuencia.

Las prácticas que llevaban a cabo nuestras abuelas y algunas de nuestras madres, con respecto a la menstruación, eran prácticas que por considerase tabú, se ocultaba, se disimulaba y hasta se consideraban vergonzosas. Hoy aún, existe una apreciación negativa y estereotipada sobre el tema, por lo que debemos empezar a trabajar sobre ello, para que este, como muchos otros, ocupe un lugar en la agenda pública.

Así, por ejemplo, en el Reino Unido, se redujo el impuesto sobre los productos higiénicos para la mujer por no considerarlos productos de lujo, Kenia eliminó el impuesto a fin de incentivar el mercado y reducir sus costos, en Canadá y en Francia, se dejó de aplicar y se redujo respectivamente el equivalente al IVA en México.

Es interesante ver como en México, una función tan natural, no está considerada en la agenda pública de los gobiernos. Se reportan avances de manera aislada, como iniciativas de grupos organizados de mujeres que lleva toallas sanitarias a los reclusorios y  a las zonas marginadas, o incursionan y capacitan a mujeres en la utilización de métodos más modernos, más salubres, más ecológicos y menos gravosos como la copa y la esponja o toalla reutilizable. Irónicamente existen iniciativas a nivel federal y local en diversos estados que no han sido dictaminadas y que abonarían considerablemente al bienestar y a la salud de todas las mujeres.

Distintas teorías tratan de explicarnos cómo una función tan natural y ligada a las actividades reproductivas, como la crianza y el parto, se convirtieron en tabú. El concepto es usado para referirse a aquello que, según los convencionalismos sociales, creencias o supersticiones se considera prohibido. La desmitificación y la normalidad con la que abordemos y abonemos a temas considerados hasta ahora como prohibidos, además de reivindicar a nuestras madres y nuestras abuelas, por la vergüenza que sintieron al convertirse en “señoritas”, eliminará una de las causas de discriminación y exclusión de nuestras hijas y nuestras nietas y permitirá a cada una, reconciliarse con su cuerpo y su femineidad.

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