Si hoy domingo temprano -día de elecciones- usted tiene necesidad de tomar un taxi no va a ser tan fácil conseguirlo debido a que desde temprana hora varios de ellos estarán dedicados en atender las instrucciones de su líder tal y como aconteció hace cinco años en las elecciones presidenciales.
Aquel día, formados desde primera hora afuera de su base, obedecían las indicaciones para disponerse a realizar diferentes tareas, muy probablemente para el acarreo, el reparto de dádivas y vaya usted a saber qué otros enjuagues. Y así como se aplicaban ese día para cumplir dichas instrucciones deberían hacerlo para mejorar el servicio que francamente deja mucho que desear.
A ciencia cierta no se sabe cuántas concesiones de taxis hay en Monclova y la región, ni tampoco se sabe quiénes son los verdaderos dueños de dichas concesiones. Desde hace varios años es un secreto a voces que varios exalcaldes se las auto adjudican como premio de retiro, o bien, las ofertan gentilmente a sus allegados. Pero lo que sí se sabe es que la gran mayoría de los choferes no son dueños de las concesiones ni de las unidades que conducen.
No hay día en que no aparezca publicado en la nota roja algún percance en el que se involucre a un taxista por múltiples motivos. No es extraño ver circular taxis sin placas, pero eso sí, con una calcomanía gigante con el retrato del candidato oficialista, pegada en el video trasero, con la intención de obtener impunidad ante los voraces agentes de tránsito. Pero lo que sí resulta extraño es ver que alguna patrulla los detenga y mucho menos que los sancione.
Tampoco es raro ver los taxis que circulan por Monclova y la región -de modelos nada recientes- que traen la carrocería maltratada, contaminando, con fallas en las puertas y ventanas, con asientos deteriorados y a veces encobijados. No es extraño notar que cobran lo que quieren ni tampoco sorprende observar cómo varía la tarifa de un chofer a otro por el mismo trayecto, a la misma hora, y peor aún, no es raro ver que se ponen sus moños al saber que son la única opción ante el pésimo transporte público que padece Monclova, obviamente ante la apatía de la autoridad.
Encontrar algún taxista amable y servicial -que sí los hay- es como sacarse la lotería ya que la descortesía suele ser la norma y la educación la excepción. Conseguir un taxi en horas pico o en días de pago es toda una odisea que requiere armarse de paciencia y cuando por fin se consigue uno habrá que tolerar el mal humor del conductor, la música a todo volumen, no asustarse al ver cómo se pasa los rojos, se mete por donde sea, estorbando, en doble fila, a toda velocidad y a veces en sentido contrario. Y cuando se tiene la mala fortuna de olvidar algún objeto de valor en la unidad habrá que resignarse a darlo por perdido y cuando llega a aparecer un chofer honrado que lo devuelve, este se convierte en noticia.
No es difícil detectar cuando un chofer es el propietario del taxi o solo un empleado porque se nota en el cuidado y la limpieza del vehículo así como en la forma de manejar. Quien no es propietario conduce como diablo, sin precaución, pasando por bordos y baches a toda velocidad y sin importarle el mantenimiento de la unidad, su prioridad se reduce a cubrir la renta diaria que debe pagar.
Cada cierto tiempo los líderes de los taxistas se quejan de la “competencia desleal” del servicio que ofrecen las plataformas de aplicación digital bajo el argumento de que son inseguros y que están fuera de la Ley. Sin embargo no quieren darse cuenta que las unidades de los servicios de aplicación son de modelo reciente, están en buenas condiciones, sin daños estéticos, cuentan con placas, tarjeta de circulación y verificación ambiental vigentes, ventanas y aire acondicionado que funcionan correctamente, además cada vehículo tiene póliza de seguro comercial con cobertura vigente; para prestar el servicio no se utilizan vehículos reconstruidos ni Tsurus. Por su parte, los conductores cuentan con licencia vigente, buena presentación y carta de no antecedentes penales. Por eso los usuarios los prefieren porque además el servicio suele ser más económico.
El temor de los taxistas a la competencia y a salir de su zona de confort les impide ver que la competencia es una oportunidad para mejorar. Desde luego que ante algún ilícito por parte de esa “competencia desleal”, están en todo su derecho de denunciarlos y exigir justicia, pero tampoco deben olvidar que ellos también tienes obligaciones que cumplir. A final de cuentas el problema no son los servicios de aplicación sino el pésimo servicio que prestan los taxistas convencionales.
Es de esperarse que con la misma voluntad que los taxistas muestran en actividades partidistas se apliquen en mejorar el servicio para el beneficio de los usuarios y de ellos mismos, y que la autoridad también se ponga a trabajar honesta y profesionalmente. Por lo pronto hay que ir a votar hoy, aunque sea a pie.
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