Por: Jorge Suárez Vélez
En marzo de 1933, Franklin D. Roosevelt dijo en uno de los discursos más históricamente relevantes, cuando tomaba posesión, que “lo único que debemos temer es el temor mismo” -The only thing we have to fear is fear itself- señalando que solo ese paralizante miedo podría hacer que los estadunidenses sucumbieran ante la amenaza de la Gran Depresión, que en ese año se materializaba. En los años siguientes, su Gobierno enfrentó una crisis económica sin precedente y articuló programas sociales antes inimaginables, como el New Deal, para paliar el brutal impacto de esta en el pueblo estadunidense. En medio de tan debilitante crisis, tuvo que confrontar el surgimiento totalitario de la Alemania nazi, y encaró retos quizá solo comparables con los que soportó Lincoln tratando de mantener unido a un país amenazado por la secesión. Décadas más tarde, Estados Unidos lograría consolidarse como la potencia dominante en el mundo.
Podríamos hacer un paralelo con México hoy. En nuestro caso, solo debemos temer la resignación, la claudicación ante la imprudente certeza de que la demolición institucional que sufre nuestro México es incontenible, inevitable. Solo lo es si hacemos esa concesión a priori.
Como dice Adrian Wooldridge en su oportuno libro The Aristocracy of Talent, se ha generalizado el ataque contra los valores que forjaron a las sociedades occidentales los últimos 250 años: “la democracia está en retirada, el liberalismo está luchando, y el capitalismo ha perdido su lustre”, pero son precisamente los irrefutables logros de la democracia, el liberalismo y el capitalismo los que deben impulsarnos a defenderlos con vigor.
Como sociedad, no podemos quedarnos con los brazos cruzados observando la demolición de jóvenes instituciones, que tanto nos costó forjar. Cualquier sátrapa ignorante es diestro al destruir, pero construir implica expresar la visión de un país mejor y más justo, precisa construir consensos, exige el sustento de un entramado institucional sólido y legal. Requiere condiciones que, por su complejidad, no son fácilmente replicables. Por eso es tan miope y criminal destruir sin ton ni son en busca de logros efímeros, precarios.
Desde lo más hondo de mi ser, deseo que en el próximo año tengamos la lucidez para entender la gravedad de la amenaza que debemos contener; que entendamos que, de no hacerlo, les heredaremos a nuestros hijos un país menos próspero, sin potencial y sin las oportunidades que nosotros disfrutamos; un país con muchas menos libertades. Ojalá encontremos las agallas para enfrentar al autoritarismo, a la ignorancia y al dogmatismo. Ojalá que quienes tendrían los recursos para hacerle frente a la grotesca y bárbara amenaza se den cuenta de que los riesgos que enfrentan -algunos reales y otros fabricados- solo crecerán en magnitud y arbitrariedad si logran el objetivo deseado: el silencio, la aquiescencia, la sumisión.
La defensa de nuestro futuro está en nosotros. No culpemos a un gobierno ignorante e inepto de la destrucción de México, sino a quienes no nos atrevemos a detenerlo. Hay momentos en la historia donde los pueblos mostramos de qué estamos hechos. Este es el nuestro. Este es el de nuestra generación.
Mañana pasaremos la hoja y empieza un año en blanco. Deseo que en este los líderes empresariales vean cuánto más podrían estar haciendo, que los medios entiendan que el costo de su sumisión de hoy pronto se encarecerá exponencialmente, que la oposición comprenda que nuestro único objetivo debe ser unirnos para sacar a Morena de Palacio Nacional. Ojalá aprendiéramos de la lección que los valientes jóvenes del CIDE nos están dando.
El 2022 será un año que definirá el rumbo de México por generaciones. No exagero. Nosotros escribiremos nuestro destino; ningún gobierno, por autoritario que sea o por militarizado que esté, puede imponerle destrucción y miseria a un pueblo resuelto y unido. Y no, no necesitamos unanimidad, siempre han sido las minorías lúcidas y arrojadas las que le han puesto un hasta aquí a populistas y demagogos.
¡Feliz 2022!
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