Espectáculos
Por
Redacción
Publicado el sábado, 26 de marzo del 2011 a las 15:00
Eugenia Flores Soria | Saltillo, Coah.- El 26 de marzo de 1911 nació Tennessee Williams, un dramaturgo que conoció las profundidades del ser humano, los demonios de los marginados, las ironías de una sociedad en cambio y la intensidad de su espíritu artista.
Javier Treviño, catedrático de la licenciatura en Letras Españolas, habló con Zócalo sobre el trabajo artístico de Williams: “En la Grecia clásica o en los Estados Unidos del siglo 20 y del 21 un poeta dramático es una suerte de cronista del alma humana y del espíritu de la época. Desde este punto de vista, Tennessee describe minuciosamente el lado oscuro de una sociedad que en su momento se creyó moderna; ese lado oscuro que, por cierto, no es exclusivo de algún momento histórico o de alguna cultura en particular, pero que en el siglo 20 presenta rasgos muy específicos. ¿Los personajes de Williams se parecen a los seres humanos de hoy?”, se cuestionó el crítico. “En 1948, el dramaturgo empezó a ser reconocido como autor dramático. De entonces a la fecha ha transcurrido poco más de medio siglo. ¿Qué ha cambiado? ¿O habría que preguntar: qué no ha cambiado? En medio del actual fenómeno del ‘arte transgénico’, de la ‘escenoarquitectura tecnológica’, de los ‘espacios colaborativos’ y del nuevo sentido del ‘efecto de presencia’, ¿la literatura dramática de un escritor como Tennessee continúa diciéndonos algo?”, reflexionó.
El maestro mencionó que en esta época de “la prisa”, “la usura” y “el consumismo”, nadie “está urgido” de un artista verdadero. “Sin embargo, cuando surge, pareciera que todo estaba dispuesto para su aparición, aunque las circunstancias le sean adversas, como suele suceder. Ya se sabe: un artista nada casi siempre contra la corriente y, muchas veces, contra sí mismo. Tennessee Williams no es una excepción: su pasión y su diván terapéutico fue la composición de dramas, consignando en ellos fragmentos memoriosos de su paso por la vida”.
Tennessee, ‘el personaje’ “El mismo Tennessee fue convirtiéndose en un personaje de drama: soslayado por nuevas corrientes teatrales, perseguido por la fama que sobre todo el cine le había dado y sojuzgado por el alcohol y los antidepresivos, el escritor sucumbió en 1983, en un acto de descuido o de pleno suicidio. Había sido un ‘triunfador”, había derrotado a sus espectros, pero siguió siendo una víctima de su propia tristeza”, recordó.
La misteriosa muerte del dramaturgo generó diferentes teorías, decían que fue un asesinato; otros que un suicidio o una sobredosis. Pero el valor de su obra continúa vivo y sus lectores continúan asombrados. “Me pregunto cómo, en medio de esta constante crisis, Tennessee pudo escribir tan bien unas obras de teatro que respetan ciertas normas rompiendo otras. Porque él fue un verdadero preciosista de la forma, un artista que tenía un gran sentido rítmico del lenguaje y del tiempo (del ‘tempo’, se diría en el argot teatral) y un voyeur de la psiqué. También tuvo un enorme sentido de ‘lo dramático’. Supo que la vida humana es, en el fondo, una combinación intermitente de humor y de sufrimiento: sus obras son estampas vitales que retratan muy bien ese claroscuro, aunque a veces las tintas se carguen en el dolor de ser-en-el-mundo y en sus inopinadas consecuencias”, señaló el experto.
Revolución teatral “En este contexto, la obra de Williams no dejará de mantener su brillo y su importancia, por una razón: en el espacio escénico, la palabra no ha dejado de proferirse… aún. Los dramas de Tennessee fueron ‘catárticos’ y ‘terapéuticos’ no sólo para él; siguen siéndolo para nosotros, sus lectores o espectadores. Él se tendió en el diván y contó la historia de su vida y la de muchos otros que, de un modo o de otro, tuvieron que ver en ella. Aristotélicamente hablando, él purgó sus laberintos íntimos y nos dio la oportunidad de purgar los nuestros, de manera individual y colectiva”, finalizó.
“Lo creas o no, alguna vez fui realmente una artista.
¿Cómo te retiras del arte? ¿A dónde te retiras?
Cambiar es vivir. Vivir es cambiar. Y no cambiar es morir”.
Elizabeth Taylor en el papel de Alexandra del Lago,
en “Dulce Pájaro de la Juventud”.
Al igual que otros grandes de la literatura, Williams quedó afectado por las circunstancias que vivió: “Tennessee fue marcado por su infancia, su condición homosexual, un medio más o menos hostil y una sensibilidad que no puedo sino llamar neurótica, la misma que veremos en personajes como Blanch Bubois (‘Un Tranvía llamado Deseo’), Laura Wingfield (‘El Zoológico de Cristal’), Alexandra del Lago (‘Dulce Pájaro de la Juventud’) y algunos personajes masculinos, como Chance Wayne, (‘Dulce Pájaro…’) o Val Xavier (‘Orfeo Desciende’). Estos personajes parecen perdedores en una sociedad que ya había aprendido a endiosar al ‘éxito’, esa quimera rediviva”.
El catedrático comentó algunos elementos de la obra de Williams que siguen vigentes: “Hoy se realizan montajes que fusionan el teatro, el performance, la instalación, la danza y digitalia, y tales montajes pueden darse la libertad de dislocar el discurso de la historia que se quiere contar, atomizando la ‘lógica’ narrativa e incluso suprimiendo la palabra: el teatro, como cualquiera de las artes, tiene la suprema capacidad de cambiar constantemente, como todo lo que se mueve en el tiempo y el espacio”, puntualizó el crítico.
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