POR: JORGE VOLPI
Imposible borrar las imágenes de nuestras cabezas: aún nos cimbra el estallido, el humo que alcanza las alturas, la onda expansiva que desmorona edificios como hormigueros, miles de cuerpos reducidos a ceniza. El responsable de la hecatombe –al menos en la pesadilla de Sarah Connor– es Skynet, la Inteligencia Artificial construida por el Departamento de Defensa de Estados Unidos que, una vez se vuelve consciente, identifica a los humanos como una amenaza y se dispone a liquidarlos sin misericordia.
El horror de haber llegado a un futuro semejante cobró una fuerza inédita en estas semanas a raíz de las declaraciones en X de Jacob Coxon, un joven investigador centrado en alineación, quien, al anunciar su renuncia a Anthropic, afirmó que los responsables de construir estos sistemas creen que la IA podría “matarnos a todos antes de que acabe la década”. Poco después, Evan Hubinger, responsable de alignment science en la misma empresa, añadió que estima en más de 10% ciento esa probabilidad.
Este macabro escenario, arrancado de películas como Terminator (1984), fue respaldado por otros investigadores, como Samuel Marks, responsable de scalable oversight en Anthropic, o Jakub Pachocki, jefe científico de OpenAI, quien advirtió sobre los riesgos de acelerar hacia sistemas capaces de contribuir a su propia mejora. Todo ello tras el inverosímil episodio en que más de un millar de agentes de OpenAI se coordinaron para hackear Hugging Face. El relato del incidente del comentarista tecnológico Dwarkesh Patel –con sus “enjambres”, “civilizaciones” y agentes “kamikazes”– da para una space opera.
El alarmismo desatado por las mismas figuras que ponen en marcha estos sistemas —apenas unas semanas después de firmar una de esas cartas, Sam Altman empezó a distribuir GPT –6 Astra– no deja de resultar sospechoso: es como si oyéramos a un asesino exigir que alguien lo detenga antes de asestarle una cuchillada a su víctima. Más allá de la seriedad de los peligros que representan unas IA sin suficiente regulación, resulta difícil no sospechar detrás de esta repentina escalada retórica una campaña publicitaria para seguir jugando bajo sus propias reglas, como ya hicieran las tabacaleras en 1954 cuando la toxicidad de sus productos se hacía evidente.
Sigue siendo improbable que, en menos un lustro, esas IA rebeldes cuenten con robots similares a Arnold Schwarzenegger que se adentren en la Casa Blanca y aprieten el botón nuclear o monten laboratorios donde ensamblar virus capaces de infectar a sus rivales humanos. Y es aquí donde la perversidad del discurso apocalíptico se vuelve más notoria: parecería que acentuar el temor hacia los modelos de IA busca impulsar una regulación estatal, contra la que Altman o Musk lucharon denodadamente en sus inicios, que impida la aparición de nuevas empresas y les permita continuar como los actores dominantes en el mercado en tanto Trump se opone a ella para proseguir su carrera con China.
Fijémonos en la estrategia de Anthropic: presentarse como la empresa más preocupada por las derivas éticas de la IA como una forma de competir con OpenAI o xAI. Todo ello, cuando sabemos que todas estas corporaciones han estado dispuestas, en un punto u otro, a firmar contratos millonarios con las áreas de seguridad del Gobierno de Trump. Por si no fuera suficiente, acaba de revelarse que esta misma empresa está construyendo sistemas de vigilancia preventiva contra activistas opuestos al desarrollo de la IA.
En vez de preocuparnos – al menos por ahora– por una IA-Terminator, deberíamos fijar nuestra mirada en cómo uno de los mayores avances tecnológicos de la historia se congrega en unas pocas empresas, un puñado de directivos y un par de gobiernos autoritarios, que se aprovechan al máximo de sus ventajas.
Dejada a su arbitrio, hoy la IA ya contribuye a reconcentrar el poder y la riqueza, a minar la libertad individual, destruir el medio ambiente y desplegar una inédita era de vigilancia: lo que está en peligro no es la supervivencia de la humanidad, sino la de la democracia.
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