Decía con su peculiar voz aquel locutor yucateco Humberto G, Tamayo, el erróneo anuncio de Almacenes Canavati de Saltillo, allá por los años 60 del siglo pasado, cuando ya comenzaba la fabricación de trajes en serie. (Trajes bien hechos, para niños, sería lo correcto)
La sastrería en Saltillo, tiende a desaparecer y los pocos artífices que quedan se resisten ante el fuerte embate de las fábricas de este tipo de prendas de vestir.
Lo mismo visten a un niño de meses de edad, hasta un obeso o un tipo de 2.20 metros de altura.
A mediados del siglo pasado era tanta la competencia de los constructores de trajes a la medida para caballero, como don Zeferino Rendón, mi paisano del barrio cuna El Ojo de Agua, que se instalaban en plena vía pública en el primer cuadro de la ciudad de Saltillo, para ofrecer sus servicios. Llevaban todo lo indispensable: cinta para medir, lápiz, cuaderno y sobre todo el folleto donde venían los figurines o modelos para que el cliente escogiera el estilo de traje que quería que le fabricaran. Los sastres se instalaban muy cerca de donde se vendían las telas para estas prendas de vestir, la Casa Valdés de la calle de Zaragoza, por ejemplo.
Roberto Alvarado Quiroz, que se inició en la hechura de trajes en los años 50 del siglo pasado, afirmaba que solo los obesos y los atletas son los que ocurren con los pocos sastres en los nuevos tiempos.
Hay solo cuatro sastrerías en Saltillo, de ellas solo dos están haciendo trajes, las otras dos solo composturas. Estas cuando les llega un cliente, envía el trabajo a las dos establecidas: Sastrería Garza y Víctor y Victoria. La primera propiedad de Felipe Chávez Garza, heredero de su tío Antonio Garza, el maestro fundador y el segundo negocio está a cargo de un simpático personaje José Cabral y su esposa Ana María Lara, los dos extraordinarios sastres. En quince días elaboraron los atuendos de la Rondalla de la Narro, con motivo del cincuenta aniversario de este grupo musical.
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