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Trump contra la gran ciudad hispana

Por Columnista Invitado

Hace 7 meses

POR: LEÓN KRAUZE

 

 

No es casualidad que Donald Trump haya puesto a Los Ángeles en la mira: es una de las ciudades más diversas de Estados Unidos y encarna como ninguna otra el ideal de una sociedad plural.

Es, además, la gran ciudad hispana de Estados Unidos. Cerca del 47% de los angelinos se identifica como hispano. Paramount, el suburbio obrero y mayoritariamente latino donde al menos 20 personas fueron arrestadas el sábado, es 82% latino.

La ciudad tiene una enorme diversidad lingüística: 60% de sus habitantes se comunica en español, coreano, armenio o una larga lista de idiomas. Únicamente 40% habla sólo inglés. Esta diversidad es el reflejo más claro de la identidad de la ciudad.

Es, también, la gran ciudad inmigrante de Estados Unidos. Tiene la mayor población nacida en el extranjero de todo el país. Hay residentes provenientes de al menos 130 países.

Casi 40% de los angelinos son inmigrantes. Es la segunda ciudad con más mexicanos en el mundo. La mayor comunidad salvadoreña fuera de El Salvador. La mayor comunidad coreana fuera de Corea. Lo mismo puede decirse de guatemaltecos, hondureños, filipinos, armenios y muchos más.

Para Trump y muchos de sus seguidores, esta pluralidad representa una amenaza. Pero se equivocan. Porque esa pluralidad es precisamente la fuente de su fuerza: su fuerza cultural y su fuerza económica. La suya y la del país entero.

Si California fuera un país, sería la quinta economía del mundo. Y esa fortaleza se debe, en gran medida, a los inmigrantes. Más allá del discurso político, los números revelan con claridad lo que cualquiera que haya vivido en Los Ángeles sabe: sin inmigrantes, California simplemente no funcionaría.

En 2023, ocuparon el 38% de todos los empleos en el área metropolitana de Los Ángeles. Un tercio de los trabajos en California está en manos de personas nacidas fuera del país.

Su impacto económico es profundo: los inmigrantes generan cerca del 32% del PIB estatal –más de 715 mil millones de dólares al año–. En Los Ángeles, la comunidad aporta casi 40 mil millones en impuestos.

El 28% del ingreso total de California proviene de hogares inmigrantes. Uno de cada tres propietarios de pequeñas empresas en el estado es inmigrante.

Perseguirlos es un acto de profunda injusticia e ingratitud. Y representa un asalto irracional a la prosperidad económica.

Me permito aquí un comentario personal. Viví en Los Ángeles durante más de una década. Tuve el privilegio de trabajar desde la comunidad hispana. Sé por qué está en Estados Unidos: busca trabajo honesto, una vida mejor para los suyos, una educación para sus hijos.

Recuerdo incontables historias de jóvenes que fueron los primeros en su familia en graduarse de preparatoria o universidad. Hijos de jornaleros, campesinos, gente que una generación atrás vendía leña en algún pueblo de México y hoy abrazan a sus hijos licenciados.

Esa es la comunidad de Los Ángeles. Esa es la comunidad hoy perseguida. Una comunidad que, a pesar de no tener acceso a la residencia o ciudadanía, paga sus impuestos y enseña a sus hijos a pertenecer, a agradecer a este país.

No recuerdo un solo inmigrante que me haya expresado rechazo a Estados Unidos. Al contrario: sólo gratitud, sólo deseo de pertenecer.

Merecen protección, no persecución.

 

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