Un incendio demolió su casa y a punto estuvo de quitarle la vida
Era la mañana del 26 de mayo de 1997, Ariel González Galindo cumplió una cita con el destino. Con 45 años y más de 30 tocando la guitarra, nunca imaginó que en cuestión de minutos su cuerpo estaría envuelto en llamas, ni lo más doloroso, sus dedos quedarían casi inservibles para seguir deleitándonos con su guitarra.
Había pasado un día completo fuera de la ciudad y estaba de regreso muy temprano en su casa ubicada en la colonia Magisterio. Al abrir la puerta principal percibe un intenso olor a gas y entra con cuidado sin cerrar. Por precaución no enciende la luz, abre la puerta del patio para ventilar el espacio y lo sorprende una ráfaga de gas butano que sale y se encuentra de inmediato con el piloto encendido del bóiler y el fuego se le viene encima.
El estruendo hace que todo vuele en pedazos. El cuerpo de Ariel, ardiendo, yace debajo de escombros.
Tony, un vecino, decide sacarlo. Con toallas y sábanas mojadas envuelve a Ariel, logra subirlo en su camioneta, que a toda velocidad llega a la Cruz Roja. Ahí se estremecen al verlo y dicen que no pueden darle atención, que lo lleven al Hospital Universitario.
Cumplió ocho días en terapia intensiva de ese hospital sin lograr salir del peligro y con una amenaza de gangrena y salmonella. Uno de los médicos dijo que había que amputarle el brazo derecho, entonces su familia movió los mares y las montañas para conseguir que fuera atendido en un hospital especializado en Galveston, Texas.
En The Burn Unit determinaron que tenía quemaduras de segundo y tercer grado en 65% de su cuerpo. Después de 29 días recuperó la conciencia.
Al enterarse de su suerte, especialmente de que los dedos de sus manos estaban convertidos en una masa amorfa, entró en estado de shock durante un mes y a la vez tuvo que enfrentar dolorosas curaciones, que sólo podía tolerar un poco gracias a las inyecciones de morfina.
Estuvo hospitalizado en Estados Unidos, los primeros 21 días en una lucha sin cuartel entre la vida y la muerte. Siempre con el respaldo económico de Joaquín y Emilio Arizpe de la Maza, empresarios saltillenses, a los que se declara agradecido infinitamente.
Ambos brazos fueron revestidos con piel de su muslo derecho y de su cabeza. Y las piernas, que se le reventaron en canal por el calor del fuego, le fueron selladas con piel de donante cadavérico.
Le separaron los dedos, se los revistieron de piel y para recobrar su movimiento fue la mayor tortura; después de dos meses apenas los movía unos milímetros. Le tenían que poner velcro para que se le mantuvieran separados. Le daban pelotas de esponja y horquillas para que los rehabilitara.
“Luego, el médico dijo que si lo mío era tocar la guitarra, pues que me cambiaran las esponjas y horquillas por una. Así que una guitarra fue mi objeto de rehabilitación y de terapia”.
Después de cuatro meses de aquella mañana terrible estaba de regreso en Saltillo, debiendo usar todo el día, durante 18 meses, un traje espacial, apretado y regenerador de piel.
Sus dedos no lo dejaban ejecutar la guitarra eléctrica, su especialidad; era mucha impotencia.
Varios meses le costó lograr los tonos, luego algunas melodías cortas que le hacían sangrar los dedos; después vino el milagro, pudo comprobar que había logrado superar al músico que antes fue.
“Supe que Dios había estado a mi lado en todo momento, que me hizo recibir la ayuda oportuna de amigos que quiero mucho, de tanta gente que me apoyó para levantar mi autoestima, y porque me permitió regresar a la vida poco a poco y volver a tocar la guitarra. He tenido muchas bendiciones luego del accidente, por eso ahora le agradezco a Dios que me escogió para esto”.
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