Comenzaron las vacaciones, niños felices, juegos tirados, gritos en casa. Y a veces suele pasar que como madres de esta generación que somos, contemos ya con una serie de eventos, actividades, viajes o cursos programados para llenar el tiempo y acatar la creencia de que entre más productivo más efectivo.
Pero a veces olvidamos que las vacaciones son una buena herramienta para potencializar la comunicación en familia, recobrar lazos, conocerse en el presente, convivir y pasar el tiempo juntos. Los hijos, a la edad que sea, nunca dejarán de necesitar a sus padres, y dentro de su infancia y su adolescencia, la necesidad de ellos es básica.
Los hijos necesitan ver, escuchar y saberse escuchados por sus padres. El activismo, el trabajo, las clases extracurriculares y la escuela, en ocasiones impiden a los padres e hijos expresarse y mantenerse en sintonía, no se logra la escucha activa y se vive de forma apresurada.
Hace unas semanas, mientras comenzaba a ver el bombardeo de los cursos de verano, me detuve y me pregunté:
Y no pude evitar cuestionarme:
Y es que no es sólo que aprovechen el tiempo o estar “sin qué hacer”, sino que vivan una experiencia que les nutra en alguna área. Más que las actividades, que perciban un verano relajado, divertido y aprendan a disfrutar del “no hacer nada”, permitirles aburrirse y de ese aburrimiento crear nuevas y diversas formas de juego.
Mucho de lo que los hijos sienten, aprenden, viven es de lo que ven en mamá y papá.
¿Qué quiero que vivan, y qué quiero vivir yo? Entonces comencé a plantearme algunos propósitos para disfrutar a conciencia y reconectar con mis hijos, reforzar vínculos y disfrutar de su crianza, porque se nos crecen en segundos.
¿Qué me quiero proponer?
Harmon Killebrew, un famoso jugador de beisbol, contaba la anécdota que él solía jugar en el jardín con su hermano y su papá. Un día su mamá les dijo:
“Están lastimando el césped” y su padre le contestó:
“No estamos aquí para formar el césped, estamos aquí para formar niños”.
Esos momentos de juego, de luchas compartidas, de minutos de calidad, serán semillas que florecerán en su seguridad, su identidad y la persona en la que se conviertan de adultos.
El sentido de familia se forja en los hábitos, costumbres, responsabilidades, límites, pero, sobre todo, en el ejemplo de sus padres y la convivencia diaria. La familia es el lugar que forma a la persona completa, configura y desarrolla su individualidad e identidad.
El desarrollo emocional estable y equilibrado de los hijos, se forma en gran parte por el tiempo de calidad que los padres empleamos y en la forma en la que nos involucramos en sus vidas.
Los momentos de bienestar y de diversión, permiten conectarnos y logran que los hijos se sientan cercanos, perciban una apertura y de la misma manera se acerquen.
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